Marcia es una experta empacando. A fuerza de salvar la vida aprendió a cargar lo necesario en una bolsa. Su existencia, y la de los integrantes de su familia, se convirtió en un periplo eterno que llegó hace más de tres años a Quito.

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Por Nelly Valbuena Bedoya

– Desde pequeña aprendí a trabajar – dice con voz fuerte y un acento marcadamente colombiano.

Con una cuchara sopera les da vueltas a las empanadas y las cubre con aceite hirviendo. Su hermana llegará en minutos para ir a venderlas, con café negro, en las calles del barrio Carapungo, al norte de la ciudad, donde viven desde que llegaron a la capital de Ecuador.

– Esto ha sido muy verraco. A los ocho días de haber llegado ya sabíamos que no encajábamos. Los vecinos empezaron a cuchichear  que éramos muchos, que ¡qué horror todos esos colombianos! Y es que la verdad, siete mocosos hacen mucha bulla.

Marcia voltea a mirar a su pequeño de tres años, que está sobre una de las cuatro camas que apenas dejan espacio para caminar. En un rincón se ven apiladas cinco maletas y bolsas con ropa. Una organización milimétrica, como la disposición de una lata de sardinas, permite acomodar no sólo a trece personas sino dejar un espacio para la cocina. Una cortina de plástico hace la división, pero el aire se siente pesado. Es una mezcla indefinida de olores a fritanga y sudor.

– Las empanadas vinieron después. Al comienzo quisimos vender tamales pero los vendedores del barrio se opusieron. Decían que ellos llevaban mucho tiempo ahí  y nosotros éramos los recién llegados.

Deja escapar un suspiro hondo y resignado que se estrella con una chispa de aceite. Cuando se ha vivido más de  la mitad de la vida en desplazamiento forzoso se aprende a resistir los desplantes y las miradas de “algo habrán hecho”, o “por algo sería”.

Esta historia sin final comenzó a sus 16 años, cuando un grupo armado ilegal, del cual prefiere no dar el nombre, mató a su padre porque se negó a pagar “las vacunas” o impuestos que acostumbraban a cobrar en los territorios de su dominio. Zonas por lo general fuera del control del Estado y a merced del poder de los armados. En medio del desamparo, sus hermanos y Marcia se dedicaron a trabajar la finca.

Dos años después su hermano mayor se casó y partieron los terrenos, pero siguieron trabajando, hombro a hombro, en la siembra de arroz. En cada cosecha, contrataban obreros a destajo de todas partes del país. Entre los jornaleros, llegó un joven alto, escuálido, de ojos saltones, piel cetrina y una cicatriz en la mano izquierda. El flechazo fue inmediato y, en un abrir y cerrar de ojos, se vio embarazada y en compañía de un hombre de buen humor y trabajador.

Marcia no quita la mirada del aceite y, como desde “La tierra del olvido”, de Carlos Vives, se le escucha decir:

– ¿Quién iba a pensarlo? Nunca supe mucho sobre él pero un día amaneció y ya no tuve más la sonrisa del primer amor. Desapareció y no supe nada, hasta que empezó a perseguirme.

Habían pasado cuatro años. Tenía un nuevo esposo que había conocido en Bogotá y estaba embarazada de su segunda hija. Marcia creía que era dueña de su destino, cuando llegaron unos hombres encapuchados a su casa, destrozaron lo que encontraron a su paso y le dieron media hora para salir con su marido de la finca que había heredado de sus padres.

Marcia y su marido huyeron a Bogotá. Veinte días después, supo que la niña había muerto en su vientre. Desde esa noche la persecución no cesó y se extendió a las familias de sus hermanos.

– Primero estuvimos en Ibagué, Cali y Medellín. Después volvimos a Bogotá. No importaba dónde nos escondiéramos, ahí llegaba el padre de mi primer hijo. Decía que quería explicarme por qué nos había abandonado cuando se fue a un grupo armado y, que además quería conocer a su hijo. Varias veces intentó secuestrar al pequeño, en la escuela y en presencia de Marcia, quien, por oponerse, recibió varias golpizas.

En los pasillos de la Fiscalía, en Colombia, alguien le habló de Ecuador como una opción segura.  Pero Marcia ignoraba que el conflicto armado, hacía años, había atravesado las fronteras. Los impactos del Plan Colombia activaron la xenofobia. Mientras se alejaban las posibilidades de negociación en El Caguán y los tambores de guerra de Álvaro Uribe retumbaban, las cifras de las personas refugiadas crecían, tanto en las poblaciones fronterizas como en la capital.

El Grupo de Monitoreo de Impactos del Plan Colombia, en octubre de 2003, en plena presidencia de Álvaro Uribe Vélez aseguró que “el desplazamiento de población colombiana a Ecuador aumentó entre 2002 y 2003. El ascenso vertiginoso se produjo desde agosto de 2002 y se expresó en un aumento porcentual del 461%. Según el Departamento de Movilidad Humana de la Iglesia de San Miguel de Sucumbíos, en el primer trimestre de 2003 ingresaron 3.888 colombianos, en su mayoría mujeres y niños.”

Este arribo masivo provocó la reacción de algunos sectores de la sociedad ecuatoriana. El 13 de agosto de 2003, Alexis Ponce, defensor de derechos humanos, describía así esta realidad de la xenofobia en su artículo “El flautista de Hamelin”: “¡Fuera los colombianos!” dicen varios carteles en la mayor marcha que haya visto Quito hace mucho tiempo. Esta multitud, cincuenta mil almas según los organizadores, entre ellos colegiales obligados a marchar, gritaban en el navideño diciembre de 2002 contra la inseguridad ciudadana, que aumentó en las urbes durante los últimos años. “Que se vayan los colombianos”, “Cierren la frontera”(…) “La delincuencia y el crimen provienen de Colombia.”

El mismo lugar de donde vinieron Marcia y su familia.

Titulares enrojecidos abrían los noticieros: “Colombianos asaltan bus”,”Colombianas deportadas por prostitución”“Tenían acento colombiano, dice testigo de robo”.

– A todos nos meten en el mismo saco, pero no todos somos iguales. Algunos somos trabajadores y otros son ladrones como les pasa también a los ecuatorianos aquí y en España.

Once años después, no hay carteles, ni marchas, pero el temor y las miradas persisten. La familia de Marcia lo sabe de memoria. A su hermana la agredieron por intentar trabajar en la calle y sus hijos son maltratados en los colegios solo por ser colombianos, por la forma como hablan o como se visten.

Marcia saca con rabia las empanadas del aceite hirviendo…

– Lo que me revienta es que la gente cree que las palabras se las lleva el viento.

 El nombre fue cambiado para proteger la identidad del personaje, pero sobre todo para darle tranquilidad y seguridad a esta mujer, que pese a estar a cientos de kilómetros de su tierra natal, se siente intranquila y muy vulnerable.

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