Las mujeres no identificamos las violaciones a nuestros derechos, las confundimos o justificamos debido a la carga histórica, social y cultural que nos hace ocultar los malos tratos y el sufrimiento. Las agresiones con palabras son muy frecuentes en las relaciones de pareja, de amistad, familiares o laborales; sin embargo, no se consideran violaciones.

Por Nelly Valbuena Bedoya

Se han llegado a naturalizar, en broma o en discusiones cotidianas, frases como: “vieja bruta”, “no sirves para nada”, “eres una mantenida”, “mujer al volante, peligro constante”, “estás gorda y horrible”,  “inútil”, “mujer tenías que ser”, “no levantas ni polvo”, “solterona”, “cualquiera”, “no das ni lástima”, “eres insoportable”, “vieja histérica”, “pareces payaso”, “aunque pegue, aunque mate, marido es” y “ahora entiendo por qué te dejó mi papá”.

Estas palabras generan tristeza, depresión, rencor, baja autoestima y traumas que en muchos casos llevan a desarrollar enfermedades mentales y físicas. Sus huellas no son tan evidentes como las que dejan los ataques físicos que se delatan por morados, cicatrices o fracturas.

Las agresiones verbales son formas de violencia tan graves como los golpes, las bofetadas, los pellizcos, los empujones, las patadas, los tirones del pelo, o las comunes mechoneadas.

Las mujeres violentadas verbalmente se culpabilizan por lo ocurrido y justifican al agresor, afirman haberlos conducido al maltrato, e inclus o argumentan que no fueron ‘comprensivas’, dejando más invisible aún esta violencia. En la mayoría de los casos ni siquiera se atreven a comentarla y solo se destapa socialmente, cuando de las palabras se pasa a la agresión física, una línea directa e inevitable.

“La que calla otorga”Captura de pantalla 2016-08-07 a las 12.52.48 p.m.

Tradicionalmente a las mujeres se nos enseñó a guardar silencio y a no evidenciar lo que nos pasa puertas adentro de nuestros hogares o en el trabajo. “Una dama debe mantener la compostura y no andar hablando de su vida privada”, aconsejaban las abuelas y madres a las niñas y jóvenes. A las recién casadas se les pedía resignación y mucha comprensión con sus esposos y como si fuera poco, la clave para conservar el empleo era “no hablar de más” pues   “una señorita o señora no debe estar envuelta en el qué dirán”. Así pues, si el jefe te grita o dice malas palabras “no le hagas caso que ya se le pasará el enojo”.

Pero la insistencia estaba, con mayor fuerza, en el ámbito de lo privado. “Si el marido está de mal genio o agresivo es porque tuvo mucho trabajo o está cansado, así que mijita, debe comprenderlo, quedarse callada, no provocarlo con palabras necias; con reclamos innecesarios”. El secreto, entonces, para “mantener el hogar” era practicar la reserva y el sigilo, pero “la procesión iba por dentro”.

Hablar de lo que nos ocurre fue y sigue siendo mal visto en la sociedad; incluso se llegó a pensar que nos encanta hablar mal de los maridos, novios, amigos, padres, hijos o jefes y que por lo tanto nos ‘gusta’ el mal trato. Se hizo de la frase “porque te quiero te aporrio” una naturalización popular de la violencia asociada, nada menos que al amor. Con frecuencia escuchamos decir: “debe ser que le gusta, porque ahí sigue”.

El ‘castigo’ está asociado al maltrato físico, pero también es verbal, porque las palabras golpean el alma y con el tiempo lesionan el cuerpo.

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