“Entonces se levantó de la mesa, se quitó el manto y ató una toalla a su cintura. Echó agua en un recipiente y se puso a lavar los pies de los discípulos, y luego se los secó con la toalla que se había atado antes. Después Jesús dijo: “el que se ha bañado está completamente limpio y le basta solo lavarse los pies. Y ustedes están limpios”.   (Juan, 13:4-11)

Por Tamara Méndez

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Así empezó Jesús Palomino, párroco de la iglesia del Quinche, la celebración eucarística del Jueves Santo. Tomó entre sus manos la sagrada palabra y apretándola con una ligera delicadeza impregnó en ella sus labios, a manera de reverencia. A su alrededor y en forma de resguardo, cinco sacerdotes más  rodeaban su figura; mientras  el  penetrante olor a incienso recién preparado se hacía cada vez más fuerte entre las hendiduras de aquel silencioso templo.

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