Por Soledad Paz *

Capítulo 1:

Cuando García Moreno mandó a prisión a dos “chistositos”…

Cuenta la gran escritora ecuatoriana Alicia Yánez Cossío, en su novela “Sé que vienen a matarme”, la historia (pero la oculta, esa que no le enseñaron a nadie en el sistema de educación formal desde hace un siglo) del gran tirano del siglo 19, Gabriel García Moreno.

Aunque arriesgue a errar por citarla de memoria, en una de sus demoledoras páginas que tanto arranque de furia ‘curuchupa’ causaron en los intelectuales conservadores del país y, en especial, en el historiador socialista de derecha, Enrique Ayala Mora; la gran Alicia Yánez Cossío relata una historia divertida, pero siniestra a la vez, oculta entre los pliegues de la censura.

Me permito recrear esa anécdota, porque vale la pena tenerla presente en el siglo XXI:

García Moreno, rezador y creyente, al extremo de representar a Jesucristo  en la procesión de viernes santo en el Quito conventual de la época, impuso un férreo gobierno que invadió la esfera privada y la vida personal de la gente, donde la notable ausencia de risas públicas, carcajadas callejeras y voces altas en todo el país, convirtió rápidamente en monacal a la sociedad silenciosa de entonces, en que el paso de los años, en la Quito franciscana, transcurría entre campanarios, atiborramiento de misas y tedeum y, cosa increíble de creer en este siglo, la tiranía del color negro -luto perpetuo- en la vestimenta de los quiteños y quiteñas del siglo XIX, tradición que se prolongó hasta bien entrado el siglo XX.

Durante un viernes santo, rodeado de pueblo lloroso y rezador, de beatas y clérigos, de soldados con bayoneta calada y de unos cuantos áulicos que debían representar a guardias romanos y a buenos y malos ladronzuelos, García Moreno representaba, en calzoncillo o ‘paños menores’ como se acostumbraba a decir en el Quito antiguo, a nuestro Señor Jesucristo en su doloroso calvario hacia la muerte.

Hiciera solazo o lloviera a cántaros, ese viernes santo era infaltable mirar a los quiteños y quiteñas, a eso de las 12 del día, salir de sus casas y esperar amontonados y silentes, la procesión del mártir del Calvario con el Presidente al frente.

¡Cómo impresionaría verlo, de repente, caminando con dificultad, en el empedrado piso del centro histórico, que él lo recorría sudando, con los ojos al cielo, serísimo, cargando el peso de una enorme cruz de madera, tosca, fuerte, grande y pesadísima como el dolor ocasionado a Cristo por esos malos ecuatorianos masones que injuriaban tanto al Presidente en sus libelos y pasquines!

Las mujeres sollozaban, lloraban, hipaban y daban alaridos de verdad, y las angustiadas frases: ‘¡pobrecito el Doctorcito!’, ‘¡Ay, Jesusito del cielo!’, o ‘¡Virgen Santísima!, ¡protege a nuestro mártir de la fe católica!’, eran la letanía de las beatas ataviadas de luto riguroso, mientras los hombres abrían los ojos como platos, intentando una explicación desde la fe a lo que la razón, golpeada y todo, empujaba a la risa.

Los niños, apretujados como en funeral y curiosos como siempre, veían al señor Presidente avanzar con paso decaído y lento, y tenían mucho miedo de esos guardias pretorianos que le iban zurrando en la espalda al mandatario, porque el jefe de Estado ordenó que se le latigueara para expiar los pecados del Ecuador y conmover hasta los cimientos al ateísmo bárbaro de los liberales radicales y los opositores de toda laya.

Finalmente, los jóvenes se mimetizaban entre el montón, mirando de lejos la inolvidable escena, sin atreverse a decir nada, hablando entre ellos con el inmortal idioma de las señas, codeándose, pisándose el zapato, arqueando las cejas, guiñándose el ojo, tosiendo para ocultar la risotada.

El señor Presidente no contaba las terribles caídas en las que laceraba sus rodillas, ni tampoco tomaba ya en cuenta, agotado como estaba, las gloriosas paradas que hizo nuestro Señor Jesucristo para lavar los pecados del mundo. Para eso estaban sus áulicos, que ordenaban a la chusma que abarrotaba las esquinas, que tuvieran listos pañuelos limpios o toallas húmedas para secar el santísimo sudor del Redentor guayaquileño, y un jarrón de agua, o tacitas más que sea, para que el mismo pueblo le calmara la sed al “Mártir del Gólgota ecuatoriano” en su largo camino hacia la cruz.

Y de repente…

El señor Presidente, extenuado, decide detenerse en plena cuesta, cerca de La Ronda. Regresa a ver, buscando a la Samaritana y sale una señora dueña de una tienda que le da, con reverencial respeto, una taza honda, de la que bulle algo parecido a humo… El Mandatario, sin dejar la cruz a un lado, ni siquiera en esas circunstancias, le agradece circunspecto y adolorido, bajando y subiendo la cabeza con triste elegancia, y se lleva la taza de agua a la boca, muy lentamente…

Ipso facto retira la taza de sus labios, hace una mueca de rabia y le tuerce los ojos a la comedida… ¡Ha sido caldo de gallina hirviendo…!

Y, como siempre ha sucedido en el mundo y en la historia del Ecuador, no faltan los chistositos de siempre…

Dos jóvenes, arrimados a la pared de la tienda, viendo el amargo rictus del señor Presidente y ocurridos como todo adolescente del mundo y todo quiteño de siempre, lanzan una broma, pero ni siquiera en voz alta, sino entre ellos y la plebe que está bien cerca: “¡Chuta, el Señor Jesucristo ha estado con hambre, porque desapareció la pechuga entera!”.

A la risa del populacho, les sigue la vista de rayo del Mandatario. No hace falta ni que hable. Los guardias arrestan de inmediato a los mozuelos y se los llevan presos. Veinte azotes por “chistositos” y un día en el panóptico por faltar el respeto al señor Presidente y a la Religión Católica.

Este pasaje, a no ser por la implacable novela de nuestra querida y olvidada escritora Alicia Yánez Cossío, desapareció para siempre de todo registro, libro y tesis académica de historia, pues la unanimidad conservadora impidió, desde entonces, que se hiciera mención de este hecho por los siglos de los siglos. Y los historiadores, gobiernos de derechas y periódicos, se encargaron de sepultar hasta los nombres de los guambras jocositos que se burlaron del líder más grande que diera el Ecuador en el siglo 19…

Capítulo 2:

“Una imagen vale más que mil palabras”

Las siguientes imágenes, son memes, de mal gusto e injuriosos incluso, colgados en la internet por muchachos o adultos en Argentina, Brasil, Bolivia, Uruguay, Chile y Colombia. Todos los memes son contrarios a Cristina Fernández, Dilma Rousseff, Evo Morales, Pepe Mujica, Michelle Bachelet y Juan Manuel Santos.

¿Sabe alguien si ellas y ellos, se ofendieron en público por esos memes?

¿Conoce alguien si esas presidentas y presidentes decidieron castigar, perseguir o sancionar a los chistosos e injuriosos subversivos de internet?

¿Alguien sabe si esos mandatarios ordenaron abrir una web para que se delate a quienes el poder considere que han ofendido o calumniado en la red social, a su buen nombre o a la majestad de sus cargos?

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Capítulo 3: 

“… Ríete nomás, ríe te digo…”

No sé por qué las desafortunadas medidas que acaba de ordenar el Presidente Rafael Correa para descubrir la identidad u obligar a que se devele, el ‘jocosito’ autor de “Crudo Ecuador” -una página de Facebook que tiene ya más de 300 mil seguidores y cuyo número aumenta a medida que en cada sabatina se la menciona-, me recordó el famoso bolero ‘Arrepentida’ en la voz del ecuatoriano Julio Jaramillo, y que culmina así:

“Ríete nomás, ríe te digo,

¡Pero no olvides que algún día sufrirás!

Cuando la vida te trate indiferente,

Y mires tardíamente lo que ya no tendrás,

Arrepentida buscarás alivio a tu alma,

Y entre lágrimas amargas sola y triste llorarás…”

¿Sabe a venganza, verdad? Es la eterna historia del bolero como significante de una cultura machista que pervive y condena al castigo del llanto, cuando no al feminicidio, y al pago social del arrepentimiento por ‘sus pecados’, a las mujeres que ríen, “por ingratas, infieles y traidoras”.

Bueno, hasta se entiende que sepa a venganza en historias de mediados de los cincuenta del siglo pasado. Pero en el siglo XXI, que la frase se haya vuelto recurrente en mi memoria al recordar ese bolero, apenas acaba de saberse en el mundo el gesto desafortunado de un presidente ante memes irreverentes y grotescos, debería preocupar a los boleristas.

Y es que un presidente inteligente, progresista, sensible con los más pobres, que ha hecho muchas, muchísimas cosas buenas que no deben desconocerse, no se puede dejar ver en esas lamentables medidas que uno espera de los Papas en la época de Pasquino. El poder -y más aún, uno de izquierda- no está para perseguir memes y premiar a los que delaten a quienes ponen comentarios fuera de lugar en las redes sociales, compañero Correa.

Es esencial recordar, por eso, al antes citado Gabriel García Moreno: creyente, inteligente, que hablaba en varios idiomas, trabajador incansable, estadista, constructor de universidades y carreteras, que invitaba a profesores europeos a cimentar la educación ecuatoriana, no pudo dominar su intolerancia, fanatismo, autoritarismo y rasgos dictatoriales que su carácter no había logrado domar de adolescente, y que ya en el cargo, lo llevaron a creer que podía imponer sus tesis con la simple fuerza de su razón, o a cambiar la Constitución para reelegirse indefinidamente, y hacer del país de Manuela Sáenz y Juan Montalvo, un convento, un panóptico y un penoso carrusel de clérigos y monaguillos europeos dictaminando lo que se debía hacer en la alcoba, la calle y el aula.

“La risa lleva a la duda” decían los conservadores padres fundadores de la iglesia católica. “¡Jesús no reía!”, exclamaban desde la bula o el púlpito los inquisidores.

No hay pueblo que no ría del poder; aunque sea calladito. No hay joven que no se burle del poder, a menos que sea un joven como dicen que Franco lo fue: tan serio que nadie lo vio reír nunca hasta que llegó al poder. Como ayer en la rebelión de los forajidos se usó el celular y el mail, no hay sociedad actual en el mundo, que no use el Facebook y el Twitter para subvertir, ofender, injuriar, insultar y –aunque no lo crean- para llamar a rectificar ciertas cosas que no están bien.

El pueblo ecuatoriano, y en especial el quiteño, a lo largo de la historia se ha reído y burlado de todos los gobiernos, de centro-izquierda o extrema-derecha por igual. Baste recordar anécdotas memorables de los gobiernos de Velasco Ibarra, Guillermo Rodríguez Lara, Abdalá Bucaram y Lucio Gutiérrez, por nombrar algunos. El “Loco” Velasco mandó presos a muchos, y dicen las malas lenguas que sus áulicos le hicieron comer excrementos a un periodista horroroso de la época.

¿Puede alguien imaginarse tomando medidas similares al doctor Rodrigo Borja, o al abogado Jaime Roldós Aguilera, a pesar de que eran víctimas diarias de ofensas, insultos y burlas grotescas?

El caso de uno de ellos, Bucaram, es sintomático. Reía, y a carcajadas, reía y mucho, insultaba y se burlaba de todo el mundo, en campaña y en los primeros tiempos de su gobierno. Luego, apenas arreció la burla y la chanza en su contra, perdió los estribos, el sentido del humor y su risa. Y luego, el poder…

Así que Presidente: ríase, por favor, ríase de ellos y con ellos, retuitée las burlas, difunda los memes en su contra, invítelos a que continúen bromeando, y tan solo aconséjeles que no permitan comentarios vejatorios y mensajes esperpénticos de coprófagos e hijos de mal padre.

Que nada le turbe.

Capítulo 4:

El poder absoluto, teme absolutamente

Eduardo Galeano en su historia “Pasquines”, narra que ‘pasquín o libelo, que quiere decir “escrito injurioso”, proviene de una estatua de Roma, en cuyo pecho y espalda, de aquel personaje de mármol llamado Pasquino, manos anónimas escribían sus ‘homenajes’ a los Papas, entre ellos a Pío V que mandó a la hoguera a más de un sospechoso de escribir pasquines’:

“La horca, el fuego lento y todos tus tormentos, no me asustan, buen Pío.

Puedes mandarme quemar, pero no me harás callar. De piedra soy.

Me río, y te desafío”.

Es recomendable leer el capítulo sobre la risa, de la memorable novela de Umberto Eco, “El nombre de la rosa”. Ahí están varias claves históricas, sicológicas, sociológicas y filosóficas de por qué hay que reírse (con cuidado, eso sí), del poder que manda a no reír: “La risa mata el miedo, y sin el miedo, no hay lugar para ningún Dios”.

* PhD, Magister y Doctora en Sociología, Politología y Apreciación de Escenarios.