“Trogloditas, patriarcales, retrógrados, machistas y curuchupas”, así les definían, a los conservadores de derecha o de extrema derecha, en todo el continente latinoamericano y en su florido y libertario lenguaje, los izquierdistas del ayer antes de llegar al poder, o así les decían, también, a los conservadores de la sociedad y la política, las hoy calladas militantes de los movimientos sociales de mujeres en las anteriores décadas, o los diletantes intelectuales de izquierda, que a esos tremebundos terminajos añadían las infaltables categorías: “Imperialismo, Burguesía, Enemigo de clase, Capitalismo, Proletariado, Plustrabajo, Oligarquía” y, años más tarde, “Movimientos Sociales, Hegemonía, Imperio”.

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Por Alexis Ponce

Pero una vez en el poder, en casi todo el continente, era solo cosa de tiempo, de esperar, de vivir un poco, de rascar algo la piel de esa izquierda en el poder, o mejor dicho: de raspar, ver y remover un poco la cáscara de la Nueva Clase Política, que va más allá de la categoría formal -y poco práctica- de ‘Izquierda’ (debido a que, más bien, la mayoría de estos procesos, condensan todas las corrientes en su propio interior, la derecha, el centro y la izquierda, a la usanza del Cardenismo o del Peronismo en la mitad del siglo 20), para darse cuenta que “el conservador, el troglodita, el patriarcal, el retrógrado y el machista”, e incluso, en algunos casos, el homofóbico y el misógino, también abundan en la izquierda en el poder (como también es homofóbica, misógina, machista, patriarcal y troglodita, buena parte de la izquierda opositora, la izquierda social o partidaria que critica y cuestiona a los patriarcales de arriba, lo que abajo y en sus filas, calla, censura y oculta hace décadas como suciedad debajo de la alfombra).

Y es que una cosa que queda aprendida para las mujeres y los hombres feministas, para los y las defensoras de derechos humanos, revolucionarios o reformistas, en una década de gobiernos, liderazgos y presidentes de izquierda, es que por igual, y a montones, hay curuchupas y reaccionarios en la derecha como en la izquierda, en los burgueses o los obreros, en los de arriba y los de abajo, en CNN o Telesur, en Chillogallo o en la Shyris, en Samborondón o en Ciudad Yachay, en EEUU como en Rusia, en Miami o en Cuba, en el Pentágono o en la ALBA, en la OEA y la Unasur, en el PRI o en PAIS, en los sandinistas o los republicanos, en los amigos de Fox o los compañeros de Evo, en los seguidores de la Seguridad Democrática de Álvaro Uribe como en los de la Revolución Ciudadana de Rafael Correa, en los hombres duros del MAS Boliviano, como en los simpatizantes de Macri.

Esa primera lección, ya quedó aprendida. Vamos a la siguiente: Tras diez años de discursos, prácticas y leyes impunes en América Latina contra el género (que las curuchupadas de derecha y de izquierda lo etiquetan por igual como “ideología de género”), o contra las diversidades sexuales, los derechos reproductivos, el cuerpo femenino, el laicismo y las mujeres; queda muy claro, para las mujeres y hombres feministas, es decir para las personas conscientes de su ciudadanía y los derechos de las mujeres, que la izquierda en el poder, se llame ‘lactosada, deslactosada, tecnocrática, bolivariana, sandinista, ‘teologista’ de la liberación, ciudadana o indigenista’, y sus líderes -sean quienes lo sean-; que esas izquierdas en el poder, son tan curuchupas como la derecha en los temas de derechos, género, laicismo, diversidades sexuales, feminismo y educación sexual.

Si en el Ecuador revolucionario, ellas “deberían tener sexo solamente después de terminar la universidad”; ahora, el intelectual más destacado de Bolivia y América Latina -y Vicepresidente del gobierno boliviano- Álvaro García Linera, acaba de decir una perla, ‘de chiste’ por supuesto, como ‘de chiste’ se lanzan en la calle o el barrio bromas machistas, sexistas u homofóbicas que siempre evidencian al subconsciente: “Que primero se case, antes de entregarle la pruebita de amor a su novio”, es que le dijo a una joven -¿por joven?- ministra de salud.

Y Evo, el dirigente social que se convirtió en el primer presidente indígena del mundo, le vino a decir, a esa misma ministra de salud: “No quiero pensar que es lesbiana” (aunque acaba de disculparse mientras concluyo este escrito). Estemos claros de algo: es bueno que esa forma de pensar retrógrada florezca y se publique, para que nadie se llame a engaño. Seamos claros de otra evidencia silenciosa: los que se ríen con ellos, con todos ellos, los que los disculpan, adentro y afuera, los que elaboran descabelladas tesis para justificar ese injustificable machismo patriarcal, los que callan, son más peligrosos que “el neo-machismo que subyace en el neo-discurso del neo-poder”.

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Nunca olvido que en el 2004, indignó a las militancias sociales y partidarias de izquierda de entonces, la manera cómo le había tratado en las reuniones de gabinete en el palacio presidencial, el ex presidente Lucio Gutiérrez, a su ministra de Educación, la mujer y ejemplar pedagoga latinoamericana Rosa María Torres, cuota ministerial de su movimiento.

Ella denunció y renunció, con dignidad, que en las reuniones de gabinete, todo el tiempo es que el Dictócrata hacía chistes y alusiones de doble sentido a las mujeres del gabinete, por ser mujeres, y que cuando ella presentaba propuestas, Lucio -para risa de sus áulicos- es que salía con la muletilla: “Es que usted es mujer, ya viene a presentarnos cosas de mujeres”, etcétera. Claro, queda claro hoy en el continente, que si es la derecha, está mal y hay que condenar, rechazar, repudiar y carajear. Pero si son ellos, hay que callar. Ese silencio es otra lección aprendida: callar es traicionarse a uno mismo.

Y es que ante tanta pachotada revolucionari-patriarcal, la ONU calló, la OnuMujeres calló, las Presidentas mujeres callaron, las diputadas callaron, las militancias callaron, los revolucionarios y revolucionarias callaron. Si en los 60′ callaron la represión homofóbica masiva y los campos de confinamiento a los homosexuales en Cuba (las famosas UPAM) en nombre de la revolución; hoy es igual. ¿La tercera lección? En Latinoamérica siempre tuvimos una izquierda patriarcal; siempre. Y las excepciones fueron eso: excepciones.

Y fue debido a ese silencio de la capa más progresista de la sociedad, o de esos procesos, es que estos discursos reaccionarios del “curuchupismo de izquierda” de hoy, fueron en aumento, porque ya no deslizaban un desliz aislado, sino que expresaban una forma sistémica de pensamiento, que en el ejercicio del poder, es peligrosa, en tanto que ha desbaratado décadas, pero décadas enteras, de luchas multitudinarias y colectivas por los derechos de las mujeres, el laicismo o las identidades sexuales, por “la civilización de la tribu”, para parafrasear a Jorge Enrique Adoum. Estos curuchupismos son letales porque son de izquierda, donde se presupone que se reivindican valores y cambios de mentalidad, incluyendo la patriarcal, y porque legitiman el neo-machismo más dañino en nombre de intereses mayoritarios o causas superiores. Se convirtieron en pan de todos los días porque los demás, las y los progres no patriarcales, no hablaron en público, aunque sea en su modesta red social. Esa es la penúltima lección. Todo puede ser, pero no nos vengan a seguir diciendo que ese silencio o ese sistema de pensamiento patriarcal, misógino, machista y homofóbico es ‘progresista’, ¡por favor!

Cincuenta años después de haber sido creado por su autor, hoy tristemente se puede voltear la tortilla y decir, por igual, que el famoso verso bravo, del otrora querido poeta izquierdista Mario Benedetti, que tantos aplausos arrancaba en el graderío de la izquierda en Latinoamérica, fue no solo dedicado a los ‘momios’ de la derecha, sino a los ‘momios’ de la izquierda: “¡Y lávense la boca cuando digan revolución!”. En los 60, circuló como biblia izquierdista latinoamericana de todo grupo militante que se precie de tal, un texto del francés Régis Debray: “Revolución en la Revolución” donde sintetizaba la experiencia cubana. Hoy circula, y sin siquiera libros, esta suerte de “Involución en la revolución”.

Posdata picante: En cuanto a Evo, aunque acaba de disculparse por la barrabasada que dijo (que ya es bastante en gobernantes que no se disculpan de las barbaridades anti-género que han dicho); hoy le borro su nombre a mi plantita de ají. Mis plantas y flores todas tenían nombres, les puse nombres de la historia, la poesía, la cultura y la política mundial… Durante siete años, a mis rojas y hermosas matitas de ají, les puse el nombre ‘Evo’, en homenaje al Evo Morales. No, no se merece. Hoy lo quito y borro. Ayúdenme a encontrarle a mi mata de ají un nombre: el de una mujer heroica y no machista, ya fallecida por favor, y mejor si es de Bolivia.

* Defensor de DDHH. Colaborador de Mujeres Contando. Director de “La Cantera”.

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