La Ruta Pacífica de las Mujeres recibió hace unos días el Premio Nacional de Paz en Colombia. Este movimiento formado por más de 400 organizaciones y 10000 mujeres ejemplifica mejor que nadie el significado del 25 de noviembre, día internacional contra la violencia de género. Con ellas compartí tres grandes movilizaciones que nunca olvidaré y que ahora rememoro en esta crónica.

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Por Javier Sule

Los ojos de Edylma Noguera se llenan de lágrimas al relatar su historia: “Éramos campesinos, vivíamos tranquilos, pero llegaron los paramilitares. Tuvimos que irnos porque violaban a las niñas y a las mujeres, mataban a inocentes y amenazaban con reclutar a mis hijos de nueve y once años”. El suyo es el rostro del sufrimiento y el dolor que vive Colombia tras más de medio siglo de conflicto entre el Ejército, las paramilitares la guerrilla. Sin embargo, en medio de esta guerra eterna, las mujeres representan también la cara más visible de la resistencia.

Cada 25 de noviembre miles de ellas se tomaban las carreteras, los caminos y hasta los ríos de su país. Recorrían hasta 1500 kilómetros en caravana para llegar a donde nadie se atrevía a ir.  Eran mujeres de la Ruta Pacífica de las Mujeres, un movimiento contra la guerra que cada año en esta misma fecha, emprendían su gran viaje para protestar pacíficamente contra el conflicto armado y sacar a la luz los terribles efectos que tiene sobre la población femenina, pero también para decir a quienes sufrían que no estaban solas.

“No parimos hijos e hijas para la guerra”

“Construimos  otras maneras de pronunciarnos en un país que tiene miles de formas para silenciarnos – explica Osana Medina, de la Casa de la Mujer de Bogotá, una de las 453 asociaciones que integran la Ruta Pacífica. “Nos agrupábamos – continua Medina- para exigir el cese de la violencia, para decir al mundo que no queremos parir hijos e hijas para la guerra, para exigir el derecho a la paz, a soñar con un país en el que la vida y la muerte sean naturales, no como ahora, en el que nos siguen matando por organizarnos y participar”.

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En todos estos años, cada 25 de noviembre, las mujeres de la Ruta viajaban a las regiones más alejadas del país. Un año lo hicieron a Nariño, en el sur, en la frontera con Ecuador. Desde allí denunciaron que alrededor de 250000 colombianos habían tenido que desplazarse al país vecino huyendo del conflicto. “Las mujeres paz haremos”, “Ni guerra que nos destruya, ni paz que nos oprima” y “El cuerpo de las mujeres no es botín de guerra” fueron algunos de los lemas que lucían siempre en todas esas movilizaciones.

Viaje a la reconciliación

Cada 25 de noviembre, mujeres de todas las edades, colores y condiciones sociales recorrían miles de kilómetros hacia las zonas que más sufrían la guerra. “El camino que recorríamos nos reiteraba que podíamos ser un soporte para construir la paz y buscar caminos hacia la reconciliación. Para las mujeres recorrer las carreteras significaba contarle a esa Colombia que el país nos pertenecía y que lo sentíamos en nuestra piel. Nuestra idea, además, siempre fue exigir la desmilitarización, recuperar el territorio para los civiles” afirma Irina Ortiz, una de las integrantes del movimiento.

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Las marchas de los 25 de noviembre eran toda una odisea. Realizaron como 15, pero sólo en una ocasión no pudieron llegar a su destino; los guerrilleros habían incendiado dos camiones en el camino y no pudieron pasar.  Lo volvieron a intentar al año siguiente a la misma región en un trayecto lleno de penurias. Y lo lograron. La caravana con más de 40 autobuses y cientos de mujeres se dirigía a la selvática región del Chocó, por una carretera sin asfaltar en medio de torrenciales lluvias. A su paso en la cuneta y continuos retenes militares. Tuvieron que llenar de piedras los grandes baches de la carretera para pasarlos empujando entre todas los autobuses que quedaban atrapados en el barro. Total, un viaje que en condiciones normales hubieran hecho en 12 horas duró dos días enteros.

Las principales víctimas

¿Cómo afecta a las mujeres el conflicto que vive Colombia? Esta reflexión llevó a cuatro líderes feministas a crear en 1996 la Ruta Pacífica de las Mujeres. “Queríamos conocer su cotidianidad en medio de la guerra, solidarizarnos con ellas y convertirnos en actoras de paz. Nuestra propuesta era una salida negociada del conflicto y un proceso de paz como se está dando ahora en La Habana en el que seguimos queriendo que se garantice el derecho a la verdad, la justicia, la reparación y la memoria” cuenta María Eugenia Sánchez, una de las promotoras.

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Tras más de cinco décadas de conflicto, Colombia acumula casi seis millones de víctimas contando diferentes tipos de afectaciones. Muchísimas de esas víctimas son mujeres.  La Ruta Pacífica siempre denunció que los actores del conflicto armado usan la violencia física, sexual y psicológica contra ellas, como una estrategia de guerra, con absoluta impunidad. Son las mujeres las que sufren de manera muy intensa una guerra que, además de destruir el tejido familiar, las convierte en víctimas directas de masacres, asesinatos, desapariciones, violaciones y abusos sexuales, desplazamiento forzado de sus territorios y reclutamiento también forzado para hacer labores domésticas, ser sometidas a explotación sexual e incluso obligadas a combatir.

Mucho se ha había hablado, escrito y constatado sobre cómo la guerra afecta a la vida y el cuerpo de las mujeres, pero pocas veces un trabajo había sido capaz de recoger el testimonio de 1000 mujeres colombianas que han sufrido los horrores de la violencia del conflicto armado. Eso es lo que hizo también un informe elaborado el año pasado por la Ruta Pacífica titulado “La verdad de las mujeres” Se trata de un documento de enorme valor para la memoria histórica de la guerra en Colombia y que a la vez se constituye ya como una auténtica comisión de la verdad con todo lo que ello implica.

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En dos tomos de más de 500 páginas cada uno se reflejan las diferentes violencias que los actores armados ejercen contra las mujeres, sus consecuencias, así como las formas de afrontarlas y de rehacer o no sus vidas. Son historias muy duras que hablan de violencia sexual, de masacres, de la pérdida o desaparición forzada de sus seres queridos, de cómo muchas se vieron obligadas a desplazarse y abandonar sus lugares de vida y de trabajo. En definitiva, de cuantas formas de violencia el conflicto armado ha desplegado contra la mujer.

Todos los grupos armados; paramilitares, guerrilla y ejército, en mayor o menor medida, han sido responsables de violaciones de derechos humanos contra las mujeres. “Estos guerreros despliegan actitudes, lenguajes, signos y símbolos asociados al poderío masculino que producen temor en las mujeres. La militarización de amplios territorios genera formas de dominación y control sobre las vidas de las mujeres”, indica el informe.

El Premio Nacional de Paz que la Ruta Pacífica recibió es un reconocimiento de toda Colombia a las más de 10000 mujeres que forman el movimiento y a las mujeres de todo el país que sufrieron y sufren la violencia y a las que la Ruta siempre trató acompañar y visibilizar.

Texto originalmente publicado en

Ruta Pacífica, las caminantes de la paz