Carmen Saturnina Pimentel es su nombre de pila. Ella vivió una historia que ninguna mujer desearía pasar. Estuvo casada por 18 años, sufrió violencia física, psicológica y emocional. En el año 2014 se separó y se fue a vivir a Nueva York. Aquí está empezando una nueva vida. Quiere dar talleres de violencia de género y además piensa escribir un libro con su experiencia.

 Por Tamara Méndez *

Ambos vivían en Santo Domingo, la capital de República Dominicana. Cuando salía de su casa al trabajo, él le lanzaba piropos. Ella veía a su vecino como una persona sincera, amable, además de que era un buen hijo. Por casualidades de la vida se hicieron novios, estaba feliz y enamorada de un hombre cariñoso. Con aire sombrío, hoy intenta explicar:

La historia de muchas mujeres se escribe así: se ven felices para toda la vida. Creen que él las defenderá y que las protegerá de todo lo que pase. Cuando una persona se casa eso es lo quiere, que todo sea dicha y felicidad; pero lamentablemente en ciertos casos la realidad es otra.

Pasaron unos meses de noviazgo y él parecía estar ansioso, frecuentemente le preguntaba o le afirmaba: “¿Dónde estás?, ¿con quién andabas?, ¡me tenías preocupado!”.

Carmen le explicaba que salió tarde del trabajo, o que estaba cuidando a sus dos hijos, que los tuvo de otro matrimonio. A él no le importaba, llegó a darle puñetazos o las famosas “galletas”, como se les dice a las bofetadas en República Dominicana y El Caribe. Pero pensó que los celos y las reacciones violentas eran normales, que era una manera de demostrarle su interés por ella. Se casaron y vivieron 18 años juntos.

InterroganteDurante los primeros tres años vivían en una nube, los problemas y discusiones eran mínimos. Cuando quedó embarazada después de cuatro años de matrimonio, él empezó a llegar tarde a la casa y con olor a alcohol. Con el mayor de los descaros, le decía que estaba con otras mujeres.

Entre la violencia física y la psicológica guardó silencio, porque ni su familia, ni los amigos, ni la iglesia cristiana a la que ella pertenecía, la ayudaron. Carmen quería escapar de este ‘ciclo vicioso’ pero no podía, algo la detenía. Dice hoy:

“El miedo te atrapa, el miedo no te deja pensar, el miedo te dice si tú lo dejas, es peor”.

Pensaba en la relación que sus padres tuvieron. Su papá, un hombre cariñoso que cuando tenía problemas con su pareja los solucionaba rápido y directamente con su madre. Carmen guardaba la esperanza de que su esposo iba a cambiar algún día; que iban a ser iguales a sus padres.

Un estudio de la UNICEF, publicado en 2017 dice que la mujer, como todo ser humano, tiene derecho a vivir, desarrollarse y disfrutar de una vida plena, sana y libre de violencia, pero esto no era, precisamente, lo que le estaba sucediendo a ella.

Un día decidió salir de su casa con sus hijos y buscó un lugar tranquilo lejos de la violencia. Vivió diez meses alejada de él. Pero pronto empezaron a llegar los regalos. Al principio no los aceptaba porque iba a caer en lo mismo y eso no quería. En varias ocasiones él asistió a su misma iglesia, lo que la hizo pensar que al fin había cambiado y decidió perdonarlo.

El círculo no se cierra, se agrava…

Carmen atravesó las etapas cíclicas de la violencia de género e intrafamiliar. Su matrimonio fue ‘normal’ en el sentido de que tuvo períodos de felicidad y de falsa estabilidad, seguidos por períodos de crisis cuando su esposo la abusaba verbal, psicológica y físicamente.

Tras las etapas conflictivas él se mostraba arrepentido, pedía ayuda y perdón, para luego empezar el círculo de violencia nuevamente.

En su memoria está fijado el año 1997, cuando tuvieron una de las peores discusiones y el hombre iracundo la encerró con sus hijos dentro de la casa, abrió el tanque de gas y la amenazó diciéndole que iba a prender fósforos para que se quemaran vivos.

Corazón partido

La sospecha de que algún día esto podía ocurrir había llevado a Carmen a entregarle un juego de llaves a su vecina, quien la ayudó a salir con sus hijos.

Pero, mientras recuerda con hondo dolor su pasado y se le traba el pecho, cuenta que un nuevo hecho marcó una línea divisoria y le hizo tomar la decisión definitiva de separarse: el abuso y violación a su hija.

– La niña tenía 14 años y ya su silueta tenía forma de mujer…

Un día, el que se había convertido en su padrastro, en la madrugada entró furtivamente al dormitorio de la niña-adolescente y abusó de ella. La violó mientras Carmen dormía.

El abuso sexual ocurrió durante tres años, hasta que un día su hija, ya joven, le pidió que la dejara ir a vivir con su padre biológico, quien residía en Puerto Rico. Tras poner una gran distancia física con su agresor sexual, la muchacha buscó ayuda profesional para poder recuperarse psicológicamente del trauma vivido.

Según la Encuesta Demográfica y de Salud, ENDESA, de 2013, una de cada 10 mujeres dominicanas ha sido víctima de violencia sexual. Dicho estudio también indica que los  responsables del 61% de las agresiones sexuales fueron cometidas por ex-parejas.

La Encuesta trae un indicador muy interesante que no se toma en cuenta, o no se visibiliza, en estudios parecidos publicados en el resto de Latinoamérica, Colombia o el Ecuador: el componente religioso. Es decir, la incidencia de la violencia física varía si la mujer es -o no- religiosa, e incluso la incidencia es desigual dependiendo de la religión que profese o iglesia a la que pertenezca.

Ésta, precisamente, es hoy en día una de las preocupaciones fundamentales de Carmen, pues ella considera que en muchos de los casos de violencia, de la que son víctimas las mujeres latinas, son alentadas por sus iglesias a resignarse y continuar con sus parejas pase lo que pase, a conformarse para no destruir el hogar, haciéndolas desistir de separarse, agravando aún más el ciclo de violencia impune que, lejos de cerrarse, se perpetúa.

Nueva VidaEn República Dominicana la violencia física y sexual contra las mujeres es muy alta y la viven desde tempranas edades. Sonia Vásquez representante auxiliar del Fondo de Población de las Naciones Unidas, UNFPA, en República Dominicana, expresó en 2015 su preocupación al indicar que el 10% de las adolescentes entre 15 y 19 años de edad, informó haber tenido relaciones sexuales el año anterior con un hombre que tenía por lo menos 10 años más que ellas (ENDESA, 2013).

La hija de Carmen hasta ahora se levanta en las madrugadas y, de manera repentina, se le quita el sueño. Esto ocurre pese a que han transcurrido 17 años del abuso sexual que vivió por parte del padrastro.

Rompiendo el círculo

Decidida a separarse, Carmen sacó fuerzas de donde no tenía y lo denunció con las autoridades, para que lo sacaran de su casa. La jueza se dio cuenta del peligro que corría y ordenó la detención del hombre. Fue la oportunidad perfecta para irse. Y se fue lejos. A los Estados Unidos, en compañía de su hijo. Gracias al apoyo afectivo y emocional de su hija, Carmen empezó una nueva vida en Nueva York.

Lleva más de dos años en este país, estudia, trabaja y uno de sus anhelos es el escribir un libro para el que ya tiene título: “No te quedes”, porque si ella aún se arrepiente de algo, es de haberse quedado tantos años sin salida.

Carmen también sueña con trabajar junto a los y las jóvenes para facilitarles una formación y educación que los alerte sobre los peligros de la violencia de género.

* Tamara Méndez: Integrante fundadora y actualmente corresponsal de Mujeres Contando en Nueva York.