“Entonces se levantó de la mesa, se quitó el manto y ató una toalla a su cintura. Echó agua en un recipiente y se puso a lavar los pies de los discípulos, y luego se los secó con la toalla que se había atado antes. Después Jesús dijo: “el que se ha bañado está completamente limpio y le basta solo lavarse los pies. Y ustedes están limpios”.   (Juan, 13:4-11)

Por Tamara Méndez

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Así empezó Jesús Palomino, párroco de la iglesia del Quinche, la celebración eucarística del Jueves Santo. Tomó entre sus manos la sagrada palabra y apretándola con una ligera delicadeza impregnó en ella sus labios, a manera de reverencia. A su alrededor y en forma de resguardo, cinco sacerdotes más  rodeaban su figura; mientras  el  penetrante olor a incienso recién preparado se hacía cada vez más fuerte entre las hendiduras de aquel silencioso templo.

Históricamente la cuidad del Quinche siempre fue reconocida y respetada por su alta jerarquía  religiosa. Representaba el centro de permanente vocación de Apachita y Huaca que significa lugar de peregrinaciones prehistóricas. Era también  uno de los principales centros ceremoniales de adoración al Sol, pues la  posición privilegiada de sus templos, permitía al solsticio de verano cobijar completamente los altares levantados al dios Inti.

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Corría el año 1604, cuando la escultura de una dama de finas vestimentas, hechas de hilos de oro y perlas preciosas fue traída al santuario desde Oyacachi; un pequeño pueblo indígena ubicado en las estribaciones de la cordillera Oriental, al este de Quito.  Cuenta la leyenda que los oyacachenses vieron con urgencia, buscar algún lugar que los mantenga a salvo de la  temible plaga de osos que en ese momento los atormentaba.

Un día, de manera casual y misteriosa pasó por ahí una hermosa mujer de rasgos extranjeros, tez blanca, largos cabellos y con un niño en brazos. Ella les explicó que podía librarles de tal problema si se convertían a la religión católica y se hacían evangelizar por el sacerdote de la población más cercana. Los pobladores aceptaron sin rezago alguno y poco tiempo después la plaga cesó completamente. Las peregrinaciones al milagroso lugar no esperaron, pero la dificultad de acceso a su improvisada capilla, hizo que los restos de la misteriosa dama, para muchos imaginaria, descansen pasivos en la iglesia del Quinche. Desde ahí, año tras año las visitas peregrinas en busca de “algún milagrito” son frecuentes. Y hasta hoy no existe día en el que el sagrado santuario de estructura barroca abra sus puertas sin recibir los pasos desgatados de algún fiel agradecido.

“Cada túnica tiene sus significación”

Los preparativos a la conmemoración de la última cena del señor se intensificaban, entre el murmullo desaparecido de los feligreses que iban  tomando su lugar en las alineadas sillas del  templo. “Compartir en familia es el mensaje de esta festividad”, decía Palomino mientras le colocaba a su cuerpo la alargada sonata blanca que iba a utilizar para la ceremonia.

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“Cada túnica o habito es de un color distinto, no es que nos vestimos como nos convine o como se vea mejor, sino que  cada cosa tiene un significado. Por ejemplo hoy me toca utilizar el hábito blanco y la estola morada; son colores a los que se recurre en el tiempo de cuaresma; el rojo es para el viernes santo y el verde es el que empleamos ordinariamente…”

La ceremonia del jueves santo es diferente a cualquier otra eucaristía.  Se  necesita de  más preparación y son cinco los sacerdotes que la preceden. Esta celebración conmemora la última cena de Jesucristo y se realiza el simbólico lavado de los pies a los apóstoles.

Es una tradición de generaciones

Eran las siete de la noche, cuando los cinco sacerdotes salieron repentinos de la gigantesca cortina púrpura que adornaba el escondido altar de pan de oro. El cántico de los fieles se intensificaba, mientras Palomino completamente erguido daba la bienvenida a la ceremonia.

Pasarían tal vez algunos minutos, cuando la prioste de la de la celebración hizo su arribo inesperado a uno de los asientos delanteros de la iglesia. Marina Arteaga, mujer de cincuenta años, cabello oscuro, ojos rasgados, de fina silueta femenina y de alta prosa en su postura, mascullaba entre susurros que ser prioste viene de generación en generación: “mi mamá fue prioste, mi abuela fue prioste y ahora me toca a mí.”

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 Para Marina esta es una celebración especial, pues a más de significar mucho como católica practicante, el ser prioste implica ocupar en un lugar importante en los preparativos y celebración de la festividad. “Es cansado, mi marido me ayuda a preparar todo. Organizamos las estaciones, que representan el camino por el Jesús cargó la cruz, preparo la fanesca para mucha gente, además del molo (puré de papa) y los higos con queso. Se va algo de platita, porque se cocina bastante, pero tengo que hacerlo porque soy sucesora y además por amor a Dios y a la Virgen”…

Generalmente, en la parroquia, la tarea de priostes es desempañada en su mayoría por mujeres. Los hombres se hacen cargo de la reconstrucción de las escenas de la pasión de Cristo y los niños entregan las ofrendas al altar mayor en las celebraciones eucarísticas.

El compromiso es eterno

 El párroco de la iglesia, levantaba fortuito el cáliz y el crisma de consagración. De repente los sacerdotes que lo acompañaban se dispersaron lentamente a su alrededor y acogieron entre sus manos algunos candelabros de humeante incienso. Lo movían verticalmente en secuencias repetidas mientras Palomino anunciaba que había llegado la hora de seguir los pasos del Maestro. Eran las 8:15 de la noche y no terminaba de articular estas palabras cuando una fila de fieles peregrinos marcaba detonado el andar de sus pisadas hacia el altar principal. Se sentaron en las sillas episcopales y con un ligero proceder se deshacían poco a poco de  sus zapatos y medias, hasta dejar percibir completamente la desnudez de sus pies. Grandes vasijas plateadas se  aparecieron delante de ellos y  los sacerdotes ceñidos con una toalla a su cuerpo tomaban con delicadeza los pies de los peregrinos haciendo caer sobre su fatigada piel un agua cristalina que se deslizaba despacio desde el empeine hasta sus dedos.

El que se ha bañado está completamente limpio y le basta solo lavarse los pies. Y ustedes están limpios, dijo Palomino mientras secaba cada uno de los pasos que habían decido caminar tras las huellas del maestro.

Texto producido en la cátedra de Redacción Periodística, en la Carrera de Comunicación Social de la UPS, con la profesora Nelly Valbuena Bedoya. Semana Santa de 2012.