El sábado 11, “La Cantera” tuvo como tema central, a ‘la otra memoria’ -la poco conocida, la no dicha- del sacerdote y defensor de los derechos humanos ecuatoriano, quien falleció el día 7 de febrero de 2017, Monseñor Alberto Luna Tobar.

Alexis Ponce, conductor de La Cantera y defensor de DDHH durante 30 años, escribió estos pasajes. Aquí está, lo no dicho en “La Cantera”:

I

Ha dolido mucho el desenlace… No solo porque los murciélagos de la cúpula eclesiástica y el sepulcro blanqueado del Twitter, anunciaron su agonía y, días después, su muerte, como dándose ellos la vergonzosa exclusividad de una primicia tuitera… Sino porque se fue ya, y esta vez para siempre. No sé qué pensar, ni hacer… me juré hace muchos años nunca ir a verlo otra vez, en su último refugio de silencios esta vez, lejos de su Cuenca. Me juré nunca más llegar a otro lugar que no fuera su casa, donde era asistido, para los temas graves o sutiles, por Belén (Belén Andrade, alfa y omega de tantas utopías nacionales, bondadosa inteligencia defensora de Monse, todo su talento de ofrenda al mundo y a su pueblo, columnista valiente: tenía siempre el comentario agudo, la sonrisa fuerte, la voz roncamente bella, el cigarrillo en ristre).

Recuerdo que ambos reían por las locas tonterías, que parecían chanzas, chascarrillos, que yo solía entrecruzar de muchacho mientras le exponía temas tan graves, para nomás de contarle que “Acabo de llegar, Monse, con alguien; está aquí conmigo, afuerita, esperándonos con el Pepe” (mi hermano en el MIR de entonces, Pepe Astudillo, dirigente popular de aquellos años, toda una institución en la iglesia de los pobres)… Todo con un fin: que Monse, ‘de manera muy reservada’, ¡como si no lo conociera todo Cuenca!, me ayude a proteger al Testigo -Hugo España-, mientras identificábamos toditos los lugares que nos iba delatando, las impunes casas clandestinas de tortura del SIC-10 *.

[Acabó de fallecer también, ¿no son cosas del destino acaso?, en fecha muy cercana y previa, uno de los máximos jefes y artífices del SIC-10 (escuadrón paraestatal de la muerte) en los 80as, entrenado por israelitas y norteamericanos: el temible General Edgar Vaca, a cuyo comando y ejecuciones se opuso siempre, con su célebre valentía, Monse en su Cuenca ensangrentada de aquel entonces].

II

Monse: me juré no volver, ni siquiera a su ciudad amada, por el perro dolor que me mordió el alma cuando supe que el Alzheimer lo alejó a usted de la cotidianidad; yo me había ido lejos; la noticia de su enfermedad avasallante me llegó cuando ya estaba en un lugar lejano al que opté escapar por autoexilio: el poder me había roto la esperanza, cercado la amistad de tantos y la solidaridad de más. Ahí me enteré que ese poder le iba a condecorar, usted ya en otra dimensión, la del metafísico silencio donde San Juan de la Cruz le habrá acompañado. Ya no podré verlo, arrimado a la puerta de aquella casa, patio grande, de escuela o de colegio, no recuerdo, donde al fondo, aún estaba el cuartito donde fue ejecutado Ricardo Merino.

Ya no lo visitaré tan inoportunamente, tan temprano al amanecer y sin anuncio, cayéndole en plena catedral donde usted daba sus famosas y atrevidas misas de látigo y ternura, para pedirle que tenga la bondad de hablar en el primer forito de DDHH que organicé un 21 de agosto de 1992. Ya no lo veré a usted, comprometido con la paz del mundo a semejante edad, lindo usted, chiquito usted, gigante usted, esperando en un hotel de Bogotá, Belén preocupada por su salud llamando desde Cuenca a cada rato, porque usted quiso estar en la inauguración de los Diálogos de Paz en Colombia, allá en 1999, allá en el lejanísimo Caguán, donde saludamos juntos,  usted, mi padre y yo, a Jaime Hurtado, asesinado fríamente semanas más tarde…

III

Porque luego de morir Belén, me fui lejos y ya no quise verlo a usted, acabarse sin ayudante y amiga leal. Por vergüenza de irlo a ver y recibir su abrazo, sin sentir yo que mereciera su último abrazo. No podría ir, contarle cosas, quedarme viéndole los ojos vivaces y esa sonrisa bella y abierta… Y todo por dolor, por egoísta dolor de verlo así, ya sin memoria, sin su poderosa memoria vencida por el Alzheimer,  o porque iban  muchos vampiros del régimen a visitarlo en el geriátrico de cuidados médicos de la iglesia, y no quería toparme con nadie de ellos, que me viera llorar de ganita o porque sí; porque iban mucha gente novelera, para tomarse fotos o subirla en la red, o a congraciarse con un hombre bueno que jamás le negaría el saludo a nadie, incluso a los canallas, más aún con el Alzheimer que absuelve memorias, condenas y recuerdos.

IV

Ha dolido mucho, no solo porque se acaba de ir, sino porque la cúpula más conservadora que tanto hizo por cuestionar al arzobispo excepcional, ese último tramo de su vida lo cercó, aunque también lo protegió, en homenaje casi postrero dándole el cuidado a un hombre que se fue como vino, con el traje puesto y sin nada material en la retina, en memoria que a esa iglesia le honra también, del hombre que por tantos millones de seres humanos luchó, ya al final, ya impotente él, absolviendo a todos de sus pecados veniales, menos a mí, pecador condenado a no oír jamás su sonrisa de niño. Porque, luego, cercó su nombre el ‘Curuchupa’ mayor, que lo denigró llamándolo ‘santo’, calificativo que, de estar en sus cinco sentidos, Monse le hubiera restregado como exageración digna de los políticos, con su elegante ironía y su cultura portentosa.

V

Recuerdo al otro ‘Monse’ Luna, el no mencionado en el tuit presidencial ni la sabatina, en las notas de la prensa o el discurso de la cúpula eclesiástica, más centrados en volverlo inofensivo como un lugar común, vaciándolo, ya muerto, de su sino radical y su formidable ‘Yo acuso’ al poder, para proclamarlo ‘santo’, como lo hizo la iglesia con Cristo para alejar a la plebe de toda posibilidad de rebelión en su nombre.

Fue nuestro Hélder Camara, nuestro Arnulfo Romero, Quijote de sotana. El  para siempre arzobispo de Cuenca fue un quiteño que nunca dejó de indignarse contra todo poder y toda injusticia. En los 80, íntegro hasta la emoción, pequeñito de estatura, supo confrontar al infame agente de seguridad que ingresó furtivamente a su casa para cumplir la orden superior de agredirlo y atentar contra su vida, sin saber que el pulcro anciano, al que tenía la consigna de vejar, calzó guantes de muchacho y sabía pelear muy bien el box, hasta vencerlo y desalojarlo de la casa.

VI

Monse Luna, el que abofeteó un día a un uniformado que reía cínico en la formación del cuartel, cuando la joven humilde, del brazo de Monse, ingresó con él para reconocer al que la había abusado. El jefe, queriendo ironizar, creyendo imposible la tarea de identificación, hizo formar la tropa entera y mostrándole a los cientos de uniformes le dijo a Monseñor: “Ahí están mis hombres, reconozca nomás al supuesto agresor”. Uno por uno, con la chiquilla a su lado, fue Monse mirando a cada uniformado hasta que la niña quedó inmóvil mirando al que reía. El sujeto intentó escupir en el rostro a la chica agredida y Monse le enseñó a ser varón a bofetada limpia de justa indignación. Ese era el Monse que conocí  y amé.

VII

El poder, farisaico como un sepulcro blanqueado, en un momento de escandalosa corrupción que lo corroe, presentó a Monse, ya muerto, como “amigo personal”, lo elevó al lugar común de la curuchupada llamándolo “santo”, intentó manipular su nombre cuando él ya no podía defenderse, con el Alzheimer de tirano en su otrora memoria poderosa, y cuando él ya no podía exigir menos alabanzas y más ejemplo a darse con la piel, lo condecoraron guardándose de mencionar su último y frontal cuestionamiento publicado en una entrevista invisibilizada para que ‘el santo’ no aparezca de confrontador con el régimen.

VIII

Murió mi pastor, yo su casi atea oveja negra descarriada; muere el silencioso guía de mis primeros días de defensor, el que me abrazó llorando, lleno de coraje su llanto, cuando yo lloraba, lleno de orfandad mi llanto, por Luz Helena Arismendy, la mamá de los Hermanos Restrepo…

IX

Dolor por todos los costados, en cada hora que pasó sabiendo que agonizaba. Me dio vergüenza y terror todo lo que iba conectándose aquella noche del 7 de febrero desde el dolor escrito hacia mis manos que escribían: un exorcismo al revés, y Monse Luna, tan cerca de mi espaldar, dios mío…

Alexis Ponce

*  * * * * * * * *

La Cantera’ presentó en esta ocasión, al talentoso trío vocal italiano, ‘Le Mondine’, integrado por Letizia Borgaro, Bárbara Lever y Josianne Pinet, con una tradicional canción popular “Mamma mia dammi cento lire”, que Alexis la llevó al presente para reivindicar el derecho a la movilidad humana en EEUU, Europa y Ecuador. También presentó, tras relatar su elocuente biografía, a Barbra Streisand de EEUU, quien según el crítico del ‘New York Times’, Stephen Holden, es “la cantante más influyente en la música americana desde Frank Sinatra”.

Trajo por igual a Ceumar, cantante brasileña descubierta en la famosa colección de música popular del mundo “Putumayo”, con una canción icónica: “Dindinha”. “La Cantera” reivindicó la vida de Dalida, artista egipcia-ítalo-francesa, y compartió a sus oyentes “Parole, parole”, una canción famosa en los 70, cantada a dúo con el célebre actor de cine Alain Delon de Francia.

Luego sumó la bella voz de la peruana Susana Baca, con “La Camisa”, una canción escondida por la pacata alta sociedad limeña, que Chabuca Granda compuso en tierno homenaje al poeta-guerrillero Javier Heraud, muerto a los 21 años de edad.

Punto aparte fue Chavela Vargas, que en “La Cantera” no se puso a cantar sino a declamar un poema, la “III Gacela del amor desesperado”, de su último CD grabado a los 93 años, antes de morir, en memoria de Federico García Lorca, el fusilado poeta de los gitanos. Esta emisión semanal del ‘primer programa musical de Latinoamérica conducido por un hombre feminista’, concluyó con una canción ya emblemática de la estadounidense Tracy Chapman: “Crossroads” (‘Encrucijada’).

Escuchen aquí ‘La Cantera’ del 11 de febrero

Foto: Tomada de El Comercio.

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