Mientras se prepara para iniciar una maestría en Gerencia deportiva, Carla Heredia juega con un joven no vidente, visita proyectos sociales y organiza partidas de ajedrez en espacios públicos. La encontramos en el centro de Quito, en el parque del Cumandá, en una simultánea con activistas y gente de la comunidad. De tablero en tablero iba observando las casillas, la posición de las piezas, haciendo sus movidas y respondiendo preguntas sobre tolerancia, respeto, autoestima, patriarcado y machismo. Está haciendo lo que más le gusta en la vida: jugar ajedrez y, de paso, pedagogía sobre la violencia de género. Mujeres Contando habló con ella sobre su pasión, su compromiso con las causas feministas y de la iniciativa ‘Jaque a la violencia’, promovida por ‘La Marcha de las Putas’.

Por Nelly Valbuena

Junto a los reporteros de Mujeres Contando Carolina Herrera y Paúl Pillajo, nos encontramos el 17 de julio con Carla Heredia en el parque La Carolina, al norte de Quito. Hasta esa fecha la cifra de femicidios en Ecuador era de 80 víctimas. En menos de un mes el registro aumentó a 103, actualmente el dato es mayor si nos atenemos a la proyección de que “cada 50 horas una mujer es asesinada en el país” por el hecho de ser mujer. El caso más reciente ocurrió el viernes 18 de agosto en el cantón Rumiñahui en Pichincha, donde una mujer de 31 años fue encontrada en el baño con un cuchillo en su garganta. Su ex-conviviente fue detenido como responsable de este femicidio que, además, deja como saldo tres huérfanos más.

Entre el 17 de julio y los primeros días de agosto, 23 mujeres murieron en manos de sus parejas o ex-parejas. Una cifra que debería alarmar pero que aún no tiene desde el Estado y la sociedad ecuatoriana una política estatal clara, integral y enérgica para atacar ‘la cultura femicida’, transformar las prácticas machistas que abonan la violencia estructural y detener la muerte indiscriminada de mujeres en el Ecuador. No son simples datos fríos, “son vidas y sueños que se cortaron”, dice Carla.

 

Carla Heredia Serrano dejó de ser una estudiante sencilla y encontró en el ajedrez un lugar no sólo divertido sino donde podía ser la protagonista de su propia historia. A pesar de haber crecido con los estereotipos tradicionales, logró trascenderlos. En la adolescencia fue señalada como ‘rara’ pues no se veía como las demás niñas. Intentó pasar desapercibida tras una gorra, los trofeos y el pelo largo. Siempre cuestionó a sus papás por tener que usar falda y cuando llegó a los 15 años y la ‘fiesta rosada’ se acostumbraba organizar como regalo, ella pidió que se le permita salir del colegio para estudiar a distancia y dedicarle el mayor tiempo posible a su primer amor, el ajedrez. Una decisión que sus padres no compartieron del todo, pero “entre ternura y confusión” le dieron su apoyo total; así lo recordó en el TDExQuito, en junio pasado.

Ante ese auditorio y con imágenes de algunos momentos de su vida contó que se propuso ser una de las mejores jugadoras de ajedrez, para lo cual entrenó cuatro horas diarias y desarrolló un proceso autodidacta muy original. Cuando desde la sala de su casa vio por internet el mundial de Rusia 2008 le llegó una poderosa inspiración. ‘Se vio’ como una de las 64 jugadoras más destacadas del mundo y se dijo a sí misma “yo quiero estar ahí”. Entonces fue que empezó por escribir sus deseos en presente.

Una partida solitaria

Fue la primera ecuatoriana en clasificar a un mundial de ajedrez. Muy pronto descubrió que la disciplina y reflexión ante al tablero son similares a la actitud frente a la vida, una lección que se fortaleció en un recogimiento en la India, en uno de los campos de refugiados del Tíbet donde vive el Dalái Lama. Fueron 14 días en un retiro budista y la primera vez que sus padres no supieron de ella durante ese tiempo. En el silencio y la soledad aprendió las mejores lecciones de la vida, entre ellas la compasión y “la reflexión sobre el éxito y el ego como una construcción social”.

Carla Heredia Simultánea Cumandá 1

De allí salió otra Carla. Una Carla que siempre reflexiona antes de actuar y que conserva la esencia de la Carla cuestionadora, que se indigna frente al poder machista y la violencia de género. Una mujer que sabe claramente que logró un gran desafío: ser una de las mejores jugadoras del mundo en un deporte hegemonizado por hombres.

Empezó a jugar ajedrez a los nueve años cuando sus padres la pusieron en una actividad extracurricular que incluía gimnasia y ajedrez. Poco a poco el ajedrez le fue ganando la partida a la gimnasia. Era un mundo donde podía jugar con niños y niñas. El género no fue impedimento para entrenar en grupos diferenciados. Luego vino el campeonato de novatos, empezó a viajar, muchas veces sola, y comenzó a representar al Ecuador en los Panamericanos.

Hoy, a sus 26 años, es Gran Maestra Internacional de Ajedrez, el máximo título vitalicio que se otorga a quienes han alcanzado un nivel de excelencia en este deporte. El título más importante en el mundo del ajedrez. Comparte este título con su compatriota Martha Fierro, Gran Maestra en 1998. Mientras baja la mirada y la sencillez se le cuela, entre una palabra y otra, nos dice en tercera persona: “en Sudamérica son más o menos ocho Maestras”.

Siempre le gustó el deporte físico y práctica el fútbol y el tenis. “Me gustó más allá de los trofeos, por el efecto que tiene en mente y cuerpo; pero también como una oportunidad para empoderarme, no sólo en la parte física y mental, sino también para hacer un impacto social”.

Admite que el ajedrez ha sido cultivado como un juego ‘para niños y hombres’ y que la minoría son las niñas y las mujeres. “Si vas a un torneo vez que la presencia fémina oscila entre el 10 y 15%”. Se siente cómoda jugando entre mujeres, pero también en torneos abiertos. “El ajedrez es de los pocos deportes en que no te limita el género y que tiene competencias abiertas”.

Todavía le resuenan las palabras que muchas compañeras ajedrecistas, cuando quieren molestar a otro colega, le dicen: “no juegues como niña”. Es el machismo que pregona que “las niñas jugamos peor”. Antes no le incomodaba, pero con los años se fue dando cuenta que el lenguaje también crea realidades y entonces surgieron sus cuestionamientos. “Lo importante es que nos incomode para hacer un mejor uso del lenguaje”.

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Pero no sólo en el lenguaje se evidencia la violencia de género en este deporte; también en las salidas fuera de la ciudad o del país, experiencias que Carla acumuló para ser hoy la que es. “Es difícil para las mujeres viajar en grupo cuando es predominante en hombres y cualquier papá, o mis papás, decían -‘bueno, quizás no te mando, porque tienes que compartir cuarto, o porque todo el mundo es hombre’-. Esto es una limitante a la hora de viajar o competir para nosotras. No siempre pueden ir mujeres. Pero, aparte de eso, el viajar me ha permitido empoderarme, conocer otros países, culturas, personas y ver al ajedrez más allá de las 64 casillas”.

Estudió psicología y se prepara para empezar una maestría en psicología deportiva. Una disciplina que, está segura, le ayudará a comprender la forma cómo el cerebro puede ayudar a potenciar a deportistas y seres humanos. Ante la pregunta de por qué optó por las ciencias sociales y no por las exactas, la matemática por ejemplo, que está más cerca del ajedrez, responde con una leve sonrisa: “Me quedo con las ciencias inexactas, es decir las ciencias sociales, porque quiero saber cómo funcionamos para crear un mundo mejor. Las matemáticas, las ingenierías, no me llamaron tanto la atención. Creo que es muy valioso también que las mujeres se desempeñen en estas disciplinas, porque también ahí son la minoría”.

Comienza a ser más consciente de la violencia de género en la universidad, cuando toma una clase sobre la historia del voto femenino en Estados Unidos y la ola del feminismo. “Eso me empieza a despertar. Yo no sé qué es ser feminista hasta los 21 o 22 años. Mucha gente pasa por la vida teniendo una idea errónea del feminismo, más apuntándolo al ‘hembrismo’ que sería comparable al machismo y no como la lucha por la igualdad y las oportunidades. Ahí se me mete el bichito. Y me digo: -he estado ciega en esta parte”. La clase, entonces, le sirvió para dialogar y cuestionarse sobre esas prácticas machistas del lenguaje y de la vida cotidiana que había vivido antes y que serán el comienzo de su compromiso feminista.

Una estrategia emocionante

Esta joven quiteña ve el ajedrez más allá de la competencia y la lucha para vencer a su oponente. Tras estudiar una y otra vez el movimiento de caballos, torres, alfiles, peones y de la reina para proteger al rey, fue descubriendo las múltiples posibilidades que el llamado deporte-ciencia tiene y que se pueden aplicar a la vida; pero, sobre todo, entendió que en esta sociedad machista, el rey es el patriarca, el poder de los hombres sobre las mujeres, que no hay que protegerlo, que se le debe desnudar y darle un jaque.

La opinión pública ecuatoriana supo que Carla Heredia era más que una ajedrecista, que era una mujer que se indigna por la violencia contra las mujeres cuando escribió, en marzo de 2016, una carta por María José Coni y Marina Menegazzo, las dos jóvenes argentinas víctimas de femicidio en Montañita y en respuesta a la entonces funcionaria pública del gobierno, Cristina Rivadeneira, otrora Subsecretaria de Mercados del Ministerio de Turismo, quien intentó señalar a las víctimas como responsables de la violencia recibida “por viajar solas”. Ahí, escribió desde la tristeza, desde su condición de mujer joven y con la identidad de un alma viajera que busca hacer realidad sus sueños.

Decido escribir porque soy primero mujer, luego porque he viajado muchísimo, y finalmente por decisión. A veces no había presupuesto para entrenador y tuve que irme casi de mochilera para cumplir mis sueños. He tenido que compartir cuarto con chicos y con chicas y eso no me hace ni peor ni mejor persona, ni le da derecho a nadie de que suceda algo”.

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Una partida doble

En septiembre de 2016 levantó su voz junto a otras jugadoras, entre ellas la rusa nacionalizada estadounidense Nazí Paikidze-Barnes para reclamar el derecho a la elección de usar o no el hijab (velo), pues a las mujeres que iban al mundial de ajedrez en Teherán, en febrero de 2017, se les quería obligar a usarlo. “Algunas ajedrecistas y yo estábamos indignadas y decíamos, cómo se le puede dar una sede a Irán cuando explícitamente ha manifestado que va a obligar a las jugadoras a usar el hiyab. Por si acaso, y que quede claro, no estoy en contra de las mujeres que usan el velo, me parece que si quieren usarlo, que lo usen, y es lo mismo en Europa cuando se les quiere quitar, también me parece incorrecto” .

Cuando se habla de deportes o una competencia, la carta olímpica o la sede de un torneo, tiene que garantizar que, por lo menos, entre esas cuatro paredes haya libertad. No hay país perfecto para hacer torneos, pero sí se debe garantizar que cada jugador que esté ahí por la competencia deportiva, no sea discriminado o que haya una imposición que tenga connotación religiosa o de otra índole”.

Carla se hallaba en Estados Unidos luchando con otras deportistas por el respeto a que las mujeres pudieran decidir por sí mismas y, en su caso, no llevar el hijab, cuando a comienzos de octubre volvió la mirada al Ecuador y se dio cuenta que, desde el lenguaje del Poder, se estaba discriminando a las mujeres.  Por esos días el entonces presidente Rafael Correa, le decía a Cynthia Viteri, candidata presidencial socialcristiana, que se dedicara a  “hablar de maquillaje” y no de economía. Entonces decidió escribirle y rechazar el trato machista que encerraban esas palabras. Le pedimos recordar ese episodio y dice:

Está claro que yo soy una de las beneficiarias del alto rendimiento en el deporte y siempre voy a estar agradecida de todos los ecuatorianos, son sus impuestos los que van al deporte. No hubiera podido conseguir el título de Gran Maestra si no hubiera sido por el apoyo del Ecuador, pero eso no quita que como deportista tenga el derecho a una opinión y como ser humano pueda levantar la voz por esa y otras causas. Mi carta fue en ese sentido. Soy alguien que está muy contenta por lo que ha logrado, pero esa misma voz que tengo, se que puedo usarla y levantarla en estos casos, así sea ante el presidente de la República”.

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La voz de Carla Heredia, la deportista destacada y modelo para niñas y niños de su país, la joven consciente de que no es posible dejar pasar ni silenciar ningún atropello contra las mujeres, volvió a cuestionar la naturalización del lenguaje machista en octubre de 2016 para decirle a Rafael Correa que eso que estaba haciendo era machismo puro. Por supuesto, él no le contestó directamente, como no lo hace ante personalidades de la sociedad civil que tienen un peso moral en la sociedad, sino a través de su twitter en donde infirió que las mujeres deben dejar de usar el género para victimizarse y en el que citó una comunicación de Jessenia Rojas, otra jugadora de ajedrez, militante del partido de gobierno Alianza País y hoy Gobernadora de la provincia de Sucumbíos, quien salió en defensa del Presidente en esa carta dirigida a Carla, sin referirse en ningún momento a la cultura machista que las palabras de Rafael Correa apuntalaban, pero sí echó mano de una suerte de reproches insanos y descalificaciones al papel y logros de Carla Heredia, una de las ajedrecistas más destacadas de Ecuador en el mundo.

Cuando le pregunamos a Carla por su carta, que tanto incomodó al omnímodo Poder que enseguida maniobró su acostumbrada estrategia de descrédito a través de los conocidos trolls, aclara que su misiva no tenía ningún tinte político, que solo buscaba llevar a reflexionar sobre una práctica machista al descalificar y denigrar en una mujer, a las mujeres en general, e insiste: “Mi carta era desde el ser mujer, ser humano y deportista, más no en representación de la izquierda o la derecha. A mí no me interesa si un comentario machista viene de la izquierda o la derecha. Hay que igual tildarlo como tal y en mis redes lo hago así”.

Jaque a la violencia

Está claro que asumir una postura de defensa de las mujeres, implica no sólo decirlo sino asumirlo en la cotidianidad, y máximo cuando se tiene una voz pública. Carla Heredia lo sabe y por eso decidió dar aquel paso y poner, ya no sólo su voz en las redes sociales, sino su piel y jugársela entera. Primero fue su presencia en la marcha del 8 de Marzo, después siguió su apoyo desde Estados Unidos a la movilización #NiUnaMenos en noviembre de 2016. “A pesar de casi vivir fuera, he estado conectada con las luchas sociales y lo que pasa en el país”.

En marzo de este año llegó a la ‘Marcha de las Putas’ con un tablero que decía Jaque a la violencia. Ana Almeida, arquitecta y activista, recuerda que su Colectivo tenía una relación con Carla a través de las redes sociales y habían visto su sensibilidad frente a la violencia de género. Cuando se presentó en la Marcha, le entregaron una camiseta y la invitaron a subirse al escenario. Este fue el comienzo de un compromiso que las llevó a pensar en una simultánea, pero como un proceso de enseñanza-aprendizaje que involucró tres talleres previos.

En los meses de junio y julio se realizaron tres sesiones, de tres horas cada una, en donde ella enseñó a jugar ajedrez a la gente y a 15 activistas sociales: mujeres, hombres, trans femeninas, trans masculinos, e intersex. Ana explica: “Se trataba de integrar deporte y activismo para darle un jaque a la violencia como sociedad. La metodología la creamos junto con Carla, se trataba de dialogar de una forma distinta en medio del deporte”.

A la iniciativa se sumaron alrededor de 40 personas por cada taller, desde los 12 años hasta los 69. Las ocupaciones también fueron diversas: obreros, carpinteros, amas de casa, guardias, empleadas domésticas, empleados públicos y privados, profesionales y artistas.

Elizabeth Vásquez, abogada y coorganizadora del Jaque a la violencia considera que se trató de un proceso muy original, creativo y diverso en el que se abordaron temas como: VIH, trabajo sexual, aborto, aspectos familiares, violencia y femicidio, desde el feminismo y las relaciones entre el ajedrez y la vida, el ajedrez y las luchas sociales. “Con Carla se desarrolló una pedagogía sexo-genérica y otra forma de educar a la sociedad”.

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Jaque a la violencia fue un espacio para que la ciudadanía de Quito, que hace deporte en el parque Cumandá, se acercara a la violencia de género desde la admiración por una de las figuras deportivas más jóvenes y comprometidas del país. También permitió comprender que es posible construir una sociedad distinta, que cada persona tiene un papel que jugar en ese cambio, como cada pieza del ajedrez tiene un rol determinado para triunfar. La experiencia concluyó y dejó en Carla aprendizajes y la esperanza de que el cambio empieza en cada persona. “Creo que debemos ser el cambio que queremos”.

Como sociedad tenemos mucho por avanzar; si bien hay gente que hace muchas cosas, todavía podemos hacer más”, afirma Carla, mientras le invade un destello de nostalgia. Su maleta de sueños está lista para emprender de nuevo un viaje a los Estados Unidos, pero insiste “aunque yo no esté acá, me gustaría seguir apoyando este tipo de causas para darle ‘jaque’  y, por qué no, jaque mate a la violencia de género”.