No nos llamemos a engaños, lo ocurrido a Karina del Pozo no es un crimen contra las mujeres resultado de la inseguridad o del incremento de la delincuencia común en Quito, sino un feminicidio cometido por un grupo de  amigos ocasionales.

Por Nelly Valbuena Bedoya

Dejar el crimen en el terreno de la inseguridad, es abandonarlo a la suerte de las estadísticas que los medios registran, sin reflexionar sobre las implicaciones que tiene para una sociedad  el  feminicidio.

Esta tendencia delincuencial solo sirve para aterrorizar, aún más, a una opinión pública confundida y desde luego no contribuye a movilizarla en torno a la barbarie que conlleva la violencia contra las mujeres, aumentando con ello, ahí sí, las estadísticas de la impunidad y de paso alimentando las estructuras patriarcales  que persisten.

Poner el caso en el terreno del feminicidio, es reconocer que vivimos en una sociedad machista que admite y tolera la violencia contra las mujeres, que la naturaliza, la justifica, la minimiza y, que de paso culpabiliza a sus víctimas. La indignación inicial que provocó el hecho, se confunde con expresiones que por poco absuelven a los victimarios y responsabilizan a la víctima, por las torturas a las que fue sometida, por la violencia sexual y su posterior asesinato.

Karina del Pozo salió en compañía de un grupo de amigos y nunca regresó a su casa. Sus familiares la reportan como desaparecida el 19 de febrero en el sector del centro comercial El Bosque, al norte de la ciudad, en donde se le vio por última vez. La autopsia de la joven de 20 años, confirma que fue golpeada en el rostro y la cabeza;  abusada sexualmente y asesinada, con golpes pertinaces en el cráneo, la misma noche de su desaparición. Los asesinos arrojaron luego su cuerpo en la quebrada de Llano Chico, hasta donde, al parecer llegó con vida, pues en sus ropas y uñas se encontró tierra.

Toda esta horrenda historia conduce a un feminicidio cometido por personas cercanas a la víctima, quienes tras el delito entregan informaciones confusas y erróneas a las autoridades, con el propósito de evitar que se encontrara el cuerpo. En su proceder se evidencia no sólo crueldad sino cinismo. Uno de los autores, por ejemplo, en su Facebook al día siguiente escribe: “¡qué chuchaqui! (guayabo o resaca).

¿Femicidio o feminicidio?

Cuando se habla de femicidio o feminicidio estamos hablando de lo mismo, pero para que no haya lugar a confusiones y, sobre todo, para que no se caiga en la impunidad por desconocimiento, aclaremos el término y veamos su recorrido histórico. Así podremos llamar al pan pan y al vino vino.

Empecemos por aclarar que la palabra femicidio viene del término anglosajón femicide que surgió como aporte de la academia feminista anglosajona en la década del 90, en diálogo y trabajo conjunto con las organizaciones de víctimas y del movimiento feminista. Así pues la construcción del modelo femicidio-feminicidio tuvo entre sus fuentes la revisión de las cifras de asesinatos cometidos por hombres y mujeres, en las que se evidenció que la mayoría correspondía al género masculino. Esto no ha cambiado, más bien se han incrementado los casos, aunque muchos se queden escondidos en las crónicas rojas y no pasen de ser considerados por la prensa como crímenes pasionales, asesinatos por celos, violencia intrafamiliar o la salida fácil, el resultado de la inseguridad.

El término femicide no es nuevo, se empleó por primera vez hace más de dos siglos en Inglaterra, en 1801, por el A Satirical View of London para tipificar “el asesinato de una mujer” y al traducirlo al español es femicidio. El concepto femicide, según Diana Rusell, es el asesinato de mujeres por hombres, basados en el simple hecho de ser mujeres.

Diana Rusell, de origen surafricano y doctora en psicología social, escuchó por primera vez la palabra femicide en 1975, cuando le hablaron de la antología sobre feminicidio que preparaba la escritora americana Carol Orlock. La palabra entonces le pareció precisa, según relata, para referirse a los asesinatos sexuales de mujeres cometidos por hombres y la incluyó en su ponencia, sobre esta forma extrema de violencia contra las mujeres, para el Primer Tribunal Internacional de crímenes contra mujeres, celebrado en 1976 en Bruselas. Tribunal que estuvo presidido por Simone de Beauvoir. A partir de  1990 la autora trabaja teóricamente el término.

En América Latina la antropóloga y feminista mexicana Marcela Legarde traduce el término femicide como feminicidio, categoría que ella misma difundió en su país para llamar la atención sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez y Chihuahua. El argumento que sustenta su tesis es que femicidio en español equivale a homicidio y por lo tanto solamente significa asesinato de mujeres en tanto que feminicidio abarca un “conjunto de violaciones a los derechos humanos de las mujeres que contienen los crímenes y las desapariciones de mujeres y que, estos fuesen identificados como crímenes de lesa humanidad”.

Para esta corriente el feminicidio es también el genocidio contra los grupos de niñas y mujeres y se da por parte de personas conocidas y desconocidas, “por violentos, en ocasiones violadores, y asesinos individuales y grupales, ocasionales o profesionales, que conducen a la muerte cruel de algunas de las víctimas. No todos los crímenes son concertados o realizados por asesinos seriales: los hay seriales e individuales, algunos son cometidos por conocidos: parejas, ex parejas parientes, novios, esposos, amigos, acompañantes, familiares, visitas, colegas y compañeros de trabajo; también son perpetrados por desconocidos y anónimos, y por grupos mafiosos de delincuentes ligados a modos de vida violentos y criminales. Sin embargo, todos tienen en común la idea de que las mujeres son usables, prescindibles, maltratables y desechables. Y, desde luego, todos coinciden en su infinita crueldad y son, de hecho, crímenes de odio contra las mujeres”.

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Marcha sábado 2 de marzo de 2013. Punto de encuentro Cruz del Papa, en el  parque La Carolina.