Las palabras golpean el alma y con el tiempo, incluso laceran el cuerpo.

El 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional contra la violencia hacia las mujeres y las niñas. Hagamos visibles todas las violencias durante este día y siempre.

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Entendemos por  “violencia contra la mujer”  toda acción que tenga como resultado un daño, perjuicio o sufrimiento físico, sexual, psicológico o simbólico.

El control o la privación arbitraria de su libertad -tanto en escenarios de la vida pública como en la vida privada-, la violencia doméstica, los delitos cometidos ‘por razones de honor’, los crímenes pasionales, la trata de mujeres y niñas, las prácticas culturales atroces, incluidas la mutilación genital, el matrimonio forzado a edades tempranas, el infanticidio de niñas, los asesinatos relacionados con el patrimonio o bienes materiales, la violencia por explotación sexual comercial, la explotación económica y las agresiones verbales, entre otras, son actos de violencia contra las mujeres que ninguna sociedad  debe tolerar.

Es necesario tener presentes todas las violencias, identificarlas, hacerlas visibles y animarnos a denunciarlas. Necesitamos levantar la voz para reducir la violencia contra las mujeres y las niñas.

“Ni para servir, sirves”

Las mujeres muchas veces no identificamos las violaciones a nuestros derechos, las confundimos o justificamos debido a la carga histórica, social y cultural que nos hace ocultar los malos tratos y el sufrimiento. Las agresiones con palabras son muy frecuentes en las relaciones de pareja, de amistad, familiares o laborales; sin embargo, no se consideran violaciones, son tan rutinarias que terminan por incorporarse a la vida cotidiana y, en muchos casos, las mujeres que las viven, dicen no ser afectadas o justifican su presencia.

Continuamente escuchamos -de nuestros amigos, novios, esposos o compañeros de trabajo-, frases como: “vieja bruta”, “no sirves para nada”, “eres una mantenida”, “mujer al volante, peligro constante”, “estás gorda y horrible”,  “inútil”, “estás tan fea que nadie te mira”, “mujer tenías que ser”, “no levantas ni polvo”, “ni loco, voy a vivir contigo toda la vida”, “solterona”, “cualquiera”, “no das ni lástima”, “eres insoportable”, “qué comida tan horrible, no se la comen ni los perros”, “vieja histérica”, “apenas se divorció y ya está con otro”, “pareces payaso” y “aunque pegue, aunque mate marido es”.

Por su parte las madres, resisten pacientemente los reclamos de sus hijos, con las siguientes expresiones: “no entiendo por qué me diste la vida”, “estás loca”, “qué fastidio tener que soportar a esta vieja histérica” y “ahora entiendo por qué te dejó mi papá”.

Todas estas palabras generan tristeza, depresión, rencor, baja autoestima, traumas y discriminación, que en muchos casos llevan a desarrollar enfermedades mentales y físicas que solo se descubren con el paso del tiempo. Sus huellas no son tan evidentes como las que dejan los ataques físicos que se delatan por morados, cicatrices o fracturas.

Las agresiones verbales son formas de violencia tan graves como los golpes, las bofetadas, los pellizcos, los empujones, las patadas o los tirones del pelo, o las comunes mechoneadas.

Las mujeres violentadas verbalmente se culpabilizan por lo ocurrido y justifican al agresor, afirman haberlos conducido al maltrato, e incluso argumentan que no fueron ‘comprensivas’, dejando más invisible aún esta violencia. En la mayoría de los casos ni siquiera se atreven a comentarla, con sus amigas o familiares, y solo se destapa socialmente, cuando de las palabras se pasa a la agresión física, una línea casi directa.

“La que calla otorga”

Tradicionalmente a las mujeres se nos enseñó a guardar silencio, a permanecer mudas y a no evidenciar lo que nos pasa puertas adentro de nuestros hogares o en el trabajo. “Una dama debe mantener la compostura y no andar hablando de su vida privada”, aconsejaban las abuelas y madres, a las niñas y jóvenes. A las recién casadas se les pedía resignación y mucha comprensión con sus esposos y como si fuera poco, la clave para conservar el empleo era “no hablar de más”,  es decir no comentar lo que nos dicen los compañeros, porque “se vuelve un chismerío” y, “usted es una señorita o señora que no debe estar envuelta en el qué dirán”. Así pues, si el jefe te grita o dice malas palabras “no le hagas caso que ya se le pasará el enojo o la molestia”. Recomendaciones todas, que conducen necesariamente al mutismo y al crecimiento de una violencia silenciosa.

Pero la insistencia estaba, con mayor fuerza, en el ámbito de lo privado. “Si el hombre está de mal genio o agresivo es porque tuvo mucho trabajo o está cansado, así que mijita, debe comprenderlo, quedarse callada, no provocarlo con palabras ociosas o necias; con reclamos innecesarios”. El secreto, entonces, para “mantener el hogar” era practicar la reserva y el sigilo, pero “la procesión va por dentro” decían y dicen las amistades, ante el asomo de los rostros cansados, malhumorados y fatigados, e incluso ante enfermedades como el cáncer que se va apoderando de los cuerpos femeninos.

Hablar de lo que nos ocurre fue y sigue siendo mal visto en la sociedad; incluso se llegó a pensar, a creer y a decir que nos encanta hablar mal de los maridos, novios, amigos, padres, hijos o jefes y que nos ‘gusta’ el mal trato. Se hizo de la frase “porque te quiero te aporrio” una naturalización popular de la violencia asociada, nada menos que al amor. Con frecuencia escuchamos decir: “debe ser que le gusta, porque ahí sigue”.

El ‘castigo’ se ha visto como exclusividad del efecto físico, pero también es verbal, porque las palabras golpean el alma y con el tiempo lesionan el cuerpo.