Parece un tiempo lejano pero no lo es. Por el corredor de sus recuerdos llegamos al año 2009, época difícil, donde la escasez y la supervivencia se imponían. Claudia Quintero recuerda esa dura etapa como el cimiento de lo que hoy es su proyecto de vida: prevenir la trata y tráfico de personas; rescatar y atender a las víctimas y, como si eso fuera poco, educar a la ciudadanía, medios y autoridades sobre una de las expresiones de violencia de género más crueles y desconocidas de los últimos tiempos. Ella tiene energía para eso y mucho más, por algo se convirtió en referente contra la Trata. Pero llegar ahí no fue fácil.

Por Nelly Valbuena *

La reconocida activista y defensora de derechos humanos colombiana llegó a Quito, Ecuador, el viernes 13 de julio en un viaje relámpago, como todos sus viajes, para dictar una charla a mis estudiantes de la clase de Opinión Pública, de la Carrera de Comunicación de la Universidad Politécnica Salesiana, sede Quito, sobre el ‘Abordaje de los medios a la Trata de Personas, Explotación laboral o sexual de niños, niñas y adolescentes, y Prostitución’.

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Nelly Valbuena, Claudia Quintero, Nicolás Dousdebés y estudiantes de la UPS, Quito.

Su visita coincidió, además, con un momento muy difícil en nuestra familia: la desaparición, durante 23 días, de dos familiares, en cuyo caso Claudia aportó, no sólo poniendo una alerta fronteriza en Colombia, difundiendo a través de sus redes, sino ayudando a descubrir elementos invisibles que muchos no querían o no podían ver, en mensajes, vídeos y gestos de las víctimas; y que son signos presentes en la Trata de personas. Majo y Sofi, fueron rescatadas en Órganos, Piura (Perú) el 15 de julio. Volvieron a casa, sanas y salvas en la medida de lo posible, pues -en efecto- fueron víctimas de este atroz delito que -por fortuna-, debido a la movilización de la familia, la sociedad civil y los medios, logramos salvarlas a tiempo.

De regreso a Popayán, continuó su trabajo dictando talleres, redactando documentos y denuncias por las víctimas, haciendo visitas de sensibilización a las autoridades, entre ellas a la Patrulla de Género y la Mesa de Diversidad de Colombia.

En medio de su activa cotidianidad, el miércoles 18 de julio atendió una entrevista con NTN24 sobre la situación de las mujeres venezolanas en Colombia, pues desde que empezó el éxodo imparable de migración forzosa, debido a la situación interna en su país de origen, miles de ellas están siendo víctimas de Trata y prostitución.

En efecto, “al menos 6.500 mujeres inmigrantes venezolanas, entre 18 y 25 años, se han visto obligadas a dedicarse al trabajo sexual en Colombia”, según la Secretaria Distrital de la Mujer y el Observatorio de Mujeres y Equidad de Género de Bogotá.

Por ellas Claudia pidió la intervención humanitaria urgente, no sin antes enviar un mensaje directo a unos y a otros: “Venezuela debe preocuparse por las mujeres que están siendo expulsadas de su territorio por necesidad, porque son presas fáciles de las redes internacionales de Trata de personas. Empezando por el estereotipo de que las mujeres venezolanas son las más bonitas y atractivas. Eso ha hecho que en el mercado negro del llamado ‘consumo del sexo’, ellas sean captadas  y no se les ofrezca otras oportunidades”.

Claudia Quintero, directora de la Corporación Anne Frank, es referente de vida en este tema en Colombia, lo que le da autoridad moral para decir que la prostitución “es un trabajo que ofrece sólo violencia”, que “las mujeres deben cumplir con unas fichas; son las personas a las que tienen que venderse. Si quieren salir con un tercero, que no está en la ficha del prostíbulo, deben pagar una multa al proxeneta. Hay personas que se están lucrando en Colombia, con el cuerpo de las venezolanas. Pedimos que el gobierno colombiano intervenga”.

También denunció que no fueron escuchadas por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ni la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), a donde llevó el caso.

El sábado 21, cuando le escribí para recordarle las fotos que quedó en enviarme, ya estaba en Bogotá. Decidió despedirse del presidente Juan Manuel Santos y darle las gracias como sobreviviente ‘por su lucha para darnos la paz’.

Así escribió en su cuenta de Twitter el domingo 22, de regreso al sur del país. Y es que uno de los días más felices en la vida de esta mujer fue el 26 de septiembre de 2016, cuando vio a Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño firmar el Acuerdo de paz: “Fui tan feliz por la paz aquel día, como cuando di a luz a mis hijos. Y estaba viva, para vivir ese momento”. Claudia fue una de las miles de víctimas del viejo conflicto armado en Colombia.

El miércoles 25 viajó a Cartagena a participar en un evento en el marco del Día Mundial contra la Trata de personas. Su activismo y defensa de los derechos humanos requiere de todo su tiempo y dedicación. Como ella misma dice: “Este trabajo es 24/7, no tiene horario ni vacación, todo el tiempo es para cumplir mi misión”. Es feliz durmiendo poco y trabajando mucho.

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En el marco del Día Mundial contra la Trata de Personas, Claudia Quintero, en el Atrio de los Gentiles, Cartagena. Julio 26 de 2018. Foto: Cortesia Corporación Anne Frank.

A propósito del Día Mundial contra la Trata de personas,  “el último informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) advierte  que en el mundo hay más de 500 rutas internacionales para la Trata; y según Bo Mathiasen, representante de esa oficina en Colombia, la Trata mueve y esclaviza al año más de 700.000 seres humanos en todo el planeta. Muchas personas que fueron víctimas, no denuncian porque tienen vergüenza y, en el caso de las víctimas que son explotadas, no lo quieren admitir ni denunciar”.

Claudia en las sombras de la memoria

Claudia es una joven mujer afro-descendiente, con una fuerza interior que se le desborda en la sonrisa. Hay gente que cree que su vida de activista “es fácil”, porque siempre está viajando, dando charlas, haciendo talleres, en reuniones, de aquí para allá, pero es sabido que los superficiales juzgan superficialmente a los demás. Y es que en el propio cuerpo y el alma de Claudia, se hospeda una vida larga y llena de experiencias intensas, dolorosas, muy fuertes, a tal punto que, con un dejo de melancolía, confiesa: “Me siento una mujer joven y me veo joven, pero siento a veces que he vivido como 80 años, por todo lo que tuve que vivir. Fueron 13 largos años de sobrevivir al conflicto y la violencia, que hoy están para mí, cerrados”.

Claudia Yurley Quintero Rolón fue el nombre con el que sus padres la registraron hace 37 años, cuando llegó a este convulsivo mundo en el Hospital San Juan de Dios de Cucutá, ciudad fronteriza con Venezuela, un 3 de diciembre de 1980. Su nacimiento tuvo la influencia del mayor planeta del zodiaco, Júpiter. Tal vez por eso su entusiasmo no tiene límites. Esta mujer sagitario, desde niña estuvo destinada a grandes luchas provenientes de grandes tragedias.

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En actividades de prevención con niños, niñas y adolescentes.

A comienzos de 1980, entre el 27 de febrero al 27 de abril, el insurgente Movimiento Diecinueve de Abril (M-19) realizó la ocupación de la sede de la Embajada de la República Dominicana en Bogotá. Fueron 61 días de atención televisiva y mundial. La vida de Claudia apenas empezaba a gestarse, quizás sostenida en una identidad genética propia y, sin que ella lo intuyera, marcada por el recrudecimiento del conflicto armado, que hasta ese momento se veía muy lejos, pues en los años 50, 60 y 70 el teatro de la guerra estaba únicamente en los campos y montañas de Colombia.

Entonces el país vivía un riguroso régimen desde el 6 de septiembre de 1978, cuando el expresidente Julio César Turbay Ayala expidió el ‘Estatuto de Seguridad’ que dio facultades de policía judicial a las Fuerzas Militares, activó el clima de polarización política, las violaciones a los derechos humanos y la confrontación armada, pero que no tocó a lo que se conocía como las ‘repúblicas independientes de la cocaína’ o el negocio del secuestro.

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En Popayán con pasantes del Canadá.

En los ochenta, la guerra dejó en las ciudades el tufo del narcotráfico, enquistado en las altas esferas del poder, la corrupción política, el exilio y la muerte de  miles de inocentes, por parte de todos los bandos. Muchos jóvenes de las urbes se fueron al campo de batalla, unos reclutados por el Ejército, otros, hombres y mujeres, que vieron en las guerrillas una salida a las inequidades sociales. Y una gran cantidad se ‘empleó’ en los ejércitos del narcotráfico y, muy pronto, en los grupos paramilitares.

Mientras las heridas de la guerra se profundizaban en un país que parió generaciones y generaciones de niños, niñas, adolescentes y jóvenes, que crecimos con el conflicto armado como telón de fondo, los noticieros registraban, en un escenario macabro, el regreso a casa en masivos ataúdes o la desaparición de jóvenes en interminables listas y fotografías colgadas al pecho de sus familiares. La década de los ochenta, en la que Claudia nació, presagiaba el dolor sin medida que vendría para ella y Colombia entera en los años 90, y que alcanzaría frontalmente a su familia, de cinco personas: ella y dos hermanos menores, la madre y el padre.

En 1999 su papá se fue a trabajar a La Gabarra, corregimiento del Norte de Santander; ahí fue testigo de las horas más aterradoras que hasta entonces población alguna haya vivido en Colombia. Una matanza anunciada desde mayo que fue aproximándose en señales tétricas, desplazamientos y crímenes, en aquello que se conoció como El camino de la muerte” en Tibú, uno de los once municipios del Catatumbo, al norte de Colombia.

Entonces, los paramilitares tenían  el propósito de sembrar masivamente el terror en la población y apoderarse del negocio del narcotráfico. La población civil vivía bajo el control de todos los grupos armados, es decir, bajo la opresión de lado y lado. El silencio se impuso para evitar la muerte, mientras la vida permanecía suspendida de un hilo en toda la región.

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En sensibilizaciones sobre Trata, con integrantes de la Policia.

El 20 de agosto de 1999 por la noche llegaron seis camiones llenos de paramilitares a La Gabarra; al otro día, hacia las cinco de la tarde, el Ejército retiró su batallón, que había permanecido en el pueblo desde el mes de julio. Pasadas las siete de la noche, misteriosamente se fue la luz y tres grupos de hombres armados tomaron posesión de las entradas y salidas del pueblo. Un grupo entró matando a la gente que estaba en los bares y prostíbulos; el segundo avanzó hacia el río y el tercero hasta Puerto Madero; iban con lista en mano derribando, a hachazo limpio, las puertas de las casas previamente señaladas.

Años más tarde, ya desmovilizado Salvatore Mancuso, ex jefe del ‘Bloque Catatumbo’ de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC, en su último día de versión libre aceptó la responsabilidad en la masacre de 123 personas, durante tres ocupaciones a la zona entre mayo y agosto de 1999. En la primera, el 29 de mayo, fueron asesinadas 28 personas; 15 más el 31 de julio; y 80, aquel 21 de agosto.

El padre de Claudia se salvó milagrosamente pero estuvo en condición de desaparecido durante un mes. Hasta tanto, la familia en Cúcuta padeció miedo, zozobra y el dolor de la ausencia, día y noche. “La violencia se instaló en nuestra ciudad con los toques de queda y muertes de vecinos y amigos. Era el pan diario. Desde jovencita fui lideresa social y sufrí diferentes tipos de violencias por parte de grupos armados que se disputaban el control territorial. Finalmente, tuve que desplazarme forzadamente a Bogotá, pues fui declarada objetivo militar y tenía que irme de mi tierra, si quería salvar mi vida”.

En 2005 recibió amenazas de las Autodefensas. Entre 2013 y 2014 las redes sociales sirvieron para mandarle las intimidaciones. Pese a ello, Claudia nunca se silenció. Su carácter directo y franco la lleva a llamar las cosas por su nombre. En 2014, en situación de migrante forzada en Argentina, debido a las amenazas a su vida, puso en su lugar a Enrique Peñalosa, actual Alcalde de Bogotá y en aquel año candidato presidencial, quien afirmó que trabajó “dos años como obrero raso en una construcción, tan raso que era el único no negro de la obra”.

La respuesta inmediata al racismo de Peñalosa le llegó desde Argentina: 

“Desde chiquita era la ‘Memín Pinguin’ del colegio, ya que nací en una zona mayormente mestiza; otros me llamaban ‘Kunta Kinte’ y no me tocaban ‘porque se untaban de negro’; tuve que ganarme el cariño de los niños y mostrar al doble mi capacidad para obtener el respeto de los profesores, que no me llamaban por mi nombre, sino ‘a ver la negrita, trajo la tarea’. La negrita siempre hizo la tarea, siempre tuvo buenas notas y fue segundo mejor ICFES del colegio, pero esta negrita salió rebelde y se enfrentó al reclutamiento de jóvenes para los paramilitares, convirtiéndose en activista de derechos humanos, perseguida y ahora exiliada.

En Argentina he obtenido logros que nunca obtuve en mí país, fui la primera mujer negra que habló en el principal congreso de abogadas activistas sobre el tema de Trata de personas y he sido premiada por el Senado dos veces, con reconocimientos a mi labor.

Enrique, quiero que se dé usted mismo la oportunidad de conocer un poco sobre nuestra construcción afro, cultural, plural, política, social y sexual, y asuma suyo el planteamiento de cambiar todos esos paradigmas”.

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Claudia Quintero fue una de las primeras víctimas del Bloque Catatumbo de las AUC, que se presentó a declarar ante la Ley Justicia y Paz de 2005, promovida por Álvaro Uribe para la desmovilización de los paramilitares, “que si bien fue un fracaso, también aportaron muchas enseñanzas al país”, dice ella convencida de que todo en la vida es un caminar.

Se exilió en la Argentina bajo el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, cuando se persiguió a cientos de defensores y defensoras de derechos humanos. Una vez que empezaron las negociaciones de paz entre Santos y las FARC, regresó a Colombia, se prometió aportar a la paz desde su experiencia de vida, para que el tema de Trata se incluya en el Acuerdo de Paz. Y se trasladó a La Habana para lograrlo.

Claudia encuentra a Ana Frank

Su vida está marcada por momentos difíciles, pero uno que la conmueve tiene que ver con el nacimiento, en marzo de 2009, de la Corporación Anne Frank, la entidad que ella lidera desde entonces. Recuerda que empezó a reunirse con otras mujeres para hablar de organizarse, mientras compartían fideos y arroz que les regalaban en Abastos, la plaza de mercado más grande de Bogotá.

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Foto perfil   5 de mayo.

Yo viví en alojamientos de mujeres en situación de prostitución y de consumo, con personas a las que en Colombia se les llama ñeritos’ (habitantes de calle en situación de consumo de drogas); es un término despectivo pero lo digo de forma natural porque así es; yo tuve que vivir con personas sin hogar, porque fui una mujer desplazada y sin hogar”.

En ese grupo no sólo hablaban entre sí, sino que veían y experimentaban la explotación laboral, que llegó por la urgencia de comer, trabajar y vivir. “Así aparece la prostitución de las mujeres y la explotación sexual de las niñas en las calles. Cuando eres mujer, desplazada, negra, pobre y joven, lo único que te ofrece el sistema es la venta de tu cuerpo. Y eso te amarra a otras violencias”.

Empezaron a sentir el rigor y el horror de aquel sistema cruel gobernado por hombres. Un mundo en el que las mujeres en situación de prostitución no pueden denunciar las violaciones, porque la justicia les dice: “Usted misma se lo buscó”. Claudia conoció las mil caras de la Trata de personas y así se involucró en lo que ella llama la causa, para luchar contra la Trata y la abolición de la prostitución.

No puedo decir a qué hora empecé a hablar de Trata y de prostitución. El conflicto armado hizo que las mujeres seamos víctimas no sólo de ese conflicto sino de otras violencias. Por eso insistimos tanto en la prevención y la atención”.

El día que inscribieron la Corporación Anne Frank como una organización de sobrevivientes, mientras su rostro se contrae para evitar llorar, me dice: “Me acuerdo que tenía los zapatos rotos, tuvimos que hacer muchas actividades para pagar los gastos de creación y eso es algo que nunca olvidamos: de dónde nacimos”.

Estas mujeres que sufrieron el conflicto y el desplazamiento vienen de la supervivencia y la resiliencia. Se propusieron reconstruir los tejidos rotos, en miles de mujeres, por el conflicto armado y la violencia de género. Empezaron siete, luego 20 y ahora son cerca de 80, incluso hombres. No funcionan jerárquicamente; trabajan de forma horizontal y en redes, en todas las regiones de Colombia.

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El caricaturista ‘Matador, del periódico El Tiempo, reconoció el trabajo de la Corporación Anne Frank.

Tras la desmovilización paramilitar en 2006 y su posterior conversión en BACRIM (Bandas Criminales), así como hoy tras el posconflicto, la Corporación Anne Frank ha develado que “actualmente la desaparición por el delito de Trata de Personas ocupa el tercer lugar en el país.

Claudia explica la Trata

La Trata y tráfico de personas se entiende como un delito criminal, pero no como una violencia de género. Está naturalizada en el mundo machista, diariamente constituido por consumidores de Trata, en especial de mujeres, para la prostitución o la esclavitud sexual.

A la Trata se la sigue calificando erradamente como ‘Trata de blancas’, pero hoy se capta, se traslada y retiene a mujeres de todos los grupos humanos, edades y clases sociales.  “La policía dice investigar redes criminales, pero resulta que la Trata de personas la están sufriendo mujeres, niñas, niños, adolescentes, jóvenes y algunos hombres, para  la esclavitud laboral, la servidumbre sexual, la labor doméstica en casas y fincas, o las niñas explotadas en situación de calle y pueblos mineros y agricultores”. Por eso en sus charlas, ella insiste en que se debe entenderla como una grave violación a los derechos humanos y como una de las peores violencias basadas en el género, “para que le paren bolas, para darle voz y rostro”.

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Según Medicina Legal en Colombia la tercera causa de desaparición forzada es la Trata de personas. Frente a esta realidad Claudia se pregunta con insistencia: “¿Cómo buscamos a una mujer que está desaparecida a causa de la Trata; qué matriz usamos para determinar qué es Trata; cuándo tenemos una niña desaparecida; cómo sabemos si hay prostitución o Trata?

La sociedad, las redes sociales, algunos medios de comunicación y las propias familias culpan a la víctima. “Por ejemplo, cuando dicen: “¿por qué te fuiste con tal hombre o tal mujer?, ¿por qué te dejaste convencer de trabajar o irte a otra ciudad o país?, ¿por qué no sospechaste nada?, ¿cómo pudiste creerle?”; o cuando lanzan expresiones como: “se fue por su propia cuenta”, “ya es mayor de edad y sabe lo que hace”, “ya volverá como si nada”, “eso le pasa por confiada y rumbera”, “si fuera una mujer de su casa, no le ocurriría nada”…

Recriminaciones o señalamientos hacen de la Trata un delito vergonzante y culposo que inmoviliza y silencia a las víctimas y sus familias. Esas son algunas de las razones por las que, si las víctimas reaparecen, no pelean, no exigen derechos, no se muestran pues quieren ocultarse, porque además tienen temor de ser ubicadas por sus explotadores.

¿Cómo luchar contra la Trata?

La tarea entonces es sensibilizar a la sociedad, para que vea más allá y sospeche cuando desaparece una mujer, una adolescente o una niña: ¿Quién o quiénes, o qué está detrás de esta desaparición? Eso ayudará en su búsqueda y ubicación; pero también es importante que la sociedad conozca este delito criminal, para que se movilice: “Una sociedad indiferente, dormida y callada, tapa y cubre con un manto a los criminales; pero cuando el criminal se siente desnudo o visible, posiblemente evitamos que una víctima sea sacada del país y desaparezca para siempre”.

Claudia, desde su experiencia, advierte: “Luego de una fuerte movilización social, a través de los medios, en las redes sociales, con información sustentada y frontal, hemos visto que en las calles u otras ciudades, incluso en otros países, muchas niñas o mujeres son abandonadas, en el momento en que las transportan de un lugar  a otro”.

Y añade: “Pero en numerosas ocasiones no las encontramos, o las hallamos muertas, así que el mensaje en la sociedad debe quedar claro. Hay que pensar que, a lo mejor, se cegó esa vida debido a la inoperancia estatal o porque simplemente los criminales son criminales todo el tiempo. Me parece necesario aclarar que si hay movilización social y la víctima aparece muerta, no es culpa de la movilización: la culpa es del criminal que la asesinó o de la falta de acción de las instituciones encargadas, que no le dieron importancia al caso y perdieron tiempo valioso para su rescate, o porque las redes criminales tienen algún tipo de nexo con integrantes de las instituciones del Estado”.

La Trata y el tráfico de personas requieren esfuerzos y trabajo en red, a nivel nacional e internacional, porque lo que está en juego son vidas humanas. Las autoridades deben hacer su trabajo, buscarlas hasta encontrarlas y las familias exigir su derecho sin cansancio. “Que quienes están en el poder se molesten, que se incomoden pero que salgan a buscar a las víctimas. En el caso de Trata, las primeras horas son cruciales, porque se puede detectar a las víctimas antes de salir de las fronteras, antes de ingresar a los sitios de Trata, antes de la movilización forzada e invisible de las víctimas. Es muy importante que la gente haga bulla para que el Estado actúe y los criminales sean visbilizados y se sientan desnudos”.

En Colombia trabaja en procesos de incidencia entre sociedad y Estado a través de un comité interinstitucional; no descuida la incidencia política, porque hay que mostrarle al Estado que existe una sociedad civil fuerte, interesada en un tema que afecta al país y al mundo. Trabaja con el Estado y la Policía local a través de la Patrulla de Género y les capacita con charlas. “Toca trabajar como las hormiguitas”, para que se vaya creando una cultura de no aceptación a la Trata y de señalamiento a los integrantes de la Fuerza Pública o Instituciones que conviven y se lucran de este crimen.

En Colombia se identificaron algunos casos en que la Interpol y la Oficina de Trata de Personas, fueron infiltradas por el Clan del Golfo. También existen integrantes de Migración presos por tráfico de personas. Claudia insiste en que las instituciones per-se no son criminales, sino que existen funcionarios corruptos a los cuales hay que señalar con nombre propio.

Cuando en algunas oficinas se mueven misteriosamente raras las cosas, nos cuidamos muchísimo y buscamos apoyo internacional. Documentamos los casos y trabajamos en red y alianzas. Es un trabajo que tiene riesgos, como todo los trabajos”.

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Foto tomada de: Radio Macondo

De víctima a sobreviviente

Las mujeres víctimas de trata sufren múltiples violencias: intrafamiliar, de género, acoso sexual, laboral o explotación, entre otras. Muchas fueron vulneradas en el marco del conflicto, otras en los desplazamientos, y otras más en los hogares afectados por la guerra.

La sociedad tiene la idea de que las violencias pasaron en las zonas donde estaba más visible el conflicto, y que una vez que las mujeres se desplazan a las ciudades las cosas cambian. “No es así, te empiezan a pasar otras cosas que se van a nuestros cuerpos. Tenemos mujeres víctimas del conflicto enfermas de cáncer, obesidad, depresión y trastornos de estrés postraumático, que impiden que desarrollen su proyecto de vida”.

En el caso particular de Claudia se planteó un plan terapéutico para encarar las marcas de la guerra, las amenazas, el desplazamiento forzado, el refugio, la violencia de género y el racismo que se le incrustaron, no sólo en el cuerpo, sino en el alma y la memoria. Llegó a pesar 147 kilos pero más que el sobrepeso, era una mujer que se sentía deprimida, con una infinita tristeza; no se quería levantar de la cama ni bañarse; se quería morir. Intentó suicidarse dos veces, maltrató a sus hijos, a su pareja y a las personas que estaban a su alrededor. Dañaba a quienes más quería.

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Fotos: Cortesia Corporación Anne Frank.

No estaba loca pero estaba muy mal. Un día se puso un zapato de uno y otro de otro. Cuando se subió al bus se dio cuenta y se dijo: ‘Esto tiene que cambiar’. Decidió enfrentar su condición de víctima y tocar el fondo de esa naturaleza atormentada por tanto dolor. Fue un proceso muy duro pero se propuso cumplir metas para llegar a ser quien es, para encontrar su propio yo y, por fin, resurgir como sobreviviente y ser la referente más importante en Colombia de la lucha contra la Trata.

Ahora peso 70 kilos pero no fue que me metieron en una cápsula y salí así. No, fueron pequeños logros: cada kilito menos, cada lucha, cada conferencia, cada informe que hacía para la Federación Internacional de Prensa de los Pueblos, FIPU, cada proyecto ejecutado, cada que ganaba un semestre en la Universidad y mi grado como Productora Multimedia; todo fue un compendio que conformó el proyecto de vida que llevo hoy”.

Todo concluyó hace un año con una cirugía, en la que le extirparon un tumor de ocho centímetros y en el que “se había condensado todo mi dolor”. Mientras me relata estos hechos hace una pausa, como si de nuevo revisara la travesía del sufrimiento. Pronto retorna eufórica a la conversación y casi gritando expresa: “¡Ya soy libre!, tan  libre que no me preocupa si tengo que volver a la terapia. Lo haré con la misma disciplina con la que asumo mi trabajo”.

Al ser una mujer despojada y desplazada perdió la noción de tierra, de pertenencia a lugar alguno. Un día llegó a Popayán, la capital del departamento del Cauca, al sur del país, y se sintió parte de ese territorio. Allí está su cable a tierra, una tríada en la que están, incrustados a su corazón, sus dos hijos y su causa. Viaja por todo el país y fuera de él. La Corporación opera desde Bogotá, pero ella se agarró de las claves del destierro para seguir viviendo, porque eligió un nuevo sitio para vivir y un destino propio.

Enlaces de interés

El 84% de las víctimas por Trata de personas son mujeres

UNODC La trata de personas: compraventa de seres humanos

  • Comunicadora Social y periodista. Directora Mujeres Contando.