Para la comunidad católica, la Semana Santa es una de las mayores épocas de conmemoración religiosa, para la familia Mazaquiza oriunda de Salasaka, una comunidad indígena de Tungurahua, también es muy importante  y forma parte de sus costumbres. Es una fecha que se sincretiza con el Mushuc Nina, Año Nuevo indígena que se celebra cada 21 de marzo, pues resulta que la semana santa es la semana donde se produce la primera luna llena luego  de esta fecha.

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Por Sandra Chamba

Las mujeres Salasakas

Los primeros rayos de sol aún no salen y doña Alegría  Mazaquiza ya está sentada al pie de su cama, con un viejo libro de oraciones en las manos, manos curtidas por el trabajo duro, cada año más viejas, cada año más bellas. Pronto se alista y sale en busca del chahuarmisque, el sustento de su familia. El chahuarmisque,  es una bebida medicinal, que se obtiene de pencos de más de 10 años de edad, lo primero que se necesita es tener el ojo experto para reconocer cuando el penco está listo, luego se hace un agujero en la parte inferior, en el mismo –shungo– corazón del penco y con la ayuda de una cuchara se raspa en la corteza y se deja reposar, se lo debe recolectar dos veces al día, muy temprano antes que caliente el sol y en la tarde cuando el sol ya se ocultó.

Doña Alegría comercializa el producto en el mercado de Ambato y los fines de semana y feriados por las calles de Baños, aquí los turistas gustan mucho de la refrescante y estimulante bebida.

Nancy, es la hija mayor de doña Alegría, actualmente toca el charango en una agrupación de mujeres Salasakas, – Créeme es una fortuna poder cuidar de mi madre y de mi hija, y de paso viajar haciendo música, no nos vamos muy lejos porque todas tenemos guaguas y algunas maridos-. Nancy se emociona cuando habla de música, de su familia, de su vida. Es temprano y mientras barre el patio, prepara el desayuno.

-¡Mamá! Chilla la pequeña Tamia desde su cuarto.

Nancy acude al llamado, es hora de preparar a su pequeña hija Tamia para ir a la iglesia a bendecir el ramito de laurel, romero y  maíz que prepararon el día anterior. Para ellas apreciar la solemnidad de las liturgias fortalece  la dimensión de su fe, sin olvidar que con  la llegada de la estas celebraciones también empieza el disfrute en el mercado, la cocina y en la mesa.

Doña Alegria, Nancy y Tamia se apresuran, ajustan sus estrechos y negros anacos que llegan hasta un punto intermedio entre la rodilla y el talón,  se colocan una a la otra sus coloridas perlas, miran que sus fajas estén bien ajustadas y para terminar por ser una ocasión especial, cubren sus hombros con  la ucupachallina de color morado.

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Salen de la casa, se apresuran para alcanzar los primeros lugares en la Plaza, la misa será campal y quieren que el agua bendita toque sus rostros cuando el sacerdote bendiga los ramos. Una vez bendecidos son colocados en algún punto importante del hogar para que éste sea protegido. El romero y el laurel se guardan para ser quemados y utilizados en la preparación de la primera comida del año, especialmente en el arroz de cebada, para que no falte el sustento.

Una oración que brota de la tierra

Durante los siguientes cuatros días el intercambio, la compra y la venta de productos para la fanesca marcan el ritmo, -hay que apurarse madrugar, para alcanzar el camión que viene de Ambato con el Bacalao y las cosas que nos hacen falta o que las venden muy caro aquí-dice Nancy. Ella  recuerda que cuando era niña en su casa no se hacia la fanesca, se comía una sopa de grano tierno, papas con choclo, habas y queso y también arroz con leche. Pero desde que ella pasó unos años en la capital, la que fue su patrona le enseñó a hacer Fanesca y con el tiempo en Salasaka también se ha  convertido en una costumbre.

La fanesca, este potaje único que combina los sabores andinos y del mar, es un diálogo: los granos entregan sus respectivos sabores al conjunto, al coro que ensaya en el interior de la olla de hierro. Las diversas voces trabajadas con creatividad culminan en una experiencia gozosa. Recogimiento y abstinencia es lo recomendado por la antigua cristiandad, si se cumple o no, ¿quién sabe?–La fanesca es más bien una oración que brota de la tierra-dice Nancy y de eso no hay duda.

Desde el jueves empieza una verdadera fiesta en la cocina de las Mazaquiza, la tullpa, una cocina que se forma de tres grandes piedras y leña, se enciende, el desfile de coloridos granos, legumbres y vegetales empieza: alverja, lenteja, maíz tierno, fréjol, haba, arroz, chocho, zapallo, sambo, melloco, maní y cebolla. No debe faltar un manojo de hierbas aromáticas. La encargada de hacer la Fanesca es Nancy, doña Alegría disfruta sentada junto al fogón haciendo el ají en piedra y el arroz con leche, mientras Tamia juega  a la vez que ayuda a su mamá con cualquier mandado, ella tiene solo tres años, pero ya sabe que el olor a sahumerio anuncia un tiempo para no hacer muchos berrinches, ya sea en casa o en la iglesia.

La alegría del encuentro

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Es Viernes Santo, a madrugar nuevamente, ellas junto a más vecinas y vecinos se encargan de poner a punto la iglesia y las casas que servirán de Estaciones para la procesión del Vía Crucis, es una procesión solemne y para los más pequeños incluso algo tenebrosa, los participantes que recrean el Camino de la Cruz realmente se esmeran y lo hacen con mucha fe. La procesión que recorre las polvorientas calles del centro, se ameniza con gritos, cantos, lloros y sobretodo oraciones. Los participantes bajan sus cabezas, y empiezan a mover sus  labios en una letanía casi interminable de rezos, mientras tanto la gente aledaña indígena y mestiza se sigue sumando a la marcha que llegará nuevamente a la iglesia.

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Son las 18:00, ya en casa, Tamia después de tan largo día se ha quedado profundamente dormida, para doña Alegría es hora de volver a la recolección de chahuarmisque, esta vez Nancy la acompaña, alistan los recipientes y parten en medio de la lluvia. Mientras cruzan los estrechos caminos que las llevan lo más pronto a Romasloma, el lugar de los enormes pencos de donde obtienen la medicinal bebida, ambas mujeres agradecen a Dios la presencia de la otra en su vida. No pronuncian ni una palabra durante el camino, pero eso no implica que el silencio sea incómodo, al contrario es una complicidad que disfrutan mutuamente. Regresan a casa en medio de la misma lluvia en la que salieron, Tamia sigue dormida, el chahuarmisque no se mezcló con la lluvia, madre e hija echan un suspiro de satisfacción, es hora de descansar, lo importe siempre está a salvo.

Domingo de Resurrección, –esta es la misa más linda, a toda la iglesia la vestimos con flores blancas, para alabar a nuestro Señor – cuenta doña Alegría. La iglesia de Salasaka tiene capacidad para ciento cincuenta personas aproximadamente, pero hoy fácilmente se ha llegado a trescientas personas, no hay donde poner un pie, las Mazaquiza llegan a la hora y ya no encuentran asientos, por suerte una sobrina de la doña le sede el asiento. La misa del domingo de Pascua es emotiva, todos los asistentes escuchan el mensaje del sacerdote, con la esperanza de llevarlo en el corazón.

El viento fuerte mezclado con la lluvia acaricia a las personas que salen de la iglesia, la alegría del encuentro se apodera de la gente que ha venido de las comunidades vecinas, es en este momento que amigos y familiares que no se ven a menudo, festejan a su manera la Semana Santa, lo hacen con una fiesta casa, ésta, a decir de muchos, es la mejor manera de terminar esta celebración.

Texto producido en la cátedra de Redacción Periodística, en la Carrera de Comunicación Social de la UPS, con la profesora Nelly Valbuena Bedoya. Semana Santa de 2012.

Fotografías tomadas de http://estoesecuador.com