Ante los ojos del mundo está ocurriendo el drama migratorio más doloroso e inhumano que se haya registrado en Europa. El fotoperiodista Javier Bauluz, estuvo durante 120 días en medio del trasegar esperanzador, doloroso y a veces feliz de un éxodo que el mundo político aún no quiere reconocer. Registró con su cámara el latir de la vida que transitó entre agosto de 2015 y abril de 2016 desde las islas de Lesbos y Kos, pasando por Grecia, Macedonia, Serbia, Hungría, Austria y Alemania. Este trabajo fue publicado en el #Especial Buscando refugio para mis hijos, a través de Univisión y Periodismo Humano.

Todos los días hombres, mujeres, adultos mayores, niños y niñas salen con unas pocas pertenencias y dejando todo. Los anima un único objetivo: salvar sus vidas. Publicamos  el capítulo I de este reportaje que recoge el amor y la muerte en Lesbos.

Por: Javier Bauluz

Los gritos de terror se escuchan en la noche de luna. Las olas embravecidas golpean las piedras y el bote lleno de refugiados procedente de la costa de Turquía. Nico y Fiorella se lanzan por el oscuro barranco, los gritos arrecian al compás del oleaje. Los socorristas voluntarios españoles esquivan las piedras y los árboles hasta llegar al lugar preciso de la isla griega de Lesbos donde evitar otra tragedia. Sus compañeros amarran una cuerda a los vehículos y, en medio del caos y los llantos, empiezan a sacar a los bebés y a los niños más pequeños.

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Varios voluntarios europeos, con la ayuda de algunos fotoperiodistas con sus cámaras al hombro, forman una cadena humana y van pasándose a las empapadas y asustadas criaturas de mano en mano, hasta llevarlas a la lejana cima. Mientras ayudan a subir a las cincuenta personas de la lancha, se escucha el motor de otra, apenas unos segundos antes de que se estrelle contra las rocas. Vuelven los gritos y el chocar de las olas que amenazan con hacer volcar la lancha contra la costa. Los socorristas voluntarios de ProActiva y un médico palestino consiguen que el medio centenar de nuevos recién llegados desembarquen, una vez más, ilesos.
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Arriba del barranco el miedo se convierte en llanto y en frío. Los más pequeños tiritan entre los focos de un par de vehículos y la luz de la luna mientras son envueltos en mantas térmicas donadas por miles de ciudadanos y ciudadanas de todo el mundo. Una niña de cinco años, empapada y sin poder moverse por el shock, mira fijamente al fotoperiodista desconocido que, acuclillado en el barro del camino, la tiene en sus brazos. Le habla en una lengua desconocida pero tranquilizadora y la acaricia enérgicamente para darle calor con sus manos y su cuerpo, mientras durante cuarenta eternos minutos espera intranquilo a que la madre surja del negro mar.
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Uno a uno van apareciendo sus cuatro hermanitos, que son reunidos entre el caos reinante. Finalmente una mujer con los ojos llenos de lágrimas se abalanza sobre ellos y los junta en un largo abrazo. El fotoperiodista le entrega a su hija e intenta tomar la imagen que resume el dolor, el miedo, la esperanza y el amor en ese abrazo universal, al que se suma el padre unos segundos después.

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Esa imagen permanecerá en la memoria del reportero, incapaz de captarla con su cámara a causa de la emoción que le impide ajustar la luz y congelar ese breve momento que se extingue ante la urgencia de envolver a los hermanos en mantas térmicas, meterlos en una furgoneta que los lleve a un pequeño campo de voluntarios llegados desde toda Europa, donde les darán ropa seca, agua, algo caliente para entonar el cuerpo y muchos abrazos y sonrisas.

Un día más en Lesbos

Treinta, cuarenta, cincuenta botes llegan diariamente a la isla. De los más de 800,000 refugiados solicitantes de asilo que han arribado a Europa en 2015, unos 214.000 son niños, casi el 30%. De noche y de día, con buen o mal tiempo, las escenas se repiten. Miedo, frío, angustia, alegría, amor, solidaridad y, demasiadas veces, muerte.

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A toda prisa Oscar y Gerard preparan las motos acuáticas. Saben que cada segundo cuenta. Centenares de refugiados se están ahogando a pocos kilómetros de su base en To Kyma. Nico y Oriol se suben en marcha sobre las camillas vacías. Todavía no saben qué se van a encontrar en alta mar. “Tuvimos que decidir quién vive y quién muere”, nos contaba después Óscar Camps, el alma del dispositivo de rescate financiado con sus propios ahorros y, más tarde, con la solidaridad de miles de ciudadanos de todo el mundo ante la incapacidad e inacción manifiestas de los gobiernos de Europa.

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“Lo más duro era tomar a los niños de los brazos de sus padres sabiendo que era muy posible que nunca más se fueran a ver”. Los barcos de los guardacostas griegos y del Frontex europeo, que no están preparados para faenas de rescate sino policiales, se mostraron totalmente ineficaces para salvar a las más de cuarenta personas muertas o desaparecidas, muchos de ellos niños.  Los socorristas voluntarios no dieron abasto para sacar gente del mar, subirlos a los altos barcos de policía e incluso reanimar a muchos de ellos a bordo de los mismos. Las imágenes tomadas desde un barco por el videoperiodista freelance Mikel Konate conseguirían que pudiéramos ser testigos de la tragedia.

Welcome to Europe

Las islas griegas son sólo la primera etapa de este éxodo que llevará a cientos de miles de refugiados sirios, iraquíes, afganos, pakistaníes, sudaneses, bangladesíes y de otros muchos países a recorrer miles de kilómetros sin un destino conocido. Tras cruzar el mar Egeo desde Turquía atravesarán Grecia, Macedonia, Serbia, Hungría, o a través de Croacia y Eslovenia, hasta llegar a Austria camino de Alemania y Suecia la mayoría, y de otros países europeos el resto.
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Esa misma noche más de doscientos supervivientes son atendidos por vecinos griegos y voluntarios de pequeñas organizaciones europeas en el puerto de Molyvos. Varios niños de corta edad se debaten entre la vida y la muerte en los brazos de médicos voluntarios mientras decenas de personas son alojadas en una pequeña iglesia ortodoxa y en un local cultural.

Dos niñas y dos niños de unos siete años son encontrados vagando por el puerto. Buscan a sus padres perdidos en el mar unas horas antes. Una voluntaria los acompaña al local donde se hacinan docenas de supervivientes. Los niños atisban desde la puerta con la esperanza de que sus padres estén entre los rescatados. Entre los murmullos y sollozos que llenan la sala, la voluntaria grita su apellido. Una mujer se levanta. La niñas saltan entre los cuerpos cubiertos de mantas y se abrazan a ella. Cuando el fotoperiodista abandona la sala un rato después, los dos niños están sentados en una esquina, solos. Sus padres siguen sin aparecer.

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En los días siguientes, a los fotoperiodistas nos corresponde la labor de buscar por las playas los cuerpos de los ahogados para documentar lo que no se quiere ver. Emociona ver a una mujer griega llorar desconsolada mientras abraza el pequeño cuerpo de un bebé ahogado que acaba de encontrar cerca de su casa.

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El 30% de los ahogados en el mar Egeo son niños. Como Aylan Kurdi cuya fotografía dio la vuelta al mundo en agosto. Noventa de ellos murieron solo en el mes de octubre. Todas esas muertes en el mar se podrían evitar si Europa abriera la frontera terrestre entre Turquía y Grecia.

Ahora, tras pasar por los abarrotados campos de registro policial de Moria y Karatepé, los refugiados deben embarcar en un ferry desde Mytilene hasta Atenas, iniciando así la ruta por tierra hasta el corazón de Europa.

Un padre sirio, agotado tras la travesía, nos dice en perfecto inglés: “Solo estoy buscando un refugio para mis hijos”. Y añade: “Lo mismo que harías tú si en tu país hubiera una guerra atroz”.

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Esta es la imagen que persiste en la mente y se guarda en el corazón del migrante. El dolor se quedó enterrado en la profundidad de ese mar que sepultó la esperanza…

 

Enlaces de interés

Buscando refugio para mis hijos (Reportaje completo)