Desde el siglo XIX, como bien lo dice Cristina Carrasco,  las escritoras feministas evidenciaron el derecho de las mujeres a acceder a un empleo remunerado en lo público, no a un trabajo porque éste ya hacia parte de lo privado y sin remuneración. Las desigualdades laborales y salariales entre hombres y mujeres, desde el feminismo tomaron fuerza en los años sesenta y en las décadas siguientes.

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Por Nelly Valbuena Bedoya

Esta desigualdad, pese a la formación académica, cada vez más amplia de las mujeres y a que un gran número tenemos empleo es discriminatoria, incluso cuando un hombre y una mujer desempeñan la misma labor. Ejemplos se dan en las gerencias de los bancos y en el trabajo intelectual.

Por lo tanto, la crítica feminista está orientada hacia los modelos económicos tradicionales y a los procesos de desarrollo económico para las mujeres, pues el modelo de acumulación euro centrista sigue prevaleciendo y las mujeres seguimos teniendo trabajo en la esfera de lo privado sin paga y empleos subvalorados en la pública, duplicando las jornadas laborales y haciéndonos creer que cada vez ganamos más terreno en las actividades profesionales e intelectuales respecto a los hombres, pero no en el desarrollo humano que se busca para nosotras.

Como consecuencia tenemos una precarización laboral extendida, entre las mujeres de todas las clases sociales pero con mayor incidencia en las mujeres rurales, como lo anota Lourdes Beneria, pero también en las mujeres migrantes, desplazadas, refugiadas y mineras. Éstas últimas desempeñan labores del hogar desde tempranas horas, cargan a pie -en pesadas y calientes ollas-, la alimentación para los hombres y luego trabajan en las minas, hasta bien entrada la noche, junto a ellos. Pero ahí no termina la jornada, al regresar a la casa siguen atendiendo a los hijos y al marido.

Hay que considerar también aquí a las mujeres que viven con el VIH/Sida, a quienes en su mayoría, con múltiples argucias se las despide de los empleos tras conocer su diagnóstico, luego se las estigmatiza y relega a la economía informal y al trabajo en el hogar.

Finalmente está el tema de las periferias y el norte, pues no es lo mismo ser mujer en los países periféricos que en Europa o los Estados Unidos,  a pesar de la crisis económica actual, que afecta de manera directa a las mujeres.

En otras palabras el sistema capitalista patriarcal sostiene prácticas políticas, económicas, sociales y culturales que fortalecen las diferencias entre hombres y mujeres, quienes, además asumimos en la vida privada roles como “reproductoras”, “cuidadoras”, “proveedoras” y el de “productoras” en la vida pública, un espacio en donde los salarios son desiguales y en donde tenemos que afrontar invisibilidad, acosos sexuales e incluso despidos por enfermedades o  embarazos.

Desde esta perspectiva el feminismo también cuestiona las condiciones en las que trabajamos las mujeres, las relaciones económicas e interpersonales y la ausencia de una economía del cuidado, en la que las mujeres somos las que más aportamos, incluso si no tenemos empleo remunerado en la vida pública. Así pues el trabajo doméstico expresa claramente las relaciones entre el sistema patriarcal y el sistema económico  capitalista, para el que nuestra fuerza de trabajo en el hogar es fundamental pero no tiene en cuenta su costo.