Esta historia fue escrita para el primer número de la Revista Aquí entre hombres, una iniciativa de Guatemala que busca disminuir la violencia contra las mujeres.

Cuando Soledad conoció a Marlon se dijo: -este es el hombre de mi vida. El noviazgo fue corto pero intenso, y aunque él era un poco agresivo, ella creía que cambiaría con el tiempo, tal vez después del matrimonio.

De pie en la estación, Soledad se aferraba a la cartera y se resguardaba del frío en un abrigo fucsia, que había desafiado los últimos inviernos madrileños. Parecía una estatua viviente con la que hombres y mujeres, sin voltear a mirar, tropezaban mientras caminaban apresurados de un lado al otro. La tarde estaba fría y lluviosa y ella, quería regresar pronto a casa. Deseaba recostarse pero, sobre todo anhelaba quitarse esos zapatos de tacón alto número 36, que su hermana menor le había prestado y en los que apretujó sus pies talla 37, para ir a su primer día de trabajo.

Habían pasado veinte minutos cuando de repente sintió que el mundo entero se le venía encima. Era un tumulto de gente que, sin reparar en su frágil humanidad, la arrojó contra el vidrio de la estación. En un abrir y cerrar de ojos estaba en el suelo. No sentía nada, ni siquiera el hormigueo de sus pies hinchados. La avalancha le pasó por delante, sin que lograra emitir un solo sonido.

Cuando el torbellino pasó, trató de incorporarse pero no pudo. Intentó pedir auxilio pero algo en su garganta le impedía articular una sola sílaba, tan sólo sus ojos se movían sin rumbo fijo tratando de encontrar un alma caritativa. Nunca supo si ya estaba allí, o si también bajaba como una tromba del bus, que iba con destino al sur. Lo único cierto es que la cadencia de su voz logró sacarla del estado de desmadejamiento en el que se encontraba.

– ¿Señorita, está bien? ¿Puedo ayudarla?

No atinó a decir nada, sólo se levantó, prendida de esa mano extendida, que le llegaba desde un largo brazo, moreno y firme.

– Parece que estás completa, le dijo con una sonrisa y la confianza de quienes se conocen desde hace tiempo.

“Siempre estaba pendiente de mí”

Desde ese 10 de abril, Soledad y Marlon se encontraban a las seis de la tarde, todos los días en la estación del bus. Conversaban de esta vida y la otra y, se reían de las cosas más insignificantes. A los quince días él la invitó al cine y al mes a bailar.

Era el hombre más agradable, divertido y detallista que había conocido en toda su vida, que no era tanta pues apenas tenía 24 años, un par de novios de la adolescencia y unos cuantos enamorados, durante sus cinco años de estudios en España; por eso no lo dudó y aceptó ser su novia cuando se lo propuso mientras bailaban y le susurraba al oído, esa trillada canción de Armando Manzanero, que nunca soportó pero que ahora le parecía la más hermosa del planeta entero:“somos novios / pues los dos sentimos mutuo amor profundo / y con eso ya ganamos / lo más grande de este mundo…”.

Realmente nunca se había sentido enamorada hasta ese día, en que el paso de una multitud de gentes, por encima de su cuerpo, la dejó gravitando entorno al de Marlon. Todo en él era lindo, hasta los momentos de rabietas y pequeñas peleíllas. Es verdad que a veces la gritaba, y una que otra vez la empujó mientras caminaban por la calle, porque no hallaba cómo explicarle por qué se había puesto esa falda tan corta, o por qué no le contaba que se seguía hablando con sus amigos españoles. Pero al final, las reconciliaciones eran intensas y las diferencias quedaban saldadas en la sábana.

Tiempo después, Soledad recordaría:

A mi mamá no le caía bien, pero eso era una constante, decía mi hermana Marcela, que remataba: “No le hagas caso, que siempre cree que nos va a pasar lo mismo que a ella, como si fueran las mismas épocas…”

Además Marlon no es violento, le recalcaba yo, sin levantar la mirada, mientras le poníamos los últimos detalles al vestido de novia.

En la empresa sus compañeras de trabajo le tenían algo de envidia, pues Marlon a los pocos meses de novios, no más de dos, la llevaba todos los días al trabajo y la recogía en las tardes. A su móvil sólo llamaba él y, de vez en cuando, su mamá o su hermana. Algunas veces llegaba a la hora del almuerzo, o un poco antes de la hora de salida, se ubicaba de manera estratégica detrás un poste o en la tienda de la esquina, dizque para sorprenderla con un chocolate, unas flores, o un oso de peluche.

Decidieron casarse a los cinco meses y medio de noviazgo en la iglesia de Santa Marta, tras una larga disputa entre su madre y el novio, que deseaba que la ceremonia fuera en la iglesia de Santo Domingo, pues ahí se habían casado sus padres y “por la gracia de Dios ya llevaban 35 años de feliz matrimonio”, repetía con orgullo.

El día de la boda Soledad lucía orgullosa el vestido straple de raso blanco que le hizo su hermana. Pegado al cuerpo, el traje realzaba sus senos y  caderas redondas y dejaba al descubierto sus piernas. Tan pronto apareció en la iglesia, Marlon le lanzó una mirada de arriba abajo que ella no pudo descifrar. Por alguna razón, cuando avanzaba por el pasillo entre miradas escrutadoras, frases de elogio y sonrisas de aprobación, recordó aquella recomendación que su inminente marido le había hecho a Marcela: – “No le vayas a poner un vestido atrevido a mi mujer el día de la boda”. Las hermanas se miraron incómodas y sonrieron como si se tratara de una broma que disiparon con un cambio de tema.

“Prometo respetarte todos los días de mi vida…”

Bajo esa complacencia que parece flotar en todas las bodas, el sacerdote los miraba como si divisara a lo lejos a dos desconocidos y los asistentes contenían la respiración entre apretadas sonrisas y uno que otro sollozo.

Soledad sentía que las manos le sudaban y que las palabras de Marlon no salían de su boca sino de un hueco profundo. Cuando empezó a  decirle: Yo te recibo como esposa y prometo serte fiel en la prosperidad y la adversidad, en la salud y la enfermedad, y amarte…”, ella se trasladó justo a una de las peleas más recientes.

El hombre daba golpes en las paredes, aullaba, abría y cerraba el primer cajón de la mesita de noche sin control; de repente volaron por el aire algunos preservativos y cayó de rodillas frente a la cama lamentando su desgracia: -“¿por qué me haces esto? ¿Qué te he hecho yo para merecer esta traición?”.

Soledad no entendía tanto descontrol e intentaba calmarlo, pero solo recibió una bofetada que la dejó sentada en el sillón. El hombre seguía gruñendo y argumentando, con la voz rasgada por la ira, que en la mesita de noche había dejado seis condones y solo aparecían cuatro, infiriendo que los otros dos… “¡No los gastaste conmigo!”, gritándola como un niño malcriado al que le han quitado su juguete favorito.

Según Marlon, a su cuarto no entraba nadie más que ellos dos y por lo tanto era Soledad quien los había cogido. – “¡Seguro te los gastaste con tu amante!”, argumentó convencido. Ella no quiso escuchar más, salió corriendo con el arrojo que le venía, no de la cachetada recibida sino de la dignidad lacerada. Caminó sin rumbo fijo. Al poco tiempo, no más de quince minutos, su teléfono empezó a sonar con insistencia: cinco llamadas seguidas del hombre con el que iba a casarse. Decidió apagarlo.

Al llegar a la casa encontró a Marlon reclinado sobre sus propias rodillas y con las manos empuñando un ramo de flores. Con el rostro desencajado y la mirada aún desquiciada se levantó, la abrazó y sin que ella dijera nada se arrodilló: – “Perdóname, no quiero perderte, eres todo en mi vida. No sé que me pasó. Cuando saliste, entró mi hermano y me dijo que nos había oído y que fue él quien cogió los preservativos. Te amo tanto que no puedo imaginarte con otro hombre”.

Faltaba una semana para la boda. Todo estaba listo, los invitados, la comida, el pastel, el viaje de luna de miel y las familias que parecían felices trabajando todas por la felicidad de los novios. Hasta su mamá había cedido en las prevenciones contra Marlon. Respiró tan hondo como pudo, lo miró a los ojos y le pidió que no lo volviera a hacer. Él le prometió que cambiaría.

El mutismo de las imágenes religiosas se había apoderado de todos los asistentes. El sacerdote llamó por tercera vez a Soledad que no volvió en sí, sino hasta cuando Marlon la sacudió. – “¿Qué te pasa?”

Regresó a mirar y no cabía una sola persona más en la iglesia. No podía distinguir ningún rostro con claridad. Quería encontrar a su madre pero era como si se hubiera cambiado de lugar. Al fin sus ojos se encontraron y en la mirada de ambas, se retrató la dimensión de una realidad que no había querido ver, y que pesaba más que la prehistoria de su madre y que dos multitudes de gentes pasando sobre ella misma en la estación del bus.

Ahora sabía, por fin, qué hacer y qué decir.

Devolviéndole el anillo, el ramo, el sacramento y los condones, respondió: – “¡Vete a la mierda, yo no me caso contigo!”.

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