El exorcismo de mi muerte

“La vida en tiempos de la peste”

A Juan Cristóbal López, militante argentino del ‘70, fallecido en Ecuador durante la pandemia.

Por Alexis Ponce

“Se busca”

Nunca más volvimos, ni él ni nosotros, a ningún parque. Con mi hija resultó el más desconcertado, hasta enfermarse, pues de pronto, de la noche a la mañana, nunca más volvió a salir sus exigentes cinco veces a la calle, con su amadora dueña o conmigo, tras despertar como relojero suizo y morder la cobija para que lo saquemos cada amanecer.

Luego de dejar a mi niña en su autobús a las 7, por él volvía, desempleado convertido en paseador de cachorros y nos lanzábamos a toda la manzana. Luego, su trote de media mañana. Más tarde, el paseo del mediodía y, después, cuando volvía mi hija especial en su bus especial: juntos le dábamos la bienvenida cada tarde, siempre. Y a la noche, tenía su última caminata.

De pronto, como si concertados fuegos llamearan el letargo y la costumbre, llegaron los incendios en Australia y Brasil, las inundaciones en Argentina y Venecia. Y la inusitada rebelión infantil contra el cambio climático. Era la primera vez en dos mil años que decenas de miles de niños y adolescentes, se lanzaban a la calle y la tribuna a defender la Tierra, acusándonos a los adultos de haberles dejado una bomba a punto de explotar.

Tras esos mensajes, que nunca pudimos olfatear, vino ella, la pandemia, como en la pintura de Bruegel o en el barco del “Nosferatu” de Herzog. Y ya no volvimos a salir al parque, ni él, ni nadie.

Se busca… desde entonces y hasta siempre, una explicación de amor, para dársela a él, que le permita saber por qué nunca más pudo volver, con la lengua afuera, feliz, a su parque. Se llama Robin Júd y su triste estupor de las primeras semanas me mordió la mitad de la vida.

El antes de la peste: Las otras pestes

Recuerdo el antes de marzo y sus ahora lejanos recuerdos: las quemas masivas en el mundo y muy cerca de casa, el cerro Casitagua de Quito; bomberos intentando salvar en tantos lares, pájaros, culebras, osos, ranas, koalas y canguros; la muerte de millones de abejas y la masiva globalización del protagonismo feminista en Argentina, España, EEUU y Chile, desbordando pronto a las urbes del planeta.

No olvido, un poco antes del encierro colectivo, el conmovedor alzamiento adolescente, que tan bien lo retratara Greta Thunberg, cuestionando en Davos al capitalismo depredador en enero de 2020, ante uno de los más deplorables símbolos de una época deplorable: Donald Trump, quien no tuvo más respuesta que la burla, cuyos seguidores en el mundo y la tv la amplificaron, haciendo mofa incluso del síndrome de Asperger y su condición de discapacidad invisible.

Recuerdo que mientras el turno del apocalipsis tocaba a Australia y Brasil, cuyos bosques y selvas se quemaban para siempre, la mirada y la palabra del mundo eran de Babel: desunidos jefes de estado en un planeta que entraría poco tiempo más tarde en pandemia, ya nada o poco podían ofrecer a un mundo que tampoco era capaz de juntarse, ni siquiera para apagar estas devoradoras piras funerarias e intentar salvarse a sí mismo. En pleno siniestro australiano de diciembre de 2019, miré conmovido la fotografía viralizada de un bombero que le convidaba agua a un koala, especie en riesgo de desaparecer y declarada en mayo de ese mismo año ‘funcionalmente extinta’ por una ONG que pedía al gobierno de Sidney una ley protectora. 

Esa tierna criaturita animal amé desde niño, como los delfines, pandas, canguros, caballitos de mar y colibríes. Esa alita de ángel con K, de chata nariz y ojos de huérfano perpetuo, bebía agua de una botella: vulnerable como un bebé, solo podía salvarse si el humano actuaba para rescatarlo. Casi desde un nihilismo presagiador del COVID-19, me oí preguntando o escribiendo en voz alta: Si se extinguen ellos, ellas, ¿no es justo que desaparezcamos los terrícolas tras él, si no somos capaces de unirnos para defender la casa común y la vida, aún a costa de nuestra mala muerte?

La vida en tiempos de pandemia.

Cuando la pandemia llegó

Lo primero que supimos, azorados y adoloridos, es que se había matado decenas y abandonado cientos de perros en ciudades de Colombia y Ecuador. Si en la edad media la gente confundía gatos con peste negra o brujería, y los mataban; en varios lugares de América inició el miedo a la pandemia con masacres o exilios forzados de perritos abandonados.

Ella, la pandemia, llegó a la vida del mundo, a la tuya y la mía, en el peor momento que hubiéramos imaginado: con las excepciones de rigor, en un lapso desértico de estadistas de talla, en casi todo el mundo occidental. Con las excepciones obvias de un puñadito de naciones en América y el Caribe, entre ellas Cuba, Canadá, Uruguay, Argentina o Costa Rica, y de algunos países nórdicos y del centro de Europa, más Nueva Zelanda, el COVID-19 literalmente nos agarró con los calzones abajo y en manos de los peores: Bolsonaro, Trump, Moreno, Piñeira, Ortega, Jhonson y otros de similar estirpe.

En otros momentos, históricos, complejos, muy graves o esperanzadores, vividos en el planeta y el continente durante el siglo 20 e inicios del 21, el mundo occidental tenía -de todas formas- un Roosevelt, un de Gaulle, y hasta un Churchill y un Stalin. Y, décadas después, el hemisferio occidental tuvo un Fidel Castro y un John F. Kennedy, o durante la llamada ‘ola progresista’, este continente tenía un Hugo Chávez, un Lula da Silva, un Néstor Kirchner, un Pepe Mujica y otros. Estoy convencido que hubiesen respondido de manera diferente y coordinada a la forma ineptamente criminal, fragmentada y cortoplacista con la que han actuado los gobiernos-hechiceros que nos tocó padecer en pandemia.   

Más allá de sus diferentes corrientes políticas e ideológicas, todos los nombrados, en su tiempo, fueron estadistas, comprendieron el momento que vivieron y actuaron como jefes de Estado, no como presidentes de junta parroquial de aldea o teósofos portaestandartes del pensamiento mágico en el planeta.

Y, a su manera, a cada uno de sus pueblos y a la humanidad le habrían transmitido fortaleza, esperanza, voz creíble y aliento. Pero al mismo tiempo, hubieran hablado la descarnada verdad, por más dolorosa y trágica que fuese. Como cuando el 11 de mayo de 1940, listo para resistir a Hitler y al nazismo, Churchill le dijo a su pueblo: “No puedo ofrecer más que sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas. Tenemos ante nosotros una prueba de la especie más dolorosa. Tenemos ante nosotros muchos años de lucha y sufrimiento”.

Desafortunadamente, este momento nos cogió del cuello sin estadistas en EEUU, Ecuador, Brasil y una buena parte del hemisferio occidental. Nos toca ser a todos, todas y todes, estadistas de alguna forma.

Pienso en los terribles momentos vividos en la historia del siglo 20. Pienso en esos pueblos que hoy Occidente y mi aldea chica denigran: el pueblo ruso, el pueblo chino, por extensión los pueblos asiáticos: Vietnam, Kampuchea, Mongolia, el otro mundo que, evidencias empíricas lo señalan, ha resistido y sorteado de mejor manera la pandemia.

Pienso en el asedio por hambre a Leningrado. O en el cerco de fuego y sangre a Stalingrado. Pienso en la gran marcha de Mao y el pueblo japonés levantándose tras las bombas atómicas en Nagasaki y en Hiroshima. Pienso en la Vietnam arrasada por los bombardeos y el agente naranja, pero resistiendo. Y en Cuba durante la crisis de los misiles.

Por contraste, pienso en el cerco de Berlín en 1945, con el registro del mayor número de suicidios que haya tenido la ciudad. Nadie nos dijo, nadie, no hubo estadistas para ello, lo mismo que sus líderes les dijeron en la Leningrado de la antropofagia por hambre, en el Stalingrado de las alcantarillas, en la París ocupada, en La Habana movilizada y expectante, en la Hanoi herida, en la Pekín heroica.

Nadie nos dijo, que tras el COVID-19 y con la pandemia, pasaría esto: No nos sucedió como en Berlín, donde se suicidaban soldados derrotados y sus parejas, o lugartenientes del dictador. No sucedió lo que, equivocadamente, llegué a temer que pasaría en el Ecuador del maltrato a los adultos mayores y en la Latinoamérica pandémica: que se suicidaran ancianos y jubilados, como tras el feriado bancario de 1999 en el país o tras el estallido de la burbuja inmobiliaria en España. Nunca imaginé que los primeros reportes de suicidios, rápidamente olvidados y no comentados ni por el régimen ni la prensa, serían de niñas y niños, confinados en sus casas, con hambre de tres días, colgándose de una viga porque no apareció nadie: ni quien les dejara un platito de comida, ni una voz de aliento, ni un adulto abrazándolos, ni un gobierno humano ni un Estado realmente existente.

La peste no les llegó

Pero no a todos llegó ni llegará la peste. A algunos, a ellos, la peste no los apestó. Cuando la pandemia y Trump asolaron EEUU, en la Quinta Avenida pululaban soledades, silencios, pobreríos vagando y muriendo en calles, parques y afueras de los hospitales que no podían costear. Al mismo tiempo, altos ejecutivos de Silicon Valley ya no estaban en el país. Habían viajado a Nueva Zelanda, arca de Noé posmoderna, donde arrendaron bunkers anti pandemia por valores cercanos a los tres millones de dólares, haciéndose traer la comida del mundo en cómodos helicópteros y aviones ejecutivos.

No a todos llegó la peste. No les llegó a futbolistas famosos en España, anunciando desde las piscinas de sus mansiones: “Quédate en casa”, en spots pedagógicos para el montón de españoles y migrantes latinos y africanos que a duras penas tendrían para pagar el alquiler de sus cuartitos en el primer mes de pandemia. No les llegó a las divas del mundo uníos, como Jennifer López, que sin cubrebocas organizaron mega-fiestas de cumpleaños de sus niñas. No les llegó, como lo denunciaría OXFAM en su informe de julio, a los 73 megamillonarios de América Latina, cuyas fortunas aumentaron a la cifra de 48.200 millones de dólares en plena pandemia.

No le llegó al banquero ecuatoriano Fidel Egas, del grupo financiero Banco Pichincha, que en plena crisis y pandemia, compró un nuevo banco en La Florida. No le llegó a la mafia italiana, que se frotó las manos apenas comenzó la devastación pandémica, al hacerse cargo de negocios como la venta de mascarillas, gel y alcohol, mientras reparte gratuitamente canastillas de víveres a la población hambrienta a cambio de lealtad. Y mientras da crédito cash, en efectivo, a comerciantes y pequeños empresarios que están a punto de quebrar.

No le llegó la peste a las mafias políticas ecuatorianas, a las que a cambio de votos y favores se les repartió, como tajadas, ya no petroleras ni aduanas como antes, sino el control previo de todos los hospitales públicos y del Seguro Social; que licitaron a sus compinches y pusieron sobreprecio a todo: camas, mascarillas cubrebocas, gel, alcohol, medicinas, termómetros y hasta fundas para cadáveres. No les llegó la peste a las mismas mafias políticas ecuatorianas que en apenas unos meses, fueron beneficiadas con miles de carnets de discapacidad con el porcentaje de calificación más alto de discapacidad física, para hacerse beneficiarios de exenciones de impuestos e importar autos lujosos a precio de huevo.

Las otras pandemias

Seis mil llamadas telefónicas de auxilio se registraron tan solo en el primer mes de emergencia, entre marzo y abril en Ecuador, por violencia de género, abusos sexuales y femicidios, que registraron mayor índice durante los fines de semana. Pero, además, la ola expansiva e incuantificable de la violencia aumentó en un país, una sociedad y un estado que ya estaban enfermos, de violencia contra el más vulnerable y de deshumanización. Las víctimas más inmediatas fueron niños, niñas, adolescentes, adultos mayores, personas con discapacidades, personas con enfermedades catastróficas, privadas de la libertad, refugiados y migrantes, todos ellos parte de los denominados Grupos de atención prioritaria.

En Quito y otras ciudades, la violencia impune contra la población venezolana tuvo otro rasgo expoliador y xenófobo: tanto aumentaron los casos de desalojo de migrantes arrendatarios que a falta de una nueva ley de inquilinato, debió intervenir la Defensoría del Pueblo para llegar a acuerdos amistosos dialogales que impidan el desalojo y permitan a familias enteras no ser arrojadas a la calle en plena pandemia. Sin embargo, aumentan los casos de desalojo y poco se habla del abuso sexual a cambio del no pago inmediato del arriendo, en circunstancias de mayor vulnerabilidad para las mujeres venezolanas migrantes, de despidos,  desempleo y carencia súbita de ingresos.

Más la peor pandemia es la ignorancia: América vive su edad media.  Tras toda peste, aumentan la oscuridad, el miedo y los odios. Si la peste negra atrajo la inculpación y el odio a judíos y gitanos, ahora las cabezas de turco son los chinos y, por extensión, los asiáticos. Las redes sociales son los nuevos escenarios, impunes, no solo de los fake-news, sino del avance del integrismo, del discurso fascista, la xenofobia y la ultraderecha. La bolsonarización del facebook, del wasap y del twitter, con mayor velocidad que las campañas educativas de los estados, viene acompañada del retorno de los brujos: si tras la gripe española, el nazismo creció incubado en las poblaciones donde hubo más muertes, desempleo y crisis, el terror ‘curuchupa’ y la conservadurización social, se agazaparon en un multidiverso conspiracionismo paranoico legitimado en la evidencia empírica de una certeza llegada con la pandemia: la brevedad de la vida.

Han salido del closet, al unísono y globalmente, como si el sagrado momento de “El Triunfo de la Muerte” hubiesen esperado a que llegue, incluso en mi pequeña aldea. Y han salido ya, para alabar a Trump, denigrar a las mujeres, a todo lo que sepa a izquierdas, diferentes y otredades.

Son variopintos: los poderosos influencers del dióxido de cloro, los enfermizos anti-vacunas, los anti-chinos, anti-rusos y anti-cubanos, los que se aterrorizan con el G-5 y el chip que les será implantado con las vacunas de Pekín, Moscú, La Habana o Bill Gates, los que odian a la OMS, los que temen más al regreso del llamado progresismo latinoamericano que al mismo COVID-19, los que detestan el cubrebocas, los libertarios del yo primero después los demás, los que no creen que haya un virus ni una pandemia ni la peste. Les junta el pavor y sus anzuelos: estos “nuevos protocolos de los sabios de Sión” llevan oscuridad, falsificación, espíritu de secta, cerrada, ensimismada, legitimada para sí, justificadora de los peores futuros.

Pero, además, en casi toda Latinoamérica hay casos de golpizas, insultos, amenazas, esquelas en ascensores, ultimátum para que desocupen el edificio o los condominios, contra los que llamaron “héroes” por un día, el personal de salud, los médicos, médicas y enfermeras. La ignorancia medieval hace lo suyo. Y los gobiernos, lo propio: en Ecuador expulsaron a los médicos cubanos, echaron de sus trabajos a miles de médicos, enfermeras y personal de salud, incluso en diciembre de 2019 y enero de 2020, incluyendo al personal que sofocaba la malaria, el dengue y otras enfermedades tropicales que volvieron con fuerza.

Para rematar el nocturno oscurantismo que padezco cada día, hallo miles de latinos y en especial ecuatorianos en la red social, herederos inocultables de nuestro ADN asiático, es decir milenarios descendientes -desde el estrecho de Bering a la actualidad-, de ‘la mancha mongólica’ en el trasero, a los que hoy les sale el facho y odian a los chinos, exigen su expulsión (legisladores de última promueven tan impune barbaridad) y aunque no saben qué quiere decir xenofobia, odian todo asiático en razón del coronavirus. Igualito que en la edad media: la cacería de judíos la empezaron idiotas como los de hoy, pero sin twitter, llenos de ignorancia y odio, que echaron la culpa a los ‘extranjeros’ de haber invocado la peste negra.

El pestífero discurso de Maximiliano Hernández

No solo se trata de la pandemia. En pleno desastre, la aldeana discursiva de los teósofos que gobiernan una parte del hemisferio occidental, e convirtieron al pensamiento mágico en paradigma de la estulticia. Desde el Bolsonaro de su “gripecita”, al Trump de la lejía, pasando por el Moreno de “los tres hígados que  regeneran cada año”.

A lo Maximiliano Hernández Martínez, el dictador salvadoreño que ordenó el genocidio de 1932, los hechiceros convertidos en gobernantes de pocas luces, nos ofrecen papelitos de colores en los postes de alumbrado público para detener epidemias. Si él decía: “Es un crimen más grande matar a una hormiga que a un hombre porque éste reencarna, mientras la hormiga muere definitivamente”, ellos cometen atroces crímenes contra el lenguaje y la vida. Y otros como ellos, de otras tendencias, se niegan como ellos a usar cubrebocas, en nombre de Dios y de la Virgen, u ordenan que a sus muertos de pandemia se les entierre a medianoche para que nadie sepa la magnitud de la barbarie.

Colaterales pesadillas

Ellas también vienen. Pero los hechiceros no las pronuncian. Ni hacen esfuerzos por conocerlas siquiera. Ellas son pesadillas colaterales en un mundo fragmentado que no es capaz de verse integralmente. Son las hambrunas probables, en especial en los países del tercer mundo y particularmente el África; la ruptura de la cadena comercial mundial; la plaga de langostas ya iniciada; la crisis alimentaria en camino, la caída de los precios del petróleo, la crisis energética, las nuevas vulnerabilidades electrónicas online; la crisis sanitaria, de salud y médica como estructurales defectos privatizados por Occidente;  las depresiones, el estrés post traumático, las violencias y suicidios. Ya en lo cerca, porque está en camino, llega la segunda ola pandémica, en un mundo que se niega a que el ser humano y la Tierra estén antes que el capitalismo, el consumo y las mercancías. Pero si se niegan, es porque la crematística sigue triunfando sobre el sentido común. Y, sobre todo, la tercera ola, la ola solar, de la cual previenen astrofísicos, científicos e intelectuales, y contra cuyos efectos se preparan naciones algo más sabias que mi aldea: Rusia, China, y otras grandes potencias, por supuesto. 

Noam Chomsky dijo, desde su cuartito en confinamiento, que es el momento de enseñar a los niños a entender el mundo. Seamos, pues, todos, por un buen  momento, niños y niñas, y empecemos a comprenderlo.

En nombre del menos común de los sentidos

Con el desesperante dolor y la vergüenza propia por la mortandad masiva ocurrida en Guayaquil en abril, con el mismo sufrimiento debido al aumento masivo del contagio en Quito desde julio, quisiera hacer entender a los teósofos que la pandemia y su gravedad no es tema de prejuicio ideológico sino de sensibilidad, de emergencia y sentido común.

Al mundo actual, que en este 2020 cambió para siempre, no puede vérselo con los ojos del pasado ni de la guerra fría. Debe vérselo con ojos urgidos de cooperación planetaria para salvar la humanidad y evitar el derrumbe de la economía mundial.

La ciudadanía entera debe entender que quedarnos en casa, dejar el consumismo feroz y  cambiar los hábitos de consumo y derroche de agua, energía y gas, son urgentes. La crisis mundial le dice algo a la humanidad entera: Es hora de cambiar.

Brasil, Perú, México, Ecuador y Chile son los focos de la tragedia en aumento.  Haití, Guatemala y Nicaragua sumarán sus tragedias e ineptitudes. En cambio Cuba, Uruguay y -en menor grado- Argentina, son las meritorias excepciones.

Un manejo impecable y preciso existe en varios países, por fortuna. ¿La receta? Liderazgo. Estado social vigoroso. Sistema de salud público fuerte. Educación. Corresponsabilidad ciudadana. Aumentos anuales de inversión en salud. Cero recortes. Prórroga de pago a tenedores de deuda externa. Salud Primaria de décadas. Nutrición geriátrica e infantil. Pedagogía diaria y auto-disciplina masiva. Cultura construida en años.

En todos los países del desastre un factor común: gobernantes sin estatura para el desafío; ignorantes, ultra-religiosos y oscurantistas; desprecio a los científicos y equipos médicos de varias disciplinas en comités de crisis amplios.

Latinoamérica luce fragmentada y desunida. Sin estrategia común. A diferencia de la UE: nunca se han reunido online los presidentes de la aldea grande para abordar el tema. No hay OEA, bien muerta la UNASUR, el Alba no existe y la Alianza del Pacífico es inservible para esta crisis.

Hasta tanto, el sistema financiero mundial no cambia un ápice. No bajaron nunca las tasas de interés ni aceptaron prorrogar la deuda al continente en pandemia. El dólar peligra y el dueño de Facebook quiere controlar una nueva moneda. Se vienen epidemias infantiles alertadas ya -sarampión y polio- que amenazarán a millones de bebés. Y solo Cuba parece estar preparada con su programa nacional de vacunas.

El modelo de capitalismo salvaje y reducción estatal; el darwinismo social contra los más vulnerables y depredador con la naturaleza, no cambia un ápice. Más bien se refuerza en Ecuador y Brasil. No habrá futuro para estas naciones si las sociedades no reaccionan. Porque no han comprendido nada: ni las elites, más oligárquicas que nunca, ni una gran parte de los pueblos.

Cuando hubo crímenes de guerra, los criminales fueron procesados en el Tribunal de Nuremberg y sentenciados al cadalso o cadena perpetua; pero cuando hay un masivo crimen social y de salud por ineptitud organizada, negligencia y corrupción patológica; ellos siguen mandando.

La Ineptitud Organizada

Pareciera estarse cumpliendo un similar diagnóstico en casi todo Occidente: esa suerte de Ineptitud Organizada que se la puede ver -desde el inicio de la pandemia- de la Casa Blanca de Trump, al Palacio de la Alvorada de Bolsonaro, pasando por el Carondelet de Lenin Moreno.

Tal ‘Oxímoron 2020’ pareciera intentar proteger no al planeta Tierra, que nunca contó en sus aldeanos retornos a un nacionalismo confinado; ni a la humanidad, ni a sus patrias -entelequias entubadas que desde marzo hacen apoptosis-, ni a sus pueblos como subjetivos Guayaquiles inmensos.

Esa ineptitud organizada, intenta proteger a un depredador sistema civilizatorio en peligro de colapso global, llámese capitalismo salvaje, economía de mercado, libre mercado, o como lo llaman ellos: ‘economía, estilo de vida, libre comercio o productividad’ y que muy pronto llamarán: ‘Nuestra Democracia Está en Peligro’.

En una buena parte de Occidente y Latinoamérica -incluido el Ecuador- se relajan cuarentenas que, de por sí, fueron mal concebidas y aplicadas, deshilachadas e inconexas de una Estrategia Integral que no aparece por ningún lado en estos Macondos de mascarilla  y sobreprecios.

Esa ineptitud organizada, desde Trump para abajo, hasta llegar a los patéticos semáforos municipales de un Ecuador sin Estado de protección al humano y a la Naturaleza, sino a las mercancías, intenta ‘salvar los muebles’, los inmuebles y los bienes materiales al sistema, a esa lógica irracional especuladora y productivista a la que nunca le cayó bien las cuarentenas; le fastidió desde el principio tomar las decisiones tomadas con tardanza; boicoteó los propios confinamientos ordenados y lo hizo mal desde el inicio. Lo que vivimos en marzo y parte de abril no fue cuarentena en serio, ni en EEUU ni Brasil, ni Ecuador, ni un largo etcétera. Cuarentena real hubo en China, Singapur, Vietnam, Mongolia, Nueva Zelanda y Cuba.

Quieren -ya lo han dicho, Bolsonaro, Trump y los aldeanos de mi país- que a toda costa “funcione” la economía, a riesgo de que mueran ‘algunos’, sin importar que se dispare más la pandemia y millones se contagien o fallezcan miles. Eso es Darwinismo social en vivo.

El Gueto de Varsovia

La ineptitud organizada es heredera de Malthus. Aunque ignorantona como es y se ha mostrado en apenas pocos meses, pues tan poco conoce de Historia y de Cultura general o global; sus operadores, léase presidentes teósofos, me recuerdan su antípoda: la letal y organizada eficacia del nazismo, que aplicó primero, mucho antes de Auschwitz, el Ziklon B y la eutanasia a miles de niñas como mi hija: todos los nenes y nenas con discapacidad intelectual en la Alemania de los ’30.

Hoy pareciera que se pudiera acabar, sin necesidad de secreto de Estado nacional-socialista de por medio -baste y sobre la ineptitud del sistema imperante- con los más débiles: los viejos, jubilados y adultas mayores; los discapacitados graves: nuestros niños con parálisis cerebral y discapacidad intelectual; los enfermos de enfermedades catastróficas, raras, crónicas y degenerativas; los más pobres; los desempleados; los negros; los indígenas y los migrantes. ¿Por qué? Porque cada uno de los nombrados somos ‘costosos’.

¿Ya pueden intuir por qué debemos luchar, a ‘vida o muerte’, junto al planeta Tierra, con todo, por todes, hasta el fin? ¿Se van a rendir? ¿Van a dejar morir a quienes más aman? Quiero pelear sin rendirme, con varios de ustedes, con muchos o todos. Como en el vencido pero heroico gueto judío de Varsovia en 1943, que se levantó desde el sufrimiento, el dolor y el confinamiento, contra el letal asedio nazi para siempre. La proclama del gueto al levantarse, decía:

“¡Que la gente se levante y luche por su vida! ¡Que toda madre sea una leona defendiendo a sus pequeños! ¡Que ningún padre tenga que ver en silencio derramar la sangre de sus hijos!”.

Los mall: pandemia y ley de la selva

Vaciaron los supermercados, tanto la gente de clase pudiente como de clase media-alta. Imperó la ignorancia, el egoísmo y nula información, no solo en los pobres, que también provocaron broncas en boticas populares al abalanzarse sobre las mascarillas las semanas iniciales de la declaratoria de emergencia, sino en la clase alta y clase media, que se permitieron de forma impune -como si no existieran para ellos ¿o sí existen? Estado o alcaldías- hacer realidad vergonzosa la ley de la selva (¿el capitalismo no era eso?), pues arrasaron con todo lo que hallaban a su paso: el Ecuador en tiempo real.

Cual aterrorizadas muchedumbres medievales se comportaron. Lo que Natura no da, la torpeza peor. No pensaron en los demás, ni en quienes somos también de clase media pero no tenemos esa capacidad adquisitiva, que esas primeras semanas no pudimos siquiera acceder a cajitas con toallitas húmedas, para nuestras niñas con parálisis cerebral. Ni a una sola botella de alcohol de 70% para el aseo urgente del entorno laboral que tanto requieren nuestras pacientes oncológicas vulnerables.

El egoísmo y la insolidaridad facilitan el fascismo social. Y éste no podrá jamás detener, sino aumentar, las pandemias. Entre tanto, los idiotas multiplican la pandemia que, según ellos, “no existe”, como gritan en las calles de Buenos Aires, en los facebook de Medellín y los wasap de Guayaquil, no sólo en sus casas, sino contra los más vulnerables. Provocan la paridera de nuevos fascismos. Otros salen a protestar contra el celular 5-G como en las calles de Londres: idiotas que no son capaces de luchar con nuevo chip mental sino contagiando más gente en nombre de la democracia occidental. O salen a sus marchas con fusiles de asalto y armas automáticas como los KKK de Trump en los estados sureños.

Dióxido, “Iglesia Génesis II” y Mr. Trump

Ya llevamos meses de pandemia y confinamiento voluntario. Como desde niño me hago enemigos, no tengo más remedio.

En tiempos de Trump y Bolsonaro se ha promovido y han crecido iglesias integristas a diestra y siniestra. Una de ellas, de nombre Génesis II, cuyo ‘pastor’ fundador gringo es un tal Jim Humble, quien promueve beberse el dióxido de cloro como “sacramento”. Tal iglesia difunde conspiracionismos similares a los de finales del siglo 19, es decir se trata de un neo-extremismo del nuevo siglo, aunque muchos de sus adeptos no lo sepan.

Publicita apoyos a Trump en las barriadas más pobres de Guayaquil o Medellín, o entre las clases medias en el péndulo del capitalismo en Quito, Lima o Asunción, entre oficiales de las FFAA de nuestros países; a la vez, multiplica ataques virtuales a los derechos de las mujeres desde una misoginia de parroquia, a los GLBT, a la OMS, a las vacunas. Los iniciados responden: “Sufrimos persecución por el bien que hacen Jim y Andreas al mundo”. Los iniciales adeptos citan: “A mí no me interesa la política, sino la sanación que hace”. Matrices típicas del creyente enceguecido de toda secta y discursos del dogmatismo sin derecho a la duda.

Primera noche de feriado COVID en Ecuador

Es agosto ya. Se libera el mercado, se libera el toque de queda, se libera el confinamiento. Primero la producción, el turismo, el trabajo y la economía, ya se sabe. Es la una de la mañana. Fiestas y chupes, ‘música’ regetonera de última, risotadas destempladas de imbéciles de ambos géneros en toda la cuadra y casas aledañas, en la calle 7-A y el propio edificio. ¿Directivas barriales? ¿Chapas? ¿911? ¿COE? No hay nada.

Desde las 12 llamo a la UPC (Unidad Policial Comunitaria) y al 911 y hasta a una amiga que laboraba allí. Ningún resultado. Y como reina el aborregamiento más brutal, a nadie le importa. Un policía contesta, por fin: “Si es el edificio, es la directiva o usted mismo quien debe intervenir”. Están borrachos, contesto. ¿Y si uno de estos ignorantes terratenientes sin hacienda tiene un arma o intentan ofenderme, puedo disparar? (Detesto las armas ni las tengo. Pero quería oír la reacción de los UPC, los representantes esquineros del Estado). De seguro ahí sí vienen, ¿cierto?”. Me cuelga la llamada.

El Robin Júd ladra estresadito. Hasta él tiene buen gusto musical y no soporta este inicio de feriado vacacional Covid-19, ansiado por el rebaño ignorante y los criminales del gobierno. Mi hija despierta por el relajo. Esta madrugada ya poco importa la alarma del edificio, el ascensor sube y baja, con gente desatada. “Y qué te importaf. ¿No podrán venir a visitarf un ratof?” dijo otro, con acentos finales en “f”, idioma quiteño altanero de clase media.

Robin vuelve a ladrar en la sala. Lo metemos al cuarto para que no se intranquilice. No puedo hacer lo mismo con Tahís, mi hija con parálisis cerebral, intranquila y llorosa otra vez. Nelly, mi mujer, paciente oncológica, agotada duerme o trata de dormir. Los policías no vendrán ni harán nada, como en los casos anteriores cuando impusieron el semáforo amarillo-patito que no sirve para nada; ni el COE ni el 911 ni la Alcaldía, porque en esta hora y país no hay Estado. Para protegernos no lo hay. Si eres ministro vendrían este rato. Pero lo que más duele son las personas de los grupos más vulnerables, justificando está planificada y criminal bestialidad llamada “feriado vacacional”. Así empezó la primera noche. “Nos veremos en la siguiente ola, Zevallos, Romo, Yunda y Moreno”, les alcanzo a decir en un mensaje de facebook a las máximas autoridades del Ecuador y la capital. “Y nos vemos, luego, en la Corte Penal Internacional”, le remato, a ver si les entra miedo.  

En cuanto a los otros canallas, los de barrio: son peores o iguales al COE. Pero tienen el apoyo de la manada que solo mira el metro cuadrado de su apartamento o casa. Esta es la clase media más ignorantona y arribista que padece la pandémica Latinoamérica. “Dalmau y calle 7-A, en Ponciano Alto”, repito por novena vez a los chapas. Nadie vendrá. Debo intentar calmar a la guagua. Robin, angustiadito, sale otra vez a la sala.

La farra siguió hasta las 7:45 am del día siguiente, 8 de agosto. Nadie llegó nunca de la UPC policial ni del 911. Hasta tanto, un par de semanas luego, se publicó la “novedad” de que aumentaron a 25 mil, las “Muertes inusuales” en el Ecuador. Eso es casi la cifra de muertos en la guerra civil de El Salvador, en diez años de conflicto. Acá, en cinco meses.

“Exorbitante cifra de decesos en Ecuador durante pandemia y enorme diferencia con muertes confirmadas por covid-19”, publicó el 7 de agosto Rusia Today desde Moscú.

Por fin, otra vez, el Ecuador en portada mundial, como cuando la tragedia de Guayaquil bajo el régimen de esta ineptitud organizada. Pero aun así, los ineptos y darwinistas del régimen, ordenaron ese feriado salvaje. Es lo económico y su homicida tesis del ‘contagio-rebaño’, lo que ponen por encima de la vida y del sentido común. Es decir, contagios masivos y decesos por anticipada negligencia criminal.

Si el Sr. Lenin Moreno ya tiene solamente un 8% de apoyo según la encuesta más conservadora, hasta diciembre ¿llegará apenas a la mitad? Sólo las bayonetas y los mega-empresarios son su respaldo. Mientras este matadero de omisiones se dispara gracias al régimen teosófico, Quito tiene una alcaldía acojonadita, reactiva, con el rabo de paja que le impide defender como es debido a la población, culposa y culpabilizadora del ciudadano de a pie.

El reportaje ruso sostiene: “Lo que alarma es el número de fallecidos en Ecuador durante la pandemia. Según las cifras del Ministerio de Salud, hay 9.407 muertos asociados al coronavirus, 5.877 confirmadas y 3.530 “probables” por covid-19. Con esa cifra, se ubica en el sexto lugar de la región en cuanto a número de víctimas fatales, superando a la Argentina. No obstante, las cifras del MSP distan mucho de las brindadas por la Dirección General de Registro Civil, Identificación y Cedulación ecuatoriano, donde se inscriben las defunciones, que son el triple de la cifra oficial”.

Así que se entiende que preparen fosas ante eventuales aumentos de muertes por covid-19 en los cementerios de Quito, como a fines de julio lo fotografiara la agencia France Presse AFP.

¿Aprenderá mi medieval continente la lección?

Fue noticia viral en las redes sociales un vídeo donde aparecían niños chinos de jardín de infantes, haciendo un ejercicio de educación física en el patio de la escuela. El ejercicio es difícil: recibir y entregar a la vez, pelotas en sincronizado movimiento colectivo, pero ellos lo hacían como si fuera la cosa más sencilla del mundo. Esa lección pedagógica de cooperación para compartir, resistir, avanzar y vencer juntos, que se enseña en los jardines de infantes de la República Popular China, es lo que Occidente, la criticona medianía latinoamericana y mi aldea ecuatorial no entendieron nunca. Conocer al Otro es hacer de él tu prójimo: y prójimo significa hacerlo tú más próximo.

No lo entendieron ni los gobiernos ni las sociedades: ni antes, ni durante la pandemia. Tampoco lo entenderán a futuro. Por eso el desastre continúa y será creciente, mientras aquellas culturas “exóticas” logran sobreponerse a la pandemia, en lo vital, laboral, económico, educativo, comercial y científico; con la cooperación mutua y un espíritu comunitario aprendido en décadas y milenios.

El vídeo dura 10 segundos y demuestra que “Todos dependemos de todos”. ¿Cuándo copiará este mundo las cosas buenas a quienes desprecian, en lugar de difamar al ‘distinto’ y a quien no conoce? Una bella lección. Cuánto daría porque mis hijas vivieran en China hoy, antes de que se desate la segunda ola pandémica, ya en camino.

Última hora o última ira

Tras tres días de protesta social multitudinaria del pueblo del Líbano, que incluyó intentos de toma del palacio y cancillería, a raíz de la inoperancia gubernamental ante la tragedia de la explosión ocurrida días antes y la pandemia; acabó presentando la renuncia todo el gobierno y anticipando elecciones. 

Líbano logró que el planeta entero sepa que es un pueblo con dignidad. Es en plena pandemia una gran lección para el pueblo ecuatoriano y para Quito que cuenta cada día la multiplicación criminal de contagios debido a la ineptitud organizada del gobierno del ‘Efecto Rebaño’, en momentos en que retorna el ministro de salud, cazado por fotos en la red, sin tapabocas en resort playero privado, mientras los médicos,  enfermeras y pacientes vulnerables se sacan el aire con la pandemia.  Ecuador: ¿cuándo vas a reaccionar con la dignidad de Beirut?  Me escribe al poco tiempo una amiga periodista, a su vez amiga de ese ministro, preocupada por el nombre con el cual públicamente lo llamo: “el Adolfo Eichmann de la parroquia”. Le contesto que lea a Hannah Arendt y su tesis de la banalidad del mal.

Porque eso es exactamente lo que está sucediendo en la América de Trump, Moreno y Bolsonaro. Julia Kristeva, pensadora búlgara-francesa, en ‘El genio femenino’, (ed. 1999), escribió de Arendt y para el futuro: “La comprobación que hace Hannah Arendt es inquietante: la banalidad del mal resulta mucho más espantosa: sin ser perversos ni sádicos, algunos individuos “horrorosamente normales”, con una conciencia perfecta, cometen crímenes de una nueva especie. Son incapaces de juzgar, pero se arrogan el derecho a decidir quién debe y no debe habitar este planeta. Es posible imaginar que, en un futuro próximo, ciertos “decididores”, igualmente ineptos para juzgar, decidan exterminar a todos los demás. ¿Habría muchos Eichmann en potencia, durmiendo dentro de los “ganadores” de la sociedad de consumo?”

Ustedes son nuestra pandemia

El nombre apropiado de lo que ocurre en Quito y Ecuador es un delito de lesa humanidad por negligencia criminal en tiempo de paz y así  debiera tratarlo la gente sensible y pensante, o por lo menos así debieran empezar a catalogarlo las familias en riesgo y pacientes vulnerables.

Este crimen lo fui alertando cronológicamente, desde el mes de marzo, mensaje tras mensaje de watsap, todos vanos, a asesores del presidente Lenin Moreno, a una asesora del ex-vicepresidente Otto Sonnenholzner; a la ministra de gobierno; al alcalde; al Comité de Operaciones de Emergencia COE; a los asambleístas de la comisión legislativa de la salud; a funcionarios y asesores de instituciones del Estado, a personajes de nuestro mundillo social; a periodistas de -por lo menos- diez medios de comunicación; así como a contactos y amigos en Rusia, Argentina, Colombia, México, Venezuela, España y Uruguay.

Advertí por igual sus efectos de catástrofe sobre los más indefensos, los más vulnerables y los más pobres, producto de la ineptitud organizada como conducta estatal y de la prioridad economicista por encima de lo humano y ambiental. Lo que ya ocurre y ocurrirá es eso: delito de lesa humanidad contra la salud y la vida  de los grupos vulnerables.

Ese delito es cometido por el gobierno, en Quito con la complicidad negligente del alcalde, y con la ignorante anuencia de una porción envilecida de la sociedad, a la que le vale ‘madres’ enfermar a sus propias madres, hipócrita y enferma de indiferencia, violencia, insolidaridad y abuso, que no tiene la más mínima empatía con los vulnerables y se contagia y contagia en nombre de su acomplejado ‘quéchuchismo’.

Es un crimen estatal de darwinismo social basado en el letal ‘Efecto Rebaño’ convertido en dogma por los teósofos que gobiernan EEUU, Brasil o Ecuador.

Qué triste envidia mortal y de vida tengo de las naciones asiáticas, de la uruguaya, cubana, noruega y neozelandesa: porque a los primeros en proteger fue a los enfermos de cánceres y enfermedades catastróficas y degenerativas, los niños, los ancianos, adolescentes y personas con discapacidad. Podrán tener otros problemas y otras carencias, pero han actuado mil veces mejor que los aldeanos de mi país.

La peor tragedia no es el Covid-19. Son ustedes, negligentes, criminales y mafiosos que gobiernan mi país y “Occidente” (eufemismo por capitalismo, que es su nombre real, pero que en Macondo light no me van a entender).

La Gran Olvidada

Me gustan los estudiantes” les cantó Violeta con la generosa alevosía de la rebeldía. Cada hora pienso en tanta gente exiliada, derruida y excluida. En los grupos más vulnerables y los más inocentes. Pero ellas y ellos, las y los estudiantes (sin obviar a sus docentes, algunas de ellas muertas en el 2020), son realmente la generación más tristemente épica de esta pandemia: les exigimos que estudien, sin ponernos a pensar que esta pandemia vino a cuestionarlo todo: economía, Estados, subcultura de masas, sociedad, pero también educación. Esa que permitió convertir en engranajes y eslabones de una maquinaria monstruosa a millones durante las tres últimas décadas sobre todo. Y, empero, no cuestionamos la educación, la empeoramos en el 2020, y el tele-estudio y el tele-trabajo hicieron del automatismo un conmovedor hiperrealismo de rastrojos civilizatorios en tiempo real. Y, encima, les exigimos que no sean indiferentes, que no salgan, que no nos  contagien, y que estudien. Recuerdo la primera clase escrita previamente por Simón Rodríguez para su alumno: una clase para hacer de un niño un héroe.

No los educamos para héroes del confinamiento. Y, sin embargo, lo han sido. La pandemia vino a vetarles incluso el derecho al beso, al placer o a caminar entre las calles de ciudades ya imposibles para andar. Les creemos –sin haberles ofrecido otra posibilidad de planeta que aquel que les legamos- que son “por naturaleza, egoístas”, es decir: los insultamos. Sin comprenderlos, sin saber nada de su honda tristeza y de su derecho a una mínima esperanza. No entendemos que nuestra generación y las anteriores les legamos un mundo hecho trizas y, de paso, les heredamos este Armagedón del capitalismo que la inmensa mayoría ovejuna no cuestiona, y del que no se salvan de La Gran Masacre ni siquiera los murciélagos ni los visones.

Esa Gran Olvidada, la generación juvenil de hoy, la que crece en el encierro, no tuvo la misma posibilidad que nosotros, los antiguos, de conocer, aspirar, saborear, oler, ver y aprender el mundo, de viajar en avión, tren, bus internacional, camión o barco; de hacer tantas cosas, carajo. Sin aviso previo les dijimos un cercano febrero que deben encerrarse. Ni siquiera conocieron la ciudad que habitan, más allá del mall y la universidad, la casa y el parque aledaño. Esa Gran Olvidada, no solo estudia, sino que sobrevive. Y resiste. Y no pide nada. Pero exige. Es hora de escucharla, de sentirla y abrazarla. De agradecerle por haberse quedado en casa y de pedirle perdón porque no pudimos detener el Armagedón.

Esa gran olvidada también es ella, mi estudiante que no truncó, la universitaria que no pude conocer este 2020 y en la primera ola pandémica cumplió 23 años. Cuando tuve su edad, estaban cayendo los muros, desaparecían a dos hermanos que fueron mi génesis y comenzaba mi largo viaje, que aún no termina, por la vida y contra la muerte. No pude decirle perdón ni gracias. Y solo tengo, desde 1971, ‘El volar de las palomas’, del grupo de rock progresivo Los Blops de Chile, cuya letra parece que siempre hubiera sido creada para la Gran olvidada, esta generación de limpio silencio y ventanas cerraditas:

Yo vengo aquí a cantar / La ceguera de mi ser / Que es una ceguera tan grande / Que ni la luz me deja ver. /Yo vengo aquí a cantar / Esto que sabemos todos, Sentir qué llevamos adentro / Como ternura o como dolor.

Naturaleza y cambio climático

En el año 2015, escribí el recuerdo de dos experiencias antes vividas:

1. La irresponsable actitud de George W. Bush cuando la tragedia del huracán “Katrina” en 2005. No hablaba de oídas: algo conocí del tema, pues estuve con sus víctimas en el sur de EEUU, atendí decenas de testimonios desolados, en un tribunal simbólico de derechos humanos y sociales al que me invitaron con la inolvidable Madre argentina Nora de Cortiñas. Los damnificados lo perdieron todo, los rescataron luego de transcurridas varias semanas; fue dura la impotencia de no poder ayudar materialmente, solo acompañarlos, reconfortarlos y denunciar a Bush por su indiferente torpeza. El pueblo de EEUU estaba furioso: los ricos no perdieron nada; los pobres todo.

2. Anduve en Cuba, en el mismo 2005, cuando uno de los tantos numerosos huracanes pasaba por el Caribe: recuerdo al “Caballo” -así llamaban a Fidel Castro. Estaba aún en la jefatura de gobierno e iba a todo lado: inquieto como un muchacho, o mejor dicho: como un estadista responsable, desde semanas antes, iba yendo y viniendo “pallá y pacá”. Lo veía en la tele cada día en programas especiales educativos diarios, con meteorólogos, científicos, defensa civil, bomberos y profesores, preguntándoles a su estilo, hasta el milimétrico detalle, todos los temas habidos y por haber, dando consejos e instrucciones de hasta cómo cerrar las ventanas, cómo tapar una pared o cerrar los conductos, especialmente si las olas llegaban al malecón de La Habana, etc. En Cuba no murió nadie. Eso es liderazgo, eso es educación y preparación», me dije, porque lo viví.

El gran tema que hay que tomarlo por las astas a nivel mundial, decía entonces, son los efectos del cambio climático. Eso diferencia al aldeano -sea del bando que sea- de las sociedades preparadas para auto-gobernarse, que piensan globalmente las cosas. Es decidora una mirada corta: si en el tema ve solo enemigos políticos y no vidas de millones de personas, y peor aún, si no ve mundos enteros, esa mirada, sea de derecha o de izquierda, será de un enano que ni siquiera desea montarse a los hombros de los gigantes para mirar el mundo, es decir: actuará a lo Bush.

No miro un solo jefe de Estado en América Latina que lidere y haga suyos los temas que el papa Francisco convirtió en encíclica, adelantándose a unos y a otros. Porque hay que impedir la inminente muerte del planeta.

La Tierra nos llama: es hora de merecerla

Merezcamos ver el mundo nuevo que, de forma increíble y silenciosa, intenta preservarlo y protegerlo la propia Naturaleza. O quizás Dios, cualquiera sea el nombre con que lo invoca cada pueblo de la Tierra.

Para merecerlos, debemos ayudar a defenderlos: a ella, a la Naturaleza y a ese mundo nuevo que nos empieza a dar señales de que, sin la multitudinaria y destructora presencia de los letales y masivos depredadores que somos los humanos, con nuestros autos, nuestro estilo de vida, nuestro consumo envilecido y envilecedor, nuestras minas y chimeneas, caza y aniquilación de selvas, mares y bosques, hasta extinguidos lobos, peces, aves, tiburones, koalas y cóndores, reaparecen en las ciudades descontaminadas por 40 días y en los océanos que empiezan a limpiarse.

No es toda la humanidad la que, por infortunio, se da cuenta de esas señales. Solo son pocos hombres y pocas mujeres las personas conscientes de que ‘el arca de Noé’ no lo construyó un patriarca, ni un gobierno, ni un hombre, ni la humanidad, sino que intenta construirla la propia Naturaleza. Depende de nosotros si Ella nos permitirá -como especie humana- pasar y ser parte del planetario Arca.

Tenemos que intentarlo. Aún muchos gobiernos y casi todos los gobernantes, y muchísimos todopoderosos hombres de negocios y empresarios -que se asemejan al egoísta personaje que amasa inútiles poderes y tiempo en “El Principito”-, y una gran parte de las sociedades, no han podido ver ni han entendido esos avisos y otras señales, como el hecho de que los leones, leonas y leoncitos, volvieron a retozar en las carreteras de Sudáfrica sin miedo al cazador más letal del mundo: el hombre. Como el hecho de que se haya cerrado un inmenso agujero en la capa de ozono en el Ártico, o que las fotografías satelitales muestren el mar de Venecia limpio, o que no hayamos tenido en el primer mes de confinamiento universal, enormes incendios arrasadores de bosques y vidas animales. Si no lo hemos entendido, es porque requeriremos más dolor, luto, miedo y más cuarentenas para entenderlo.

Nuestro credo para ser merecedores de ellas: de la Tierra y de la Naturaleza, empieza con la gratitud: Gracias a la Naturaleza y a la Vida. Consumir menos. Mucho menos. Sembrar la tierra. Cultivarla. Prepararse. No agredir a nuestros hermanos animales. Armonizar la vida humana y la Naturaleza. No más plástico. Cero comida-chatarra. Amar todas las vidas y todas las especies. Ser solidarios y sentir la vida, la carencia y el dolor de todos los seres vivos y seres humanos del mundo y de nuestro entorno; en especial a los más vulnerables que, sin ser responsables de ninguna depredación terrícola, hoy son la población de mayor riesgo; en especial las niñas y niños. Y todas las infancias y personas adultas con discapacidad intelectual. Los más desvalidos. Los menos fuertes. Ser comunitarios. Hacer cosas en conjunto. No ser egoístas. Nadie se salvará con el ‘sálvese quien pueda’.

La Tierra nos llama. Es hora de merecerla.

“Yo tuve un hermano”

Se llamó Juan Cristóbal López, de 66 años, militante argentino de la década del ’70, exiliado con toda su familia en Cuba donde su mayor orgullo fue participar siendo un niño de 14 en la zafra. Era un trotamundos sin remedio en Nicaragua, Francia, Venezuela, Bolivia, Brasil, Colombia, Paraguay, Chile, Uruguay y otros lares. Había participado en la experiencia chilena de Salvador Allende y luego estuvo clandestino en varios sitios durante la ‘Noche y Niebla’ latinoamericana. Experto y estudioso en matemáticas, ingeniería de sistemas, economía e idiomas (lo conocí en Venezuela, cuando empezaba a estudiar chino mandarín). Fue precursor del Software libre en el Ecuador, trabajó en los diseños del sistema informático del Banco del Sur, que no se implementó, del Registro de Datos Crediticios de Ecuador y otras entidades, y en Argentina luchó por sistemas de tecnologías libres para que sirvieran a la gente sin importar su capacidad económica.

Ancló en Quito, donde laboró en diversos procesos y conoció a Valeria, su última mujer, a cuyos arrestos se hizo en 2019 exámenes que dieron como diagnóstico un cáncer cerebral. Ella, años antes, sin intuir que afrontarían la intemporalidad de esta enfermedad catastrófica –como se la tipifica en el Ecuador-, lo había afiliado al seguro social voluntario, para que pudiera tener acceso a la salud pública.

A las 21h05 de la noche del 13 de febrero del 2020, cuando aún faltaba un mes largo para que se declarara la emergencia en Ecuador y en otros países, Juan Cristóbal, con Valeria, ambos de la Agrupación de pacientes y familias vulnerables y en riesgo, fueron por fin atendidos en Emergencias del Hospital Carlos Andrade Marín, H-CAM del IESS (seguro social) en Quito, en reacción a la denuncia masiva puesta a las autoridades por cientos de familias en el wasap.

Juan Cristóbal tenía tratamiento quimioterapéutico y un día antes, el 12 por la mañana, llegaron al HCAM a las 8h30 a los exámenes de sangre de rutina previos a la siguiente quimio. Tras el examen le empezó un cuadro de fuertes diarreas en el propio hospital. Lo debían atajar pero lo mandaron así a la casa, donde empeoró y tuvo un cuadro severo de deshidratación. A las 15h00 presentó convulsiones. No recibía atención a pesar del diagnóstico de deshidratación grado 2, hipotensión, bradicardia e hipotermia. Permaneció una hora o más en la camilla de la ambulancia, en el suelo, y sin siquiera haber sido evaluado. La Valeria, quiteña, llorona y peleona, repetidas ocasiones instó a los médicos de Emergencias y le respondían que hay muchos pacientes, que debe esperar. Si eso pasaba antes de la emergencia pandémica, las cosas se deterioraron más con el pasar de los meses. Pero esa noche, Valeria cansada de ver a su marido tendido en la camilla retorciéndose, escribió una cartita pública: “Si mi esposo o yo fuéramos parientes o amigos del Presidente de la República, del Director del IESS o de algún Ministro, no nos tratarían así. Ya sería internado y atendido urgente. Pido su ayuda y su intervención. Mi esposo tiene nacionalidad argentina y boliviana. ¿Tendré que exponer a las autoridades de las embajadas y consulados de ambos países y a las redes sociales, nuestro vía crucis para que se lo levante del piso y se lo atienda?”

Lo atendieron. Mejoró. Y días más tarde le dieron el alta. Volvió a casa. Y en el confinamiento, a pesar de que Valeria lo cuidaba con esmero de hermana religiosa en Calcuta, fue deteriorándose. El cáncer no se detuvo. El médico le explicó a la mujer que el deterioro era irreversible y que moriría. Falleció en julio, y debido a la pandemia, no pudo acudir nadie. Fue cremado y las cenizas devoraron la vida esparcida en tantos países donde sirvió y luchó. Valeria, del dolor, se encerró semanas enteras. Pudimos hablar solo cuando ya había muerto, tiempo atrás. Recuerdo que en su último cumpleaños, intenté por zoom hacerle oír un viejo disco que le ponía a llorar de la emoción, y que le recordaba los mítines obreros en París, durante las barricadas. No pude abrazarlo. Ni a él ni a Valeria, ni a su hermana Moira que, convertida en estatua viva de dolor, en Buenos Aires cerró para siempre su teléfono y red social. No pude acudir al funeral más solitario del mundo. No pude abrazarlo. A nadie se puede abrazar si se muere en esta puta pandemia.  Juan se fue sin nada qué ponerse. A la antigua manera de los militantes de antes. Sin bienes que legar, sin propiedades en las que no creía, sin nada material que dejar a sus hijos. Sin partes mortuorios pomposos. Sin poder. Sin llanto.

Han muerto tantos en estos meses. Familiares, amigos, hermanos de luchas como él. Si algo impide esta peste, es acompañar sus últimas horas en una funeraria. Abrazarlos a todos. Despedirlos. Abrazar a los que quedan: mitad vivos, mitad muertos. Mitad dolor, mitad esperanza.

Una mujer baila para exorcizar la muerte

Apenas empezó la pandemia y el primer enclaustramiento, recordé al “Nosferatu” de Herzog y la escena desoladora: cuando el Vampiro llega, cargando su propio ataúd, a la ciudad que la inunda de ratas, antes de la célebre epidemia letal. Nosferatu se adentra, solo por la ciudad silenciosa y fantasmalmente solitaria, como todas las calles del mundo. 

Solo tiempo más tarde conectaría recuerdos, cuando supe de una tierna, dolorosa, digna y emotiva danza de una mujer, vestida de negro luto, para exorcizar al demonio de la pandemia. Fue como volver al medioevo y proteger su baile hasta salvarnos. La visión onírica la hallé en el internet. Me conmovió mucho el gesto de su danza, filmado el 17 de abril de 2020. Me emocioné por ser ella, por la bailarina, por Salento, la ciudad que acunó el Tarantismo, por Italia caída en la primera ola pandémica, por la histórica plaza, por ser una tarantella de sanación, porque el baile de la muchacha me recordó el baile de la peste en el ‘Nosferatu’ de Herzog, como si fuese la Danza de la Desesperación, para salvar la Tierra entera y quizás a los niños y niñas del mundo, a esta humanidad necia y vulnerable.

La estremecedora danza, de negro vestido y cabellera de mujer, va para el mundo desde la Italia del tarantismo, la milenaria danza que, sin entenderlo la macha sociedad, liberaba la libertad de la mujer, la que “picada por una tarántula, debía bailar frenética hasta expulsar el veneno del arácnido”.

Comprendí que ella sigue bailando hasta exorcizar la muerte y salvar la  vida.

Fotos: La Gripe Española, 1918-1920. Fuente Pinterest.

4 comentarios sobre “El exorcismo de mi muerte

  1. Me he conmovido hasta las lágrimas, gracias Alexis, por todas tus precisiones.
    ***Deberías hacerlo podcast, para quienes por tantas razones no puedan leerlo.
    Abrazos fuertes

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  2. Muy bien hecho un análisis conmovedor de un año(2020) para el que nadie estaba preparado. De los graves efectos de la falta de sensibilidad e irresponsabilidad de los gobernantes que tomaron medidas erróneas o coŕectas a destiempo o insuficientes que provocaron el mismo efecto: descontrol, muerte y tristeza ante la pérdida de tantos seres queridos. Lo que viene es aún más duro s no hacemos valer nuestros derechos. Los derechos de las personas vulnerables, de nuestros familiares. Apoyo a Alexis Ponce y a nuestra agrupación para lograr un cambio positivo en las mentes de quienes deciden nuestro futuro.

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  3. Gracias Alexis por compartirlo, un análisis muy profundo de la historia y cómo las malas decisiones han desbastado al mundo, creo que el cambio está en cada uno de nosotros, dejar atrás lo negativo, dejar atrás lo que no nos permite avanzar y buscar nuevas opciones que nos permitan sobrevivir en estos tiempos, somos valientes, si bien es cierto es un año duro pero saldremos adelante, siempre haciendo prevalecer nuestros derechos y uno de ellos es el derecho a la vida.
    Un abrazo

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