El 8 de marzo es una fecha emblemática e histórica para las mujeres. Muchas crecimos de la mano de nuestras madres conociendo las historias de mujeres extraordinarias que lucharon para que todas tuviéramos  espacios de participación y de igualdad a los de los hombres. En este texto, enviado a Mujeres Contando, la autora relata las razones por las que decidió salir a marchar el 8 de marzo, en Quito.

Por María Augusta Rojas

Hace unos meses entablé amistad con una mujer valiosa, valiente y frentera, me ha enseñado que nada puede derrotar a quien de verdad ama a sus hijos y quiere lo mejor para ellos. En este tiempo he podido ver lo bajo que caen muchos hombres que, en una sociedad misógina e inequitativa, aparentan mucho amor, llenan sus redes sociales de fotos de los hijos, a los que nunca ven, y han tenido que presenciar el maltrato del que sus madres han sido víctimas.

En mi casa, jamás he visto a mi padre proferir un insulto contra mi madre, él siempre la llena de detalles, palabras dulces y, sobre todo, hace que todos la respetemos, un ejemplo de verdad.  Es por esto tal vez, que todas las cosas que me ha tocado presenciar últimamente me han chocado tanto, y por eso decidí, por primera vez, asistir al plantón por la lucha de la mujer el pasado 8 de marzo.

Al principio tenía miedo, lo confieso, pero cuando recibí la invitación de mi amiga Paulina Sepúlveda me animé.  Y mi entusiasmo creció al hacerle la propuesta a mi hija de 11 años y recibir una sonrisa y un rotundo: ¡Sí mami, yo te acompaño!

La ruta hacia el lugar de encuentro fue llena de risas y anécdotas, como sucede cada vez que me reúno con mi amiga, las hijas igual, se miraban y se admiraban, ambas son inteligentes y hermosas.

María Augusta, hija y amiga (2)
Fotos: proporcionadas por María Augusta Rojas.

A la mitad de camino fuimos detenidas por agentes de tránsito que daban paso a una marcha de mujeres de blanco encabezadas por la señora Janette Orbe, esposa del Coronel César Carrión, víctima del régimen y acusado de “magnicidio”.  Conocí a Janette hace algunos años, y como maestra de sus hijos, chicos que crecieron viendo cómo la máxima autoridad del país vejaba a su padre y a toda su familia con fuertes epítetos cada vez que se le antojaba, vi la angustia de estos niños, escuché sus relatos, percibí su miedo y presencié en más de una ocasión la desesperación en esos ojos.  Esta familia  siempre está en mis recuerdos y ellos fueron un motivo más para salir ese día al plantón.

Finalmente llegamos, un poco perdidas al principio, aturdidas por la murga, mareadas por el intenso olor a palo santo y marihuana, pero poco a poco nos volvimos parte de ese mar de mujeres, hombres y travestis que gritaban a una sola voz sus consignas apasionadas, por el derecho a su libertad sexual, al respeto a su vida y a sus decisiones, la falacia del voto igualitario, el matrimonio, la opresión y más.

Mientras caminábamos yo observaba a mi hija, que miraba con sus enormes ojos a su alrededor, ensimismada y sorprendida con tantos colores, tanta diversidad y tantas palabras que antes carecían de significado pero ahora, gritadas al unísono entrañaban fuerza, necesidad de ser escuchadas y  ella, todavía con su inocencia de niña se apropiaba de ellas y las repetía a voz en cuello.

La lluvia empezó a caer pero continuamos al son de los tambores con el viento golpeando nuestros rostros y el frío calándonos los huesos. Caminamos, convencidas, felices y heladas hasta que el aguacero se hizo inclemente y a la falta de paraguas debimos regresar a la carrera hasta dar con el auto.

Esta fue la primera vez que salí pero estoy segura de que no será la última, y con mi aliada chiquita, mi compañera, mi cómplice la lucha no termina.  No quiero que ella presencie lo que yo, y menos quiero que viva lo que les ha tocado a mis amigas: violencia de todo tipo, psicológica, física, patrimonial y sexual.

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