La guerra en Colombia terminó. El acuerdo de paz entre la guerrilla de las FARC y el Gobierno pone fin a 52 años de un conflicto armado que dejó más de siete millones de víctimas. El grupo insurgente de inspiración marxista que estaba alzado en armas desde 1964 dejará de existir para reconvertirse en un movimiento político y unos 8.000 guerrilleros abandonarán la selva para siempre. Esto es lo que gran parte de Colombia espera, pese a los resultados del Plebiscito del pasado 2 de octubre.

Por: Javier Sulé

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En las selvas y sabanas de la zona del Yarí se acabaron los bombardeos y las emboscadas. Ubicada entre los departamentos colombianos del Meta y del Caquetá, toda esta región del suroeste del país fue uno de los bastiones históricos de la guerrilla y por consiguiente uno de los grandes campos de batalla que tuvo la confrontación contra la insurgencia. El expresidente Álvaro Uribe impulsó aquí el llamado Plan Patriota, una ofensiva continuada de casi nueve años donde se desplegaron 16.000 militares para hacer frente al Bloque Oriental de las FARC, conocido hoy como Jorge Briceño y considerado el más numeroso de la organización insurgente.

Por aquí se han vivido también los secuestros masivos, incluido el de la excandidata presidencial Ingrid Betancourt, la destrucción de pueblos enteros, el auge y declive de la coca, el fracaso de un proceso de paz como el del Caguán en 2002 o la caída en combate de Jorge Briceño, alias el Mono Jojoy, máximo jefe del Bloque Oriental. En sus cementerios abundan los cuerpos sin identificar que dan fe de la crudeza de la guerra en estas tierras.

Llegar a un campamento de uno de los frentes del Bloque Oriental puede tomar varios días. Desde el municipio de San Vicente del Caguán, cuatro horas de viaje por una maltrecha y polvorienta carretera llevan hasta una frontera invisible a partir de la cual empieza a emerger el territorio fariano. Atrás quedó un retén militar y un camino, donde, a medida que se avanza, la presencia del Estado se va haciendo más difusa. El viaje prosigue por vía fluvial remontando un río durante unas horas más. Y allá, río arriba y jungla adentro, aparece una pequeña ciudadela de madera donde unos 80 guerrilleros y unas 60 guerrilleras celebran los acuerdos de paz y el final de la guerra.

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El campamento lleva ya un mes sin levantarse del mismo lugar, algo impensable en otras épocas, pero la vida aquí sigue siendo un mundo aparte. Hay ahora cierta distensión pero la disciplina militar no baja la guardia y las rutinas y quehaceres diarios no se alteran. Los guerrilleros forman, se reúnen por escuadras, discuten los acuerdos de paz, limpian sus armas y sus botas a diario, estudian, leen, hacen guardia y toman tinto (café) por la mañana y un baño por la tarde como han hecho siempre. El día empieza a las 4.50 de la mañana y termina a las seis de la tarde, apenas deja de entrar luz en la tupida selva. A esa hora todos se retiran a dormir a sus caletas, las habitaciones guerrilleras con camas hechas de madera y cubiertas de hojas de palma. Los domingos descansan. Ese día juegan voleibol, ensayan danzas y teatro, escuchan música o ven películas.

Seducción guerrillera

En el campamento no hay menores, pero buena parte de sus combatientes llegó a las filas rebeldes siendo niño o niña. Seducidos por la vida revolucionaria, vieron en la insurgencia un refugio donde cobijarse que acabó siendo su hogar, su familia y su escuela. Sin embargo, sobre la guerrilla pesa siempre la acusación de reclutamiento forzado de menores que los combatientes niegan. En cualquier caso, una vez dentro ya no había vuelta atrás ni posibilidad de irse. El compromiso con la causa era prácticamente de por vida. La deserción podía castigarse muy duro en un consejo de guerra.

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María Martínez es una de las que ingresó a las FARC con 12 años y empezó a cargar un fusil con 14. Hoy, a sus 30 cumplidos, reconoce que a aquella edad quizá debería haber estado jugando, pero tampoco lo encontró a faltar. “Aquí casi todos somos hijos de campesinos y desde muy pequeños nos tocó ir a trabajar. Yo lo hice con siete años para ayudar en la casa. Recuerdo que me gané una bicicleta en la escuela por cantar pero mi hermana se enfermó y para poder comprar la medicina tuvimos que venderla. Por eso creo que aquí en la guerrilla nos gusta tanto jugar y hacer bromas porque es muy raro el guerrillero que haya tenido infancia”.

En unos días todos dirán adiós a su vida como guerrilleros y abandonarán la selva donde vivieron tanto tiempo para empezar su tránsito hacia la vida civil. Si ganaba el Sí en el plebiscito, empezarían el Día D todos los frentes guerrilleros a bajar hacia las 23 zonas de concentración establecidas en diferentes lugares del país. Allí los combatientes permanecerían por un periodo de seis meses. Tiempo en el cual deberían ir entregando las armas a Naciones Unidas, institución encargada de verificar todo el proceso. Por ahora las FARC persisten en su voluntad política de paz y el gobierno de Juan Manuel Santos igual.

La vida después de la guerra

Ningún guerrillero tiene claro cómo será el futuro una vez dejen las armas. Confían en que sus dirigentes continuarán velando por ellos y así parece que será. “Siempre vamos a estar unidos y ahora vamos a tener un partido y unas directrices que nos ayudarán a salir adelante. Habrán oportunidades de trabajo y de capacitación”, dice convencida la guerrillera Camila López.

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La vida de Camila en las FARC toca a su fin. Ella es una de las casi 4.000 mujeres guerrilleras que se estima hay en la organización y que en muchos casos entraron siendo niñas. Su historia será llevada a las pantallas por el director de cine español German Reyes en un documental titulado La flor de la lengua de vaca que se podrá ver próximamente. Para Reyes, Camila fue todo un descubrimiento: “Me impresionó su firmeza en relación al futuro después de haber vivido tanto tiempo en la selva y me cautivó su historia, en la encrucijada de un futuro incierto de paz y el persistente recuerdo de su infancia duramente castigada. Descubrí que detrás del traje militar se escondía un ser muy sensible”.

Cambiar el chip no será fácil. Los guerrilleros rasos nunca tuvieron salario ni dinero propio en los bolsillos. La guerrilla les costeaba todo lo básico que necesitaban. Han tejido sus vidas en colectivo y no pueden imaginarse aún algo diferente. Están convencidos de que seguirán juntos y la idea de tener una vida individual no les cabe en la cabeza. No muestran demasiado entusiasmo con la posibilidad de poder formar un hogar y tener hijos. Tampoco una emoción especial en reencontrarse con sus familias. Su amor a la revolución está por encima de todo. “El objetivo seguirá siendo la toma del poder para transformar el país. El revolucionario se traza esa meta y las otras cosas son importantes, pero son secundarias. Uno no puede decir se firmó el proceso de paz y hasta aquí fui revolucionario. La lucha sigue, pero sin armas” argumenta Camila López.

Solo algunos se atreven a expresar sueños o deseos personales. Rubi lo hace. Dice que le gustaría aprender a tocar algún instrumento musical. También Yurani a la que le encantaría conocer España e igual Damaris que sueña con poder ver el mar o William con ser bailarín de salsa.

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Ciertamente, los acuerdos de paz hablan de la hoja de ruta para la reincorporación de los combatientes a la vida civil con un enfoque colectivo y con arraigo territorial. Cada uno de los guerrilleros desmovilizados recibirá 8 millones de pesos, unos 2.700 euros, para invertir en un proyecto productivo individual o colectivo. También tendrán un subsidio de algo más de 200 euros mensuales durante dos años. Si siguen la ruta de reintegración que ya existe en Colombia, la persona recibirá otros incentivos, especialmente si estudia. Asimismo estarán afiliados a la seguridad social del Estado.

Pocos insurgentes sospechan que afuera les espera un cierto rechazo y la hostilidad de parte de la sociedad colombiana, siempre muy polarizada. “Tenemos ganas de que se nos conozca de verdad para desmentir la cantidad de mentiras que se han dicho de  nosotros. Somos seres humanos sensibles que tenemos corazón, que nos enamoramos, que reímos, que sabemos querer y que luchamos por el bienestar de todos”, dice la guerrillera Damaris. Para el guerrillero Fabio Gómez, el gran temor es a que los maten como ocurrió con la casi totalidad de los líderes y miembros de la Unión Patriótica, el partido de izquierdas surgido en 1985 tras la desmovilización de varios grupos guerrilleros.

Para Paula Sáenz, dejar el arma será difícil. “Ha sido un orgullo estar en  las FARC. Han pasado muchos gobiernos y no han podido derrotarnos. Seguimos aquí y ahora no es que el presidente Santos dijera llegó la paz y les vamos a dar a estos guerrilleros un pequeño espacio. Nosotros fuimos los que nos ganamos ese espacio y ellos no fueron capaces de derrotarnos militarmente y políticamente tampoco porque nuestras condiciones son políticas”, señala esta insurgente que entró en la guerrilla con 14 años y pasó 12 en ella.

Sin FARC no hay paraíso

A las FARC se le atribuye la destrucción de algunos pueblos enteros,  el  secuestro de casi 3.000 personas, de tener abiertos numerosos procesos por narcotráfico y de haber reclutado a miles de niños y niñas. Sin embargo, a excepción de los altos mandos, todos los guerrilleros rasos serán amnistiados y no deberán pasar por un tribunal. Sí lo harán los mandos, tanto insurgentes como militares e incluso civiles, considerados responsables de crímenes atroces y de lesa humanidad como secuestro, masacres o violación, entre otros. Las penas dependerán de cómo y cuánto confiesen sus crímenes.

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Con la desaparición de las FARC, queda mucho por hacer en Colombia. La implementación de los acuerdos será compleja,  Sin guerrilla, el país no va a pasar a ser un paraíso de la noche a la mañana. El final de la guerra no implica el final de la violencia en Colombia. Contrariamente a lo que la gente cree, las FARC representaban sólo un 20 por ciento del total de la violencia que se ejerce en un país plagado de otros muchos actores armados fuera de la ley como son las bandas criminales herederas de los grupos paramilitares o la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN) formada por unos 2000 combatientes y con la que el gobierno lleva tiempo queriendo negociar sin éxito. Sin embargo, desde el próximo 3 de noviembre nuevamente se sentarán a la mesa de negociaciones en Quito, Ecuador.

Y la paz dicen en Colombia nunca será completa hasta que no se superen las causas que precisamente dieron origen al conflicto armado. El país sigue siendo hoy uno de los más desiguales del mundo donde la falta de empleo y oportunidades, la corrupción y la injusticia social alcanzan niveles intolerables. “La Colombia a la que vamos a llegar es mucho más injusta que la que existía cuando nacimos como FARC en 1964”, dice convencido Andrés París, jefe de alto rango de la guerrilla.

Holocausto colombiano

Por delante el país tiene otro gran reto, el de reparar a los casi 8 millones de víctimas que ha dejado el conflicto por la confrontación entre guerrilla, paramilitares y ejército. Las víctimas han estado precisamente en el centro de los acuerdos de paz y tanto la guerrilla como el gobierno tuvieron en cuenta su derecho a la verdad, a la justicia y a ser reparadas. Y es que el país apenas empieza a despertar al horror de lo que ha sido esta guerra que ha causado más de 260.000 muertos, seis millones de desplazados, unos 60.000 desaparecidos o medio millón de mujeres abusadas sexualmente, entre otras muchas formas  de violencia.

En la memoria quedan cientos de historias que recuerdan la tragedia vivida. El Padre Antún Ramos, de la Diócesis de Quibdó, en la región del Chocó, nunca olvidará aquel dos de mayo de 2002 en el que un proyectil lanzado por las FARC cayó en el altar de su iglesia y mató a 79 personas que allí se habían refugiado para protegerse de los combates entre la guerrilla y los paramilitares. En su  mayoría fueron mujeres y niños.  Las FARC ya han pedido perdón públicamente a las víctimas por esta  masacre.

Igualmente, con el acuerdo de paz, las FARC dejarán de colocar minas antipersona y dirán dónde están los campos minados para que puedan ser limpiados. Para Yerson Fabián Castellanos es ya demasiado tarde. Él fue uno de los más de 1.100 niños y niñas que ha sufrido la tragedia de pisar una mina en Colombia. Tenía 10 años y aquel día caminaba con su madre por los alrededores de la vereda donde vivían “Sentí como una onda expansiva y una explosión que me dejó aturdido. Mi madre se dio cuenta que me faltaba una bota y empezó a llorar. ‘Qué pasó’, le pregunté. ‘Hijo, perdió la pierna’, me dijo llorando. Me puse también a llorar. Lloré, grité, insulté…”, recuerda Yerson.

El ejército tampoco está exento de crímenes flagrantes y violaciones a los derechos humanos. El más escandaloso ha sido el de los llamados falsos positivos por el que hay cientos de militares  investigados, algunos ya juzgados y encarcelados. Es difícil encontrar una historia tan perversa como la que les sucedió a catorce jóvenes de Soacha, un municipio de los suburbios de Bogotá. A todos se los llevaron en el 2008 al norte del país con falsas promesas de trabajo. Una vez allí fueron ejecutados y el Ejército los presentó como guerrilleros muertos en combate para poder cobrar así los incentivos económicos estipulados para las fuerzas armadas por cada baja enemiga.

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Pero no contaron con que sus madres no se iban a quedar quietas ni calladas, sino que descubrirían que la muerte de sus hijos era sólo la punta del iceberg de una macabra y sistemática práctica instaurada entre algunos mandos militares. “Mi hijo Fair Leonardo Porras era un niño en un cuerpo de adulto. Tenía una discapacidad psíquica reconocida y nunca fue capaz de aprender a leer ni a escribir. Cuando recuperé su cuerpo en una fosa común, la autoridad me llamó y me dijo que mi hijo era un jefe de las FARC. Imagínese”, cuenta Luz Marina Bernal, una de las líderes del colectivo de Madres de Soacha.

Con diferencia, los más sanguinarios en este conflicto armado han sido los paramilitares, actuando en muchas ocasiones en connivencia con el propio Estado. Las masacres perpetradas por estos grupos nacidos al amparo de empresarios y políticos para combatir a la guerrilla son una de las caras y más tenebrosas de esta guerra. El pueblo de El Salado, a tres horas de la turística Cartagena de Indias, vivió una de las más terribles hace 16 años. “Unos 450 paramilitares entraron en el pueblo y nos sacaron a todos a la plaza acusándonos de guerrilleros. Como en una ruleta, empezaron a asesinar personas por sorteo y celebraban cada muerte como una fiesta tocando los tambores que habían cogido de la Casa de la Cultura. Mataron a 28 personas, 17 de ellas ante la vista de todo el pueblo”, rememora Gladys Posada, presente en la masacre.

Colombia es un país donde aniquilar al que piensa diferente ha venido siendo moneda común. Por eso y a pesar de las garantías de seguridad previstas en los acuerdos de paz para los excombatientes de las FARC, el miedo que algunos guerrilleros muestran a ser asesinados una vez se desmovilicen no es infundado. Lo sabe bien María José Pizarro, hija del líder guerrillero del M19 Carlos Pizarro asesinado en 1990, solo 45 días después de dejar las armas, firmar la paz y siendo ya candidato presidencial.

Para María José, lo que pasó con su padre, así como con los líderes de la Unión Patriótica  no puede volver a suceder con la guerrilla de las FARC una vez se conviertan en partido político. “Quiero un país en el que quepamos todos y en el que todos podamos construir e incidir. Quiero un país diverso, no quiero que desaparezca el otro. No quiero que nos homogeneicemos, quiero que podamos hablar, llegar a acuerdos. No quiero más historias enredadas con la guerra”.

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