El reencuentro de amigas

Para bien o para mal la vida siempre nos da un grupo de amigas. Por más que una le guste estar sola, a veces resulta necesario acercarse al mundo a través de la mirada de las otras. Es una forma de terminar, por un momento, el soliloquio de algunas. Claro, respirar de vez en cuando cuesta, sobretodo cuando nos  sometemos a los prejuicios y a las verdades sin remedio que brotan de nuestras lenguas, esos músculos sin piedad, que a veces actúan sin control alguno.

Hoy es el cumpleaños de Anita y será la oportunidad para reencontrarnos. ¿Quién sabe qué irá a pasar? La última vez nos vimos fue en las exequias de la mamá de Jenny y ahí no logramos sino abrazarnos como si la vida nos hubiera separado por años. Eso fue hace seis meses y en seis meses pasan muchas cosas. Unas nos enamoramos y creemos, a pie juntillas, éste sí es nuestro príncipe azul, pero nada. Todo pasa tan veloz como un cambio de loock. A otras los amantes no les alcanzan sino para una noche o un fin de semana, a lo sumo. Las casadas parecen inamovibles en su papel ejemplar de amas de casa. A Sonia estamos cansadas de escucharle decir: “son más de 20 años dedicados a construir este hermoso hogar”.

Los cambios por lo general, son físicos pues las formas de pensar y de ser, a estas edades no se modifican o no los alcanzamos a percibir, a menos que sean drásticos. Como es costumbre desde hace ya 15 años, Ema y yo, las solteras del grupo, o más bien las solteronas como seguro nos ven, mantenemos intacta la memoria. Eso afirma Ema, a mí a veces me ataca el alemán. (Léase el Alzhéimer). Patty, Sonia y Anita la dejaron archivada, a la memoria, justo el día de sus matrimonios, en un rincón del closet. Jenny y Carolina, después de su separación la recuperaron parcialmente. No olvido la noche aquella cuando nos encontramos para celebrar el doctorado en Leyes de  Ema. Eso fue unas semanas antes de la muerte de doña Empera. Todas, incluida yo, pasamos por el salón de belleza. Solo faltó “el baño de novia”.

Todo indicaba una cita con un tinieblo o noviecito de turno y no con las amigas de la vida. Debe ser por esa angustia, casi existencial, de vernos, no bien sino muy bien para que luego no digan, –“ésta anda de capa caída”, o como dice Patty “que no se nos note la pobreza”. En estos casos no hay nada peor que caer en la verborrea y los ojos escrutadores de las amigas. Pero hay cosas inocultables. En esa ocasión yo había subido 10 kilos de peso, gracias al hamponzuelo con el que regresé de las vacaciones de  fin de año. El miserable se llevó todos mis ahorros, pero eso no dolió tanto. Me lastimó más, y no sabía exactamente dónde, saber que le había dicho a medio mundo, “la dejo por histérica”. –Por fortuna no dijo que eras mal polvo, me decía Ema tratando de consolarme.

Carolina tenía la apariencia de una garra, llevaba tres meses de separación. En contraste, Jenny gravitaba sobre una capa de grasa que le unió caderas y senos. – Claro, ahora entiendo por qué su marido, la cambió por una esquelética secretaria, –murmuró Anita. – ¿Qué tal ésta?, o no sabe o se hace la tonta pues su marido anda con una abogada, doce años menor, pensó Ema. Mientras nos descuerábamos como si fuésemos una jauría apareció Patty. Como siempre, esbelta y sin una arruga. – ¿Quién lo creería?, la muy sinvergüenza está casada, tiene tres hijos, pasa de los 40, se viste como si fuera una jovencita y no dejatítere con cabeza. Se decía Patty abriendo los ojos y lacerándose el labio inferior.

La única que se atrevió a decir algo fue Jenny: – ¡Llegó la cuchí Barbie! Las carcajadas no se hicieron esperar. Pero la noche era joven y nos faltaba la tapa. Cuando ya dábamos por ausente a  Sonia la vimos entrar de la mano de una chica alta, morena, de pelo corto y muy bella. Pensamos en Natalia, su hija mayor. Nos saludó, una a una, de beso en la mejilla, sin soltarle la mano a su compañera. Las dos sonreían y sus dientes se aparecieron, ante nosotras, enfilados contra el mundo. La sorpresa fue de tal tamaño que no logramos articular ojos, mente y lengua, entidades perfectamente coordinadas minutos antes, cuando la escuchamos decir – ¡Les presento a mi novia!