Borrego: “dícese de la persona dócil que se somete a la voluntad ajena”. (Diccionario de la RAE)

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Foto: René Maltéte (Francia). / “La mayoría son ustedes”.

Por Alexis Ponce

En la actualidad reciente (‘reciente’ porque no sobrepasa ocho años de su utilización reiterada, a manera de martillo-pilón, en las redes sociales), la aldea macondiana llamada Ecuador ha visto cómo una palabra: “borrego”, ha sido asumida como término cuestionador y crítico al poder; y, sobre todo, a quienes están en él o lo apoyan. Más, cosa interesante, históricamente el término apareció en este país como insulto y/o mofa usada por los grupos sociales más conservadores, especialmente de la Sierra y los defensores del statu-quo, contra quienes se alzaban.

Así, por ejemplo, en las reseñas históricas, “Indios borregos” aparece como el dicho predilecto de terratenientes, o de la población blanco-mestiza de las ciudades castizas (verbigracia: Ibarra, la “ciudad blanca”, título surgido en antítesis a “la ciudad de los indios” -Otavalo-) y de los pequeños propietarios -que siempre se creían grandes- en la parroquia que desde entonces la llamaron “nación”.

En el lenguaje heredado por las costumbres, no se recuerda la tradicional carga, arrastrada desde la colonia en el léxico. “Indios borregos” en el siglo XIX ya se usaba para etiquetar a “los indios borregos de Daquilema”. Y éstos eran nada menos que los diez mil indígenas que se insurreccionaron en masa junto a ese muchacho de 26 años de edad, en Cacha, donde el diezmo españolete, herencia de los chapetones, aún le era cobrado abusivamente al pobrerío por los arrogantes funcionarios mestizos del régimen de ‘el santo del patíbulo’ (“Parece paloma blanca, parece García Moreno”, decía una nana infantil de la época).

“Indios borregos” es el insulto a los indígenas durante los numerosos y sucesivos levantamientos que tomaron fuerza desde la década de los 90; “borregos” es el término castizo que se usó contra los obreros que se juntaron y alzaron contra la plusvalía, los industriales y empresarios de las cámaras en la inicial configuración del poderoso movimiento obrero organizado en el cordón fabril de Quito en los 70, y -sobre todo-, en las emblemáticas huelgas nacionales obreras de los 80.

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El término “borrego”, por lo tanto, es una construcción cultural y social, que va haciéndose parte del léxico y la mentalidad nacional a lo largo de décadas; no es una palabra surgida de la noche a la mañana, sino que se fue amasando, como otra voz: “argolla” -ya presente en el siglo XIX, usada por los liberales alfaristas; o el infame vocablo “roscas”, en el siglo XIX y XX esgrimido por los señores de hacienda, luego por la clase media serrana y, al final, por el mismo pobrerío aindiado de las ciudades, para referirse a los indígenas del campo y al migrante de la comunidad en las capitales.

Afiche: de Mayo del 68.

Recuerdo muy bien que con el término ovejuno, los chicos conservadores de mi colegio, los profes conservadores del ‘Mejía’ y los policías de la época (redundante decirles conservadores), intentaban ofender a los miles de muchachos del plantel que rompían gustosamente el contrato social del conformismo -y las puertas del establecimiento-, y que salían en ríadas a ‘las bullas’, a protestar contra el gobierno transicional del capitalismo del Estado gendarme al capitalismo neoliberal, O. Hurtado; ó contra el régimen de León Febres Cordero. Así les etiquetaban a los miles de muchachos: “¡Los que salen a bullas -además del consabido “vagos”- son borregos del Ponce!” (Cabe mencionar que fui dirigente estudiantil en aquellos años); ó “los borregos de la R” -nuestro frente secundario-; ó “los borregos del MIR”, según quiénes lo decían.

Era una referencia bastante primaria, por cierto, pues pretendía hacer creer a la gente -ya se auto creían previamente los mismos que lo decían- que todo aquel que protestaba o apoyaba toda rebeldía anti-sistema, era porque asumía un parecido obediente -“¡y comunista, además!”- a aquel animalito afelpado, lanudo y bíblico -¿Sería porque íbamos ‘como ovejas al matadero’ febrescorderista?-.

Pero, ¡oh!, maravilla: de manera abismalmente diferente, es decir como referencia irónica contra el poder y burlón cuestionamiento en la Francia de los estudiantes rebeldes de Mayo del ’68, la nueva generación aludía a este término para rechazar el comportamiento de una mayoría aborregada que seguía apoyando al -para entonces ya decadente- presidente Charles de Gaulle y a la modorra del capitalismo estable.

La pregunta, poco evidente, porque nadie se la ha hecho públicamente, es: ¿Y será que en el actual uso de este término en el Ecuador, sobre todo en la red social, hay ‘influencia libertaria francesa del Mayo del 68’? (Poco probable, pues -por desgracia- esa experiencia le fue algo lejana a este país). O -como lo intuyo- ¿hay más bien una desconocida y atávica costumbre conservadora, heredada de los latifundistas serranos contra el resto, para endilgarle al adversario una ‘ovejera condición innata’ que tiene su origen, nacionalmente hablando, en la incapacidad de creer que el otro se mueva por ideas y no (solo) por plata, sánduches o colas? ¿O como nos decían desde los tiempos de la Guerra Fría los anti-comunistas de la clase media desheredada de la parroquia a los guambras que a fines de los 70 nos iniciábamos en la lectura de Marx, Rimbaud, el Che y la preparación de la molotóv: “¡Los comunistas les lavan el cerebro!”?

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De Noam Chomsky aprendí que las palabras tienen un origen y una razón de ser, que hay que buscarlo y hallarla, que cada palabra, especialmente aquellas que damos por hechas y de uso ‘normal’, tienen una carga cultural insospechada, y que las palabras que usas encierran una ideología: la manera de pensar, primaria o compleja, se delata siempre en la manera de hablar y, sobre todo, en la manera cómo tratas al adversario.

Bien, pues: ahora les invito a imaginar cómo habla ahora el arriba y cómo habla hoy el abajo. Imaginemos cómo hablan la derecha y la izquierda. Imaginemos cómo habla el poder, la ‘sociedad civil’ y las redes sociales. Imaginemos cómo hablan la cúspide y la base. Y cómo habla el centro y cómo la periferia… ¿Ya imaginamos el hablar de todos?

Ahora, el resto es solo cosa de darse cuenta nomás: de la triste pobreza conceptual que hoy inunda al Ecuador. Todo el debate, de un país entero, inculto y curuchupa (conservador) políticamente hablando, se define en esta binaria forma de lenguaje: “tira-piedras” vs. “borregos”.

12607216_970426009659772_1314813311_n.jpgNo me cuadran ni los unos ni los otros usos, porque ambos lenguajes degradan un país al hablar de su era latifundista, chapetona y curuchupa: porque expresan la pobreza política de una sociedad, paradójicamente, despolitizada. No me siento representado ni por un artista que se asume “borrego” con orgullo lanar; ni por una red social pavloviana que, a la manera del can del célebre fisiólogo ruso, apenas mira, oye, siente o sospecha a un contrincante, empieza a vociferar: “borrego, borrego, borrego”.

Ambos lenguajes de hacendado, por lo menos electoralmente, serán pronto cosa del pasado. Un país distinto deberá usar otros términos, otro lenguaje, otro idioma de acercamiento al otro, o de distanciamiento incluso, para referirse al adversario, al enemigo, al amigo, o simplemente al que piensa diferente. Es hora de inaugurar otro estilo idiomático, de lenguaje y de léxico en el trato cotidiano. En un lado y en el otro: en todos los lados y niveles.

El Ecuador votante del año 2017 tendrá muy en cuenta esta sutileza. ¿Apostamos?