Si eres mujer y vives en alguna de las ciudades de América Latina has tenido que soportar el acoso callejero a través de silbidos, ruidos, susurros, jadeos, frases y los consabidos piropos que se justifican como halagos. Ésta es una forma de violencia más frecuente de lo que imaginamos, que no tiene sanción y que requiere acciones ciudadanas para erradicarla. Perú es el primer país, de la región, en sancionar el acoso sexual en espacios públicos.


Vídeo realizado por Andrea Carrera

Por Mujeres Contando… en voz alta

Redacción y edición: Nelly Valbuena

Investigación y Reportería: Equipo Mujeres Contando-Ecuador

Marcela  Rincón, tiene 24 años y vive en Bogotá desde los 18. Ella y sus dos hermanas mayores, de 26 y 28, decidieron desde sus primeras salidas al centro de la ciudad cambiar su forma de vestir. Ninguna resistió las frases vulgares y las miradas incómodas que cada día recibían en la calle.

Como Marcela y sus hermanas muchas mujeres optan por cambiar su forma de vestir, otras evitan pasar por ciertas calles y algunas como Sandra Pérez creen que a “palabras necias oídos sordos”, pero no deja de sentirse incómoda.

El acoso callejero es una práctica violenta que restringe o limita la vida pública de las mujeres por eso hoy, desde Buenos Aires hasta Ciudad de México, existen grupos de mujeres y hombres que trabajan para poner “Alto el acoso callejero“.

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Una salida por las calles de Bogotá, Cali, Medellín, Quito, Guayaquil, Buenos Aires, Lima, Santiago, Montevideo o La Paz se puede convertir en una suerte de atropello que va desde el silbido que viene de un auto, las miradas devoradoras, los murmullos, las risas, los besos lanzados a ciertas partes de nuestros cuerpos, gestos, expresiones vulgares y, las frases típicas como: “Si cocinas como caminas…” y “mamita qué rica estás”.

El Acoso callejero está presente en todas nuestras ciudades, es parte de la cultura urbana, a tal punto que se considera como algo normal y natural que los hombres nos silben, nos vean morbosamente y nos lancen frases en las calles, “opiniones que no hemos pedido y que no queremos”, dice María Mercedes Zapata.

Es una práctica machista que se da en toda América Latina y que se valida social y culturalmente en cada ciudad. Por ejemplo, en Quito se asocia a la llamada “sal quiteña”, a la galantería y caballerosidad de los quiteños, tanto que en diciembre se realiza el Festival de los piropos. En Cali está relacionada con las canciones populares que exaltan la belleza femenina y la comparan con las flores y hasta con la ciudad.

Los hombres creen que están obligados a arrojar expresiones, frases y piropos al paso de una mujer y se espera que no nos molestemos y que incluso, agradezcamos el gesto.

El Instituto de Opinión Pública de Perú realizó en 2013, una encuesta, a nivel nacional,  en la que se indica que las mujeres jóvenes son las más afectadas. Siete de cada diez entrevistadas, entre 18 y 29 años indicó haber sido objeto, de por lo menos una forma de acoso sexual callejero. Una cifra que se amplía en Lima donde, nueve de cada diez mujeres señaló haber vivido esta experiencia.

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Foto: Diario Trome, Perú

Los piropos otra forma de acoso…

La cultura patriarcal hizo creer que a las mujeres nos gustan los piropos o silbidos pero no, no nos gustan, nos hacen sentir mal, no nos halagan y, más aún nunca nos han gustado pues como parte de la naturalización se piensa que existen piropos bonitos y otros no tanto y que unos nos gustan y otro no. Es parte de los mitos del acoso callejero que se validan entre algunos hombres e incluso ciertas mujeres.

La galantería es una de las características sociales y culturales que sostienen la aceptación del piropo como una práctica urbana.

Sofía Carvajal, comunicadora social, máster en Estudios de la Cultura y estudiosa del piropo en Cali, Bogotá y Quito considera que si bien es cierto el piropo callejero se debe entender dentro de la cultura de cada ciudad también es indispensable reconocer que éste determina “relaciones de poder entre géneros porque asigna papeles diferentes a mujeres y hombres”.

Desde esta lógica, sostiene que los hombres son los llamados a hacer piropos y las mujeres a recibirlos en silencio, por lo tanto “el piropo y la sensación de acoso afecta el ejercicio de la ciudadanía plena de las mujeres”.

Históricamente los hombres aprendieron, desde pequeños, a decirles cosas a las mujeres en la calle. Vieron que lo hacía su papá, sus tíos, sus hermanos mayores o amigos y lo repiten, en una acción aprendida, mecánica y sin reflexión.

Mujeres Contando salió a las calles de Quito para conocer la opinión de algunos jóvenes y encontró que en las nuevas generaciones de hombres existe la idea de que el acoso callejero no está bien y que es un irrespeto, sin embargo uno que otro cree que en lugar de lanzar “groserías” a las mujeres se les debe piropear y otros reconocen que se requiere de mucha educación para aprender a respetar los derechos de las mujeres.

En Quito se han implementado varias campañas para hacer visible este tipo de violencia entre ellas “Quiero andar tranquila calles sin acoso” (que no tuvo continuidad) y la “Campaña en contra del acoso en medios de transporte de Quito”, impulsada por la Vicealcaldesa Daniela Chacón; ésta cuenta con espacios de denuncia a través de las cabinas “Cuéntame” que están ubicadas en el sistema de transporte público.

Las jóvenes las más afectadas…

El acoso callejero es el acto verbal y no verbal, que sucede cuando un hombre desconocido se dirige a una mujer en la calle, parque o transporte público. También se da en espacios semi públicos como: centros comerciales, plazas de mercado, colegios y universidades.

Según el Observatorio Contra el Acoso Callejero de Chile “estas acciones son unidireccionales, es decir, no son consentidas por la víctima y quien acosa no tiene interés en entablar una comunicación real con la persona agredida”.

Paula Ávila nació en Lima y desde los 13 años recuerda que en su recorrido diario al colegio fue víctima del acoso de varios hombres, en la calle y en el transporte público. Cuando habló con sus compañeras descubrió que a ellas les ocurría lo mismo y que muchas veces cambiaron de calle, pues se sentían intimidadas y sin ganas de ir a clases.

Según Natalia Giraldo del Observatorio Contra el Acoso Callejero en Colombia  “Se trata de una invasión al espacio personal en el que los hombres se creen con el derecho de opinar sobre los cuerpos de las mujeres”, es decir que los hombres siguen creyendo que son dueños y que controlan nuestros cuerpos.

A pesar de ser un tipo de violencia que perturba la cotidianidad y la tranquilidad sicológica, especialmente de las mujeres más jóvenes, “en Colombia y en muchos países de latinoamerica no se toma como una violencia, esto impide que exista una normativa para sancionarla”.

Falta atención, denuncia y legislación…

Detrás del acoso callejero, del piropo en apariencia “inofensivo” existe una sugerencia sexual que las mujeres no debemos tolerar ni justificar. Elsie Aguilar, Asesora Presidencial del Consejo Nacional para la Igualdad de Género en Ecuador, reconoce que la violencia en los espacios públicos no se trata ni atiende suficientemente a pesar de que hoy es más visible. Considera que hay que “tomarse la ciudad” no individual sino colectivamente.

En lo que respeta a Ecuador no existe tipificación ni sanción, a pesar de las denuncias que las mujeres hacen de las agresiones que sufren en el transporte público. Desde la Marcha de las Putas Ecuador se hace un trabajo de concientización a la sociedad “para que todos y todas sepamos que somos responsables y actores de los cambios que puede haber”, afirma su Coordinadora Ana Almeida.

Aunque todavía hace falta mucho trabajo para lograr políticas públicas, educación y sanciones, no solo sociales sino legales, el acoso callejero hoy es más visible y en muchos espacios se le considera como una violencia contra las mujeres. Sin embargo, se requiere de mucho trabajo para lograr que todos los países de la región tengan el mismo propósito, sacarla de la normalización y erradicarla.

Por ahora, Perú se convirtió en un ejemplo para toda América Latina, al ser el primer país en aprobar un proyecto de Ley para prevenir y sancionar el acoso sexual en espacios públicos, el pasado 4 de marzo de 2015.

Campañas, educación y acciones ciudadanas… 

El acoso callejero es una forma de violencia de género que hoy es más visible gracias a iniciativas que buscan que las mujeres estemos seguras en los espacios públicos. Muchas de estas acciones surgieron porque las mujeres se cansaron y decidieron hablar en voz alta sobre los efectos que tienen estas expresiones o galanteos de desconocidos.

Una de ellas es la Acción Respeto: por una calle libre de acoso que nació en Argentina con un post de una joven y que hoy, cuenta con hombres y mujeres que trabajan por la misma causa. Mujeres Contando conversó con Gabriel Castillo, uno de los coordinadores de esta acción, que va más allá del trabajo en las redes sociales.

El acoso calejero es una violencia de género que todas las mujeres hemos vivido alguna vez en la vida, de tanto que se repite se naturalizó y normalizó en nuestras sociedades, al punto que entre sus mitos está la idea de que a las mujeres nos gusta y que nos sentimos complacidas. Pues no, no nos gusta y queremos denunciarla para que los hombres sepan lo que sentimos y cómo nos afecta.

No faltará quien diga que las mujeres también acosan y piropean a los hombres. Pues sí, también lo hacen pero nunca en la misma proporción y jamás con las consecuencias e impactos que tiene en las mujeres. No estamos justificando este hecho al revés de la cultura patriarcal, pues lo importante es saber ponerlo en la dimensión justa y no minimizar o desviar la atención sobre el acoso callejero a las mujeres.

Todavía hace falta mucho trabajo en toda la región, para que esta violencia sea denunciada y sancionada pero también para que hombres y mujeres nos eduquemos y exijamos cada vez más seguridad, para que Marcela, sus hermanas, María Mercedes, Paula y todas las mujeres podamos caminar, disfrutar y ejercer nuestra ciudadanía plena en el espacio público. ¡Es nuestro derecho!

* Andrea Carrera, Carolina Sigüenza, Bryan Enríquez, Karen Enríquez, Alejandra Rengifo, Santiago Andrade y Alejandra Gutiérrez.