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Este texto fue leído, en la noche del jueves 16 abril en el Cafelibro, en el programa “Nosotros somos las historias que vivimos”, transmitido en vivo por Radio Pichincha Universal en recuerdo de Eduardo Galeano.

Por Alexis Ponce

Va primero un abrazo trunco, ilegible, a las amigas y amigos que esta noche recuerdan a Galeano y Grass, bien sea leyendo, o cantando, o tomando: vino, café o ron; o después bailando milonga o tango en el Café-libro (¿por qué no?); o diciendo… o callando. Porque, por igual, todo lenguaje humano, que no sea el olvido o el odio, son bienvenidas maneras de recordarlos y, en especial, de volver a traer al corazón a Eduardo. (Duele la boca decir su nombre, mucho o poquito, pero duele).

Y aunque el encuentro es por los dos, por Grass y Galeano, ya que sus vidas y libros superan ese inacabable día 14 de abril, séanos permitida la mezquindad de referirnos, desde hoy, a Eduardo. De seguro un empedernido amigo de Latinoamérica como lo fue Günter Grass, sabrá perdonarnos el desliz, la perrada del dolor, estos recuerdos.

De todas sus historias, preferí lecturas sobre ‘Ellas’, y no es casualidad, sino deber. Porque a ellas -o con ellas, para todos- dejó en impuntual imprenta, listo para leerse desde mayo, su último libro: “Mujeres”, sobre las cuales escribió de la primera a la última página, y donde Helena, su Ella, vuelve a caminar descalza, recibiendo la dedicatoria como en c/u de sus muchos textos:

Alexandra

Para que el amor sea natural y limpio, como el agua que bebemos, ha de ser libre y compartido; pero el macho exige obediencia y niega placer. Si la revolución social no miente, debe abolir, en la ley y las costumbres, el derecho de propiedad del hombre sobre la mujer y las rígidas normas enemigas de la diversidad de la vida.

Palabra más, palabra menos, eso exigía Alexandra Kollontai, la única mujer con rango de ministro en el gobierno de Lenin. Gracias a ella, la homosexualidad y el aborto dejaron de ser crímenes, el matrimonio ya no fue una condena a pena perpetua, las mujeres tuvieron derecho al voto y a la igualdad de salarios, y hubo guarderías infantiles gratuitas, comedores comunales y lavanderías colectivas.

Años después, cuando Stalin decapitó la revolución, Alexandra consiguió conservar la cabeza. Pero dejó de ser Alexandra.

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Aclarando, Eduardo…

No fui tu ‘amigo personal’, como el Edison Miño rematara un mensaje masivo de correo electrónico que, por suerte, solo lo leyeron ustedes, pero no la audiencia de Radio Universal.

Qué no hubiera dado por llamarme tu amigo, o -más todavía- “amigo personal”; ni siquiera una foto de vos o a tu lado conservo (he de aclarar: con nadie, ni siquiera con los Restrepo, que ya es decir bastante). Lo siento, nunca acostumbré pedir, ni a vos ni a nadie: “¿me permite una fotito?”, con las fotos ‘al lado de’ en el siglo 20; ni en el 21 pude nunca con los selfies, de esos donde se posa sonriente, para el Facebook, con primeros o segundos mandatarios, ministros, asambleístas y otros artistas y personalidades; o con compañeros de lucha, como vos, o con mis viejos camaradas Washo y Edison de la Radio Pichincha.

Pero hay un vestigio de cierta travesura tuya… tu oriental manera de burlarte con ternura y darte entero, digo yo; una linda ilustración que me diste un día, celebrando a tu manera un tiempo de lucha que no cesa, que no debe cesar jamás, y que me diste, que nos diste a los militantes de la APDH del Ecuador de entonces, y que por años conservé, guardé, legué y… se extravió.

Allí escribiste riéndote. Como hoy, en tu homenaje, te recuerdo yo.

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Galeano sí contesta…

Si nos vimos dos veces fue mucho, aquí en Quito una, y en Porto Alegre la otra, durante el esperanzador eco del Foro Social Mundial. Si hablamos un par de veces, igual, cortantemente corteses, fue por milagro de la Virgen de Coromoto desde Caracas, y por obra y gracia de la Virgen de los 33, a Montevideo.

Mantuve -eso sí, Edison- correspondencia, serísima o desesperada, siempre por ‘el más peor’ de los temas humanos: los derechos humanos, a veces de manera personal, dirigida solo a él, o copiándole -como malcriado troll de red social- informaciones maltrechas que se las entregaba por igual y en ese entonces a nuestros Jorge Enrique Adoum, Luis Britto García, Piero y León Gieco-.

Y todas esas noticias, cartas o mensajes, por supuesto, referían lo que sucedía en el Ecuador de ayer y hoy, o en los lugares recónditos de América, desde donde me acostumbré abusivamente a llamarlo y escribirle al inicio de cada carta, siempre por su nombre, Eduardo, como lo tratan los suyos, sus lectores, familiares o amigos, como lo trata el mundo entero, sí, porque es nuestro Eduardo. Pero jamás me atreví a decirle ‘compañero Galeano’, como la nomenclatura nos pedía o la timidez me exigía desde un inicio.

A nuestro Adoum, su gran amigo, mi maestro siempre, nunca pude decirle Jorge Enrique, y cuando tuvo la generosidad enorme de decirme algo que yo no me esperaba, en una reunión con gente malcriadamente decente como ustedes, trastrabillé la lengua, hice el ridículo, dije algo no digno de aquel momento ni de que lo oyera el siempre querido maestro. Pero eso del “compañero Galeano” me parecía peor, así que lo empecé a llamar Eduardo… algo, no sé, tan abusivo de mi parte, como el chiste que contaba Facundo Cabral cuando encontró con sus amigotes nada menos que a Jorge Luis Borges en un café de Buenos aires y de puro miedo lo llamó “colega”.

Unido el destino a los Restrepo y la Plaza Grande, desde 1992 los 1ros. de enero de cada año entregaba desde la APDH una tarjeta con una imagen emotiva y una frase que imaginara sueños largos, de esos que nunca pueden cumplirse o después de  muchos siglos. La primera tarjeta que hicimos fue con la célebre y conmovedora fotografía de Eugene Smith: “Paseo por el jardín del paraíso”… y no calzaba mejor frase para acompañar a los dos pequeños adentrándose en un caminito de la espesura, que el ahora célebre texto armado por Galeano, que recoge una frase del cineasta argentino Fernando Birri:

“Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que camine, nunca la alcanzaré.  ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar”.

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En 1996 escribí por vez primera a Galeano, tratándolo de usted y sin decirle “maestro” ni “compañero”, sino Eduardo, pero -insisto- llamándolo de ‘usted’. No sé por qué ni me pregunten cómo, pero creo gracias a Mayra Benalcázar, conseguimos el teléfono de su casa y fax (en esa época no había twitter ni mail). Recuerdo que se burlaban en la APDH, a lo ecuatoriano, creyendo que era otra de las alucinadas cartas sin respuesta, escritas a Mónica Belluci, Susan Sarandon, Hebe de Bonafini, Ofelia Medina o el Subcomandante Marcos.

Era una carta para invitarlo a solidarizarse con nuestras luchas y para que nos acompañase en nuestro cumpleaños, apenas el número 4, de callejear por la vida en la Plaza Grande. Y, encima, cometí el ecuatorial abuso de extender las sábanas y pedirle, “de una hecha”, que acepte ser “Taita” de la APDH, algo así como padrino o ‘miembro honorífico’, como dirían las ONG de ayer, hoy y siempre.

Lo peor de todo es que aceptó. Contestó la llamada, la militancia se puso frenética, le decían ‘Eduardo’ toditos, y Mayra, Tito, Fidel, Anaité, Jimmy, Mauricio, no podían creerlo. Por fax, y luego por el servicio de correo puerta a puerta, nos envió su aceptación. Recuerdo que nos dijo que la palabra “miembro honorífico” le daba terror. Y que “padrino” le sonaba como muy a bautizo. Pero que aceptaba, de agrado, ser el Taita de unos luchadores de los derechos humanos tan jóvenes (Eduardo, cumplimos 50 antecitos de que te nos vayas, y solo la utopía nos sigue haciendo andar)

Para el actito conmemorativo no llegó, ni más faltaba. Pero leímos y reprodujimos a los comensales su carta y una ilustración traviesa que, luego aprenderíamos de memoria, sabe acompañar él a sus mensajes y cartas. Nos sorprendió con un recuerdo de puño y letra y un dibujo de los que acostumbraba a hacer: una torta de cumpleaños, con 4 velitas y su célebre firma con su nombre y apellido, una frase tierna y el epígrafe querible: “Eduardo, Taita de la APDH”. Desde entonces siempre respondió nuestras preocupaciones e informaciones de variada, alegre o tensa, temática por la vida.

Eduardo y el Ecuador: “Porque te quiero… te pego”

F..jpgEn el 2008 vino al Ecuador y escribió un hermoso texto dando a conocer que el país era el primero en inscribir los Derechos de la Naturaleza en su constitución. Cómo no recordarlo:

“La naturaleza tiene mucho que decir, y ya va siendo hora que nosotros, sus hijos, dejemos de fingir que somos sordos. Y tal vez hasta Dios escuche el llamado que está saliendo de este país andino, y amplíe al décimo primer mandamiento, que olvidó en las instrucciones que nos dio allá en el Monte Sinaí: “Amarás a la naturaleza, de la cual eres parte”.

Un año después la voz de Galeano pidió al gobierno nacional que se retracte de su decisión (de marzo de 2009) de retirar la personería jurídica a Acción Ecológica. Y escribió:

“Querido Rafael: Mis amigos me cuentan que la organización “acción ecológica” ha sido clausurada por decisión oficial. Me cuesta creerlo. Ojalá no sea cierto. Yo fui, y sigo siendo, uno de los muchos que celebramos la nueva constitución del ecuador, que por primera vez en la historia ha consagrado los derechos de la naturaleza. Y yo fui, y sigo siendo, uno de los muchos que creemos que la independencia de las organizaciones ecologistas es la mejor garantía de la defensa de esos derechos. Va el abrazo de siempre, Eduardo Galeano”.

Nos queda por leer su último libro, dedicado a las Mujeres. Y, en lo personal, me queda la duda, casi contestada, aunque no estés, de cuál sería tu reacción escrita, si no hubieses sido atrapado por el cáncer, ante las penosas declaraciones de altos funcionarios de Estado sobre la sexualidad de las mujeres, o la patriarcal familiaridad de cierto Plan, con el que Ecuador entra a la segunda década del siglo XXI.

De seguro, ya la respuesta “está en el viento”, como poetizó Bob Dylan.

Chau, Eduardo

Por él. Y por Helena Villagra… sabemos que “Nacerás y volverás a morir y otra vez nacerás. Y nunca dejarás de nacer, porque la muerte es mentira”.

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Fotos tomadas de Pinterest, selección “Niñas leyendo”.