“Se ocultaba en los pilares

de los viejos pasadizos

para esconder el hijo

que pronto le iba a llegar,

fue difícil esconder

en un pobre delantal

los tres meses demás…”

“Cuando Agosto era 21”, Fernando Ubiergo

Captura de pantalla 2016-08-07 a las 2.55.18 p.m.

Un grito inquebrantable desgarra con precisión de relojero el pesado silencio de las madrugadas. Como si se tratará de un estridente despertador extremadamente puntual, Joaquín se encarga, desde hace un mes, de levantar a su madre, una niña de apenas 13 años que vive al sur de Quito.

Por Nelly Valbuena Bedoya

Son las tres de la madrugada y Ana María *, olvidándose de los 22 puntos que le dejó la cesárea, salta como un resorte de su estrecha cama. Se dobla, todavía sonámbula, sobre el pequeño canasto que su hermana mayor le obsequió y que hace las veces de cuna, para intentar calmar a Joaquín con un ‘chupón’, pues -“para colmo de males, dice con una voz abandonada a la resignación – no puedo amamantarlo, porque casi no tengo senos y no me sale leche”.

Y no es que no lo haya intentado. Las dos primeras semanas, haciéndoles caso a las enfermeras, al médico que la atendió en el momento de dar a luz y a su propia mamá, Ana María acomodaba al pequeño Joaquín en su estrecha camita de niña adolescente: 90 centímetros de ancho apenas, donde cabían -apretadas- ambas criaturas y donde, casi dormida y aún adolorida por el parto, se desabotonaba la camisa de dormir y pegaba  la boquita del bebé, primero a una mama y luego a la otra.

El bebé succionaba sin lograr sacar ni una gota de leche, hasta que decepcionado por el fracaso del esfuerzo, despertaba a familiares y vecinos con un llanto que superaba los 90 decibeles.

–   Creo que eran más de noventa, pues toda mi familia se desvelaba y la vecina venía siempre al otro día y me decía que había oído al ´guagua´ como a eso de las tres y media de la madrugada. Lo único que logré sacar, a más de los 22 puntos, fueron dos heridas en los pezones que ardían como si me echaran limón”.

“Y salía del colegio

con un siete en la libreta

y en el vientre una cometa

que pronto querrá volar,

y se iba a caminar

y se iba a preguntar

por las calles, sin final…”

Captura de pantalla 2016-08-07 a las 2.55.39 p.m.

Mientras su bebé se entretiene con el “chupón” de plástico, la niña-mamá se desplaza con dificultad en los dos metros cuadrados de su habitación,  en la que milagrosamente su familia le ayudó a acomodar la cama, la ‘cuna’ del bebé, una cómoda pequeña con la ropita de ambos, un velador y una mesa en donde pusieron un termo -que permanece con agua hervida y caliente-, dos biberones pequeños, una cuchara y un tarro de leche en polvo.

En el velador están los paños húmedos, un paquete de pañales y un sonajero. Sobre la cómoda amontonaron los peluches y muñecas de Ana María, que ahora se confunden con unos pocos juguetes del bebé.

En consuelo intenta disimular la sensación de culpa que no se le va, desde aquel martes en que  junto a su enamorado de 15 años, recibió la noticia del embarazo, mientras Ana María pone dos onzas de agua y dos cucharadas de leche en polvo dentro del biberón, dice:

–  El pediatra me dijo que le de esta leche – señalando el tarro- que no reemplaza la leche materna, pero que es muy buena. Así ha de ser, pues…

Al enterarse del embarazo, el enamorado le dijo que no se preocupara, que juntos saldrían de esta situación, pero pasaron tres largos meses, entre peleas y disputas diarias que les impedía hablar con sus respectivas familias.

Una noche tomó la decisión de contarle a su única hermana la noticia, pues ya pronto la barriga empezaría a notársele y su sentimiento de culpa resguardado en temor indecible por el futuro, la sumía en un aislamiento permanente y silencios interminables. Varias veces su hermana, sin saber nada de lo que le ocurría, le dijo que ya parecía un ente.

–   Hasta ese momento yo no había ido a ningún control prenatal y como soy flaca y chiquita, no se notaba nada. Es más, creo que por la preocupación me arruiné más y en lugar de subir de peso, bajé. Yo no sé cómo fue que el niño salió tan grande. Creo que se creció en los últimos cinco meses cuando por fin pude hablar. Al comienzo sólo iba al cole y volvía a casa sin decirle nada a nadie. Después vinieron las miradas recriminadoras de los profesores en el colegio y de la gente en la calle cuando veía mi barriga crecer. Y de vez en cuando la familia me hablaba diciéndome que me había dañado la vida para siempre.

“Y se fue adonde un cura

quien le dijo era pecado,

y muy pronto un abogado

le habló de lo legal,

y fue el profesor de ciencias

quien le habló de la inconciencia

de la juventud actual…”

Captura de pantalla 2016-08-07 a las 2.55.45 p.m.

La madre de Ana María tiene una pequeña tienda en el barrio donde viven y acaba de cumplir 37 años. Su hermana mayor cumplirá 20 en marzo, estudia comunicación social en la noche y en el día trabaja de telefonista en un call center, desde hace dos meses.

Las dos han vivido del trabajo de la madre desde cuando el papá les dijo que se iba a trabajar al Oriente y que les enviaría dinero. De eso ya han pasado seis años. El año anterior, cuando supo del embarazo de Ana María, les envió $200 dólares con un tío y cuando nació el niño le mandó una canasta con flores, frutas y artículos para el aseo del bebé. En este mes han conversado dos veces por teléfono.

–  Lo que supimos es que allá tiene otra familia…

Le escucho decir a la hermana de Ana María, que desde que empezamos esta charla no había pronunciado palabra, tan solo un – “ñaña” (como le llama a su hermana) “mi sobrino se durmió”.

Un suspiro hondo saca a Ana María de la mirada que tiene fija en su hermana. Entonces recuerda con una voz dulce y sin fuerza lo que más le dolió a la madre cuando supo del embarazo de su hija menor.

–   Para mi mamá fue muy duro porque ella siempre quiso otra vida para nosotras y yo estaba repitiendo su historia pues ella tuvo a mi hermana a los 17. Pero a pesar de su dolor, me ha apoyado mucho. Ella es la que le baña al bebé porque a mí me da terror que se me caiga. ¿No ve que pesó 3 kilos y 600 onzas?, por eso fue que me tuvieron que hacer la cesárea, después de pasar ocho horas de trabajo de parto y de no dilatar lo suficiente.

 Cuando agosto era 21 la encontraron boca arriba

con la mirada perdida y su viejo delantal,

y en el bolso del colegio dibujado un corazón que decía tú y yo.

Mientras escucho a Ana María, miro sus osos de felpa confundirse con los escasos juguetes de Joaquín, pienso en otras niñas-mamás con similares historias silenciosas: Daniela, Estefy y no sé cuántas adolescentes más, niñas como ella, que han pasado abruptamente de jugar con sus muñecas, de dormir hasta tarde y de ser bulliciosas y alegres, a tener que criar un hijo o hija que no pensaron nunca en tener a tan corta edad, mientras  silencios tempranos les cerraron la voz y les puso esa extraña sensación de ausencia en las miradas.

¿Cuántas de ellas, cuántas más, han debido incorporar a su diccionario palabras difíciles, como embarazo temprano, control prenatal, trabajo de parto o cesárea? ¿Cuántas deben comprar ahora, cada quincena o mes, paquetes de pañales y biberones de plástico? ¿Cuántas más han tenido que dejar sus estudios y acondicionar sus pequeñas camitas adolescentes para que sirvan, a la vez, de cuna? Drásticos giros en tantas vidas cambiadas para siempre, debido a innombrables condiciones sociales y culturales que empujan a niñas de 13, 14, 15 o 16 años, a ser mamás, sin que ellas logren explicarse todavía ¿por qué?

Los nombres que aparecen en esta crónica son cambiados, con el fin de proteger los derechos y la identidad de las adolescentes.

Canción “Cuando agosto era 21” de Fernando Ubiergo, 1978.

Otros artículos de la serie Madres Adolescentes:

“El problema de la maternidad adolescente no son las niñas”

http://mujerescontandoenvozalta.bligoo.com/el-problema-de-la-maternidad-adolescente-no-son-las-ninas

9 meses adolescentes: 9 marcas para la vida

http://mujerescontandoenvozalta.bligoo.com/9-meses-adolescentes-9-marcas-de-por-vida