Escribo desde esas historias que las adolescentes relatan aún con miedo e incomodidad. Este es tan sólo un caso. Valeria Abad recuerda una noche cuando tomó un taxi para ir a su casa y el taxista comenzó hablarle sobre la forma cómo se debe tener sexo con una persona mayor para no quedar embarazada, pronto ella se dio cuenta que el hombre empezó a masturbarse mientras manejaba: “él estaba masturbándose yo veía como hacia el movimiento con la mano y se agarraba su miembro, me asusté y le dije que pare el taxi porque me iba a bajar. El señor se alzó la bragueta y yo seguía insistiendo que me deje, al momento que paró el taxi yo me lancé enseguida. Si no paraba el taxi yo me botaba del carro sin importarme lo que me pasara. Me bajé muy asustada queriendo pedir ayuda”.

Por: Silvana Yamile Sanmartín Ochoa

  • Pueden y de hecho deben estar preguntándose
  • ¿Es verdad?
  • ¿Ese tipo es enfermo?
  • ¿Les pasa eso a las mujeres?

Claro que pasa, sucede en el transporte público y en los espacios públicos de la ciudad de Loja, en Ecuador. A estos actos se los define como acoso sexual callejero. Esta historia y las que relataré son la voz de aquellas víctimas que están siendo invisibilizadas y tienen la necesidad de que sus testimonios lleguen a ser leídos. Tal vez ustedes puedan sentir el miedo, el coraje, la humillación e indignación mientras leen; para este trabajo los nombres de las adolescentes han sido cambiados debido a su condición de menores de edad.

Mientras investigo y transcribo la información recopilada leo que, según el Instituto de Opinión Pública de la Pontificia Universidad Católica del Perú en un estudio realizado a mujeres en la ciudad de Lima, el acoso sexual callejero se pude definir “como un conjunto de prácticas cotidianas, como frases, gestos, de besos, tocamientos, masturbación pública, exhibicionismo, seguimientos (a pie o en auto), entre otras, con un manifiesto carácter sexual. Estas prácticas revelan relaciones de poder entre géneros, pues son realizadas sobre todo por hombres y recaen fundamentalmente sobre mujeres, en la mayoría de casos desconocidas para ellos. Las realizan hombres solos o en grupo”.

14697072_1229402847081811_1665448950_o
Foto: Renato Agila Torres

Este tipo de prácticas y gestos con carácter sexual lo pude verificar mediante entrevistas, grupos focales, observación en espacios públicos y encuestas, puesto que son parte de la cotidianidad que viven las adolescentes de quince, dieciséis y diecisiete años de edad de los colegios Adolfo Valarezo y Beatriz Cueva de Ayora de la ciudad de Loja.

Puedo recordar claramente que, durante la investigación, las jóvenes entrevistadas no podían dejar de sentirse incómodas con lo que relataban; pude entender que jamás les preguntaron al respecto, de hecho, no habían escuchado hablar sobre los términos de acoso sexual callejero, de tal manera que les di una definición del tema para que puedan tener una mayor comprensión y sobre todo puedan contarme cada una de sus historias sin cohibirse.

Uno de los datos que revela la existencia del acoso sexual callejero en la ciudad de Loja con una población de 111 mil mujeres sobrepasando el número de hombres, fue la aplicación de una encuesta a alumnas del Colegio Adolfo Valerezo y Beatriz Cueva de Ayora, dando como resultado que el 97% de las adolescentes han sido víctimas de acoso sexual en espacios públicos, es decir que tan sólo el 3% no ha sido víctima de acoso sexual callejero. Por tal razón desglosaré las principales características que justifican y refuerzan el acoso callejero.

La dominación masculina dentro del espacio público

Este tipo de historias son reiterativas, se dan todos los días, a cualquier hora y en cada plaza, calle, parque o transporte público. Parece que cualquiera tiene la opción de medir quién merece tener más o menos libertad para utilizar los espacios públicos. Es como si los espacios públicos estuvieran hechos solamente para que algunos puedan disfrutarlos libremente, por encima de otras; en otras palabras, la libertad es concedida a los hombres para que puedan trasladarse de un lugar a otro sin ser acosados.

14694794_1229403503748412_1203285492_n
Foto: María José Hidalgo

Cada gesto, frase, piropo, movimiento o práctica de acoso sexual callejero hacia las mujeres está patrocinado, reforzado y justificado por un sistema patriarcal y machista que Evelyn P. Stevens define como “el culto a la virilidad y se caracteriza, entre otras cosas, por la agresividad e intransigencia exageradas en las relaciones de hombre a hombre, y arrogancia y agresión sexual en las relaciones de hombre a mujer”.

Sin duda alguna afecta tanto a hombres como a mujeres, no se trata de victimizar a las mujeres, está claro que marca y genera relaciones inequitativas de poder; es decir el silencio que acompaña a las víctimas, la exposición de prácticas de acoso callejero normalizadas e invisibilizadas para la sociedad son justamente factores que subordinan a las mujeres haciéndoles sentir inferiores al utilizar dichos espacios, sin poder y libertad, una condición que facilita que el género masculino siga marcando territorio y dominando los espacios públicos.

Mientras sigo transcribiendo y comprobando ese dominio en los espacios públicos de la ciudad, siento el coraje, miedo e indignación en cada uno de los gestos que hacen al momento de contar sus relatos:

  • “En el bus en hora pico los hombres mayores de edad saben puntear (rozar) aprovechando que hay chicas y el bus está lleno. Se muerden los labios de forma provocativa o mandan besos volados. Miran de tal forma que desnudan con la mirada. Te silban y llaman como si estuvieran llamando a un perro”.

Queda claro que este tipo de actitudes no les hace ningún gusto recibirlos, pero va más allá de esto, con el pasar del tiempo la naturalización e invisibilización de estas prácticas de acoso sexual en espacios públicos se ha vuelto una costumbre ya que en nuestra cultura se hacen pasar como normales los gestos, miradas morbosas y piropos agresivos, porque además se cree que es parte de la identidad que nos caracteriza como latinoamericanos, dándose de manera rápida que la demás gente no nota y optan por hacer “como si nada hubiese pasado”. Las estudiantes comentan que sienten coraje, pero al mismo tiempo el miedo les termina ganando, al tiempo que se preguntan: “¿qué tal si por reclamar me golpea o me hace algo peor?”

Ana Falú en su libro “Mujeres en la ciudad. De violencias y derechos” nos lo aclara así: “el espacio público sigue siendo masculino. La internalización cultural del espacio público o urbano como masculino, y por ello vedado para las mujeres, contribuye a que se sientan responsables cuando son víctimas de algún delito en la vía pública, por circular en horarios considerados socialmente inapropiados o con determinada vestimenta” y, es ahí cuando llega o aparece la culpa de la víctima.

¿La culpa es de la víctima?

Podría decir con seguridad que una de las características recurrentes en los testimonios es la culpa de las víctimas, una culpa enclaustrada en qué tipo de ropa usan, si es ajustada al cuerpo o no, si es muy corta la minifalda o no, si está provocativa o no, pues simplemente el acoso sexual callejero está basado y justificado bajo estos parámetros.

Así lo confirma Karen Rodríguez en su testimonio: “No tengo la culpa de cómo me queda la ropa, un día iba por la iglesia de mi barrio (las pitas) y había un grupo de jóvenes, cuando pasaba frente a los chicos uno de ellos me dio una nalgada, yo no sabía qué hacer, me puse roja de la vergüenza quería llorar y gritar al mismo tiempo. Un hombre salió de la tienda y los regañó, pero luego me dijo ‘para que andas así, hecha la buenota´ (término vulgar para referirse a una mujer que viste con ropa escotada o ajustada al cuerpo)”.

La justificación del acoso sexual en espacios públicos está dada por la forma de vestir de la mujer y sirve para reforzar el acoso callejero como lo demuestra Karen. A la mujer se le enseña desde niña cómo debe vestir cuando sale a la calle, al parque, la plaza o utiliza algún espacio público, las educan para que “vivan evitando agresiones sexuales. Si ésta llegará a ocurrir aún con todas las ´precauciones´, queda igual la sospecha de la culpa” explican Elizabeth Vallejo y María Paula Rivarola en la investigación sobre “La violencia invisible: acoso sexual callejero en Lima y Callao”.

Captura de pantalla 2016-10-16 a las 10.51.39 p.m..png

Estas frases que acabamos de leer a la mayor parte de mujeres entrevistadas les sonaron muy familiares y con facilidad recordaron que exactamente eso fue lo que se les enseñan, así fue la educación que les dieron en sus hogares, de tal manera que justifican el acoso y acaban por culpar a la víctima.

Sin ningún asombro y como si fuese normal tomar ciertas “precauciones”, las adolescentes entrevistadas dicen que para no recibir acoso optan por vestir ropa holgada (floja) y tratan de cubrirse el cuerpo lo más que pueden e inclusive no se maquillan demasiado para no llamar la atención, es más cuando van o salen de clases justamente en “hora pico” la aglomeración de gente hace que ellas sean más propensas a recibir tocamientos o manoseos, por lo tanto ubican la mochila a la altura de sus caderas evitando tocamientos, roces o manoseos por los usuarios del transporte público.

Es seguro que estas medidas o prácticas de protección son usadas a diario por las jóvenes en todas las ciudades del mundo. Holly Kearl en su estudio “Stop Street Harassment: Making Public Places Safe and Welcoming for Women” en California, indica que: “las mujeres que “ignoran” a sus acosadores pueden ver dañadas su autoestima y su salud, pues en muchos casos la respuesta al agresor no se da, debido a que la mujer se encuentra muy avergonzada por haber sido tratada de una manera degradante, así como por el miedo a sufrir de algún ataque físico, ante el cual la condición de la mujer la coloca en desventaja para un enfrentamiento.”

Vergüenza y culpa están presentes en la víctima al tiempo que como le ocurre a Yessenia Matailo se pregunta y responde, como le ocurre a Yessenia Matailo cuando se pregunta y responde a si misma – “¿será por la falda corta que utilicé? – eso me pasa por vestir tan corto, – ¿fue por el pantalón ajustado que traigo puesto? – la próxima vez que salga me visto como monja”.

La culpa vuelve a rondar una y otra vez hasta tomar las “mejores medidas” reforzadas a través de prejuicios sociales, religiosos y culturales que están cimentados en el entorno que les rodea, la educación y enseñanza desde el hogar, donde destacan en su mayor apogeo los estereotipos.

Begoña Gutiérrez, Maribel Rodríguez y Camino Gallego en uno de sus estudios “La construcción sexista de la imagen en los medios televisivos” cita la siguiente definición “Los estereotipos desde una perspectiva de investigación basada en los planteamientos socioculturales, viene vinculándose a la matriz social. Los estereotipos se aprenden con los procesos de enseñanza y socialización siendo reflejos del entorno del que surgen”.

Los estereotipos son evidentes en el acoso sexual callejero por la justificación que se hace en cada una de estas prácticas y la culpa va de la mano, mientras los hombres echan la culpa a las mujeres por el tipo de ropa que usan, ellas tratan de cubrirse lo más que puedan para disminuir en algo el acoso en espacios públicos, puesto que este espacio es vedado a las mujeres, así explica el teórico francés Pierre Bourdieu: “La exclusión fuera de la plaza pública que, cuando se afirma explícitamente, condena a las mujeres a espacios separados y a una censura despiadada de cualquier expresión pública, verbal y aún corporal, haciendo de la incursión en un espacio masculino”.

Captura de pantalla 2016-10-16 a las 11.01.21 p.m..pngTambién dentro del acoso sexual callejero existe un sexismo imperante. Ainoa Mateos en un programa realizado “para la prevención de la violencia en parejas a adolescentes” define al sexismo como: “un prejuicio que consiste en creer que hay actitudes adecuadas o inadecuadas según el sexo de la persona. El sexismo genera discriminación y es negativo tanto para hombres como para mujeres, ya que reduce las posibilidades de ambos”.

Sigo hilando cada experiencia compartida por las adolescentes. Tatiana Gonzáles me cuenta lo que suele decirle a sus padres, tíos, hermanos sobre los gestos y palabras ofensivas que recibe en lugares públicos: “me dicen que no debo salir sola a caminar, que debo cuidar la ropa que uso, que no debo maquillarme mucho, que no debo ser coqueta, porque las mujeres deben comportarse, vestir de forma recatada y siempre debemos andar acompañas para que no nos falten el respeto”.

Este tipo de sugerencias denominan estereotipos y sexismo porque imponen normas para que las mujeres se comporten, vistan y actúen por reglas ya establecidas para hombres y mujeres, normas que refuerzan los medios de comunicación en programas, contenidos y publicidad sobre todo en medios televisivos, los cuales califican a la mujer como: tierna, cariñosa, siempre al cuidado de la casa y de los hijos o peor aún siempre salen a relucir sus atractivos físicos, por su rostro, senos, cintura y caderas, mientras el hombre se lo cataloga como  fuerte, líder de hogar, que ejerce poder y dominio dentro y fuera de casa.

Esta gama de ingredientes evidenciados dentro del acoso sexual callejero, refuerzan, justifican y agravan la violencia de género en espacios públicos. Cuando hablamos de gestos, frases, movimientos del cuerpo que forman parte del acoso sexual en espacios públicos, también existe el tan sonado piropo al que muchas veces se lo relaciona con un halago al momento de ser expresado hacia las mujeres, pero es necesario conocer el origen y por qué está considerado dentro del acoso sexual en espacios públicos.

El piropo

Uno de los hechos históricos que arrastra el piropo es justamente desde la colonización española. Para Alexis Ponce activista por los derechos humanos explica que está sostenido en la impostura de una cultura española “desde el enfoque del amor romántico, del amor caballeresco” entregado a la dama o pareja y luego se fue extendiendo con el pasar de los siglos “al resto de mujeres sean o no sean pareja o amigas por el simple hecho de ser mujeres. No hay en la cultura indígena rastros históricos del piropo, nos viene amalgamado con el mestizaje y en América Latina rápidamente se ensambló con el machismo español”.

Los contextos históricos del piropo se vienen arrastrando hasta nuestros días. En la encuesta realizada en el Colegio Adolfo Valarezo y Beatriz Cueva de Ayora de la ciudad de Loja, el 53% de adolescentes mujeres manifestaron haber recibido piropos, frases y comentarios. Lo que indica que uno de los mayores acosos que ofenden y agreden psicológicamente a las mujeres es este tipo de prácticas.

Se puede analizar el significado del piropo en el Diccionario de la Real Academia Española en años pasados comparado con la actualidad. Sofía Carvajal, dice que “en su versión de 1843 la definición se mantiene hasta la última en 2011 así: “lisonja o requiebro”. Sin embargo, desde su primera edición en 1780, definía el término también como “el relumbrón de voces demasiadamente cultas”; esta acepción desaparece en la edición de 1884”, evidenciando también la imposición en cuanto al significado que proporciona la RAE, dejando al descubierto la naturalización con la que se trataba el piropo y que aún prevalece.

El piropo tiene una transformación en cuanto al significado, en tiempos pasados era visto y recibido de buena manera por las mujeres, pero, aunque se haya dado un ligero cambio se sigue dando con mayor agresividad como lo cuentan las propias alumnas con estas frases escritas textualmente: “¿Mamacita te acompaño? ¿Todo esto es tuyo?; Si fueras mango te la chupo (Humedecer con la boca y con la lengua, en este caso sus partes íntimas); ¡Estas como me recetó el médico!; ¡Tanta carne y yo con hambre!; ¡Si dormir es rico imagínate conmigo!; ¡Cómo quisiera ser helado para que me lo chupes todito!”.  

El grado de agresividad y el daño psicológico que ocasionan este tipo piropos repercuten en la vida diaria de las mujeres, incitan a tomar medidas, reforzando el miedo o temor cuando hacen uso de espacios públicos de la ciudad de Loja, también existen piropos que no contienen demasiado carácter sexual, María José Tapia suele escuchar que le dicen: “Niña regálame una miradita; ¿Te acompaño mi amor?; ¡Niña por qué tan solita!”.

Captura de pantalla 2016-10-16 a las 11.04.37 p.m..png

Hay que aclarar y se debe saber que los piropos sean realizados con mayor o menor carácter sexual van encaminados en ver a la mujer como objeto sexual, cuyos cuerpos son “juzgados, penetrables y tasables” que dejan sin lugar a duda a las mujeres es espacios rezagados, haciéndoles sentir culpables por su forma de vestir o de comportarse, dejándoles claro el lugar que ocupan en espacios públicos de la ciudad.

La pregunta o más bien las preguntas aquí son; ¿Por qué las mujeres deben tomar tantas medidas o precauciones cuando salen a espacios públicos? ¿Por qué se sienten avergonzadas por el tipo de ropa que usan? Se supone que cada ser humano tiene el derecho de vestir como mejor le parezca, de ejercer su libertad en espacios públicos sin ningún tipo de temor, de amarse y vestir para sí mismas, no para los demás, de no ser acosadas y juzgadas por la ropa que usa.

Cuando nos pongamos en los zapatos de ellas, comprenderemos que existe violencia dentro y fuera de espacios públicos que agravan y refuerzan relaciones inequitativas de poder entre hombres y mujeres, las cuales deben cambiar ejerciendo deberes y responsabilidades que tienen las autoridades encargadas, brindando seguridad y respetando los derechos humanos, generando políticas públicas que ayudan a crear espacios públicos con respeto y libre de violencia de género.

Para cambiar esta realidad que nos agrede diariamente es necesario emprender acciones como: campañas enmarcadas en visibilizar el acoso sexual en espacios públicos de la ciudad, observatorios que nos ayuden a recopilar testimonios y experiencias de mujeres de todas las edades para sensibilizar a la ciudadanía sobre la problemática.

Además iniciativas como las que han propuesto Chile y Perú creando mapas virtuales de la ciudad con la posibilidad de marcar opciones dentro del mapa sobre las distintas prácticas de acoso callejero, de esta manera se sabrá dónde, cuándo y qué tipo de práctica de acoso sexual callejero le realizaron a la víctima, proporcionando un registro diario de las personas agredidas y ayudando a sensibilizar a través de los testimonios recopilados, si bien es cierto son estas acciones las que sirven para llevar a cabo ordenanzas y leyes que sancionen y promuevan conciencia ciudadana.

Recordemos también que el respeto y la no violencia comienzan por la educación a los más pequeños desde el hogar y centros educativos comprometidos con fortalecer el respeto hacia los demás, rompiendo estereotipos, sexismo y prejuicios sociales que nos limitan a crecer en sociedad.

Enlaces relacionados