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A la manera de ‘el Tuerto en el Reino de los Ciegos’, había una vez una minoritaria casta dirigente en un lejanísimo país encantado, que pretendía oír únicamente aplausos e invalidar todo cuestionamiento, por más tibio y mesurado que fuese, a sus creencias individuales y estereotipos personales impuestos a su pequeñísima población como “Deberes de Todos los Habitantes y Habitantas del Reino”, o ‘Políticas Públicas’ como se diría en el convencido lenguaje de las parlamentarias de un país más cercano.

Por: Carla Teresa Rivera*

 

 

UN CUENTO DE HADOS:

A la manera de ciertos señores moralistas de la segunda mitad del siglo XIX que habitaron cierto continente aún no descubierto, había una vez una casta dirigente, bastante minoritaria que, en nombre de la mayoría, o de “todos y todas” (ojo, la equidad de género era súper-importante en ese Reino), promovió colosales regresiones “en materia de derechos universalmente establecidos, conseguidos durante décadas de lucha por toda una sociedad”, como en vano -y de manera aburrida- repetían loros, loras, guacamayos, abogados y tinterillos del derecho y las leyes de aquel inexistente país ya fenecido en el recuerdo de los niños y las niñas.

A la manera de lo que pasaba en épocas muy remotas, en aquel utópico país de cuentos y canciones, los reyes impusieron -a su manera- sus creencias personales como si fueran “de Interés Nacional” y sus razones muy íntimas como si fueran ‘Las Razones del Reino’.

A la manera del pretérito extinguido, la lúcida casta dirigente de ese desconocido Reino maravilloso, quiso consagrar el irrespeto a las creencias personales y convicciones individuales -en temas tan íntimos como la anorgasmia o la falta de masturbación, que la Corte de aquel país de fábulas tipificó como “pecados de los cuales abstenerse”-, lo que provocó en otros reinos, durante la segunda mitad del siglo XIX, guerras intestinas, estados consagrados por decreto a ciertas creencias e iglesias, y sociedades enteras convertidas al ‘voyerismo’ que vigilaba y censuraba las creencias íntimas, o los valores y ‘anti-valores’ de las pecadoras gentes de a pie.

A la manera de guía penitenciario con carabina y largavista en el techo de un panóptico invisible, en aquel mítico país inacabado, la Corte decía que eran ‘progresistas’ las retrógradas regresiones superadas por la realidad. Y, a la manera del disco “A mi manera”, como los afamados súbditos Frank Sinatra y Elvis Presley, en la Corte de aquel Reino cantaban de lo lindo, entre decreto y decreto:

“Arrepentimientos, he tenido pocos.
Pero igualmente muy pocos pecados para mencionarlos.
Hice lo que debía hacer
y lo hice sin exenciones.
Planée cada programa de acción,
cada paso cuidadoso a lo largo del camino.
Y más, mucho más que eso,
Lo hice a mi manera”.

Colaboradora de Mujeres Contando – Cap. Ecuador.

Foto: Las hijas de Frank Sinatra y Dean Martin en 1967 callan a sus padres en un ensayo.